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domingo, 21 de marzo de 2021

Otra nueva primavera

Otro 21 de marzo. Otra nueva primavera. Otra anotación en el calendario. Una vez más se impone la ausencia. Es el recuerdo el que la mantiene aquí, habitando en los territorios de la memoria. 
Cuando no hay velas que soplar solo vale echar la vista atrás. Engañar al tiempo para tender un cable al pasado. Y asirlo con fuerza, como si realmente estuvieras al otro lado, como si realmente pudieran rozarse nuestros dedos hasta llegar a nuestras manos, a nuestros brazos…Y ese artificio es el mejor regalo. 
Un año más no he perdido la cuenta. No he olvidado este día. Tampoco el año de la partida. Desgrano el tiempo en mi cabeza como otros las cuentas del rosario entre los dedos, para converger en esa creencia de que se escapan los días hasta hacerse inalcanzables. 
Y aún así en la distancia se alza esa primera flor anunciando esa primavera que a la vez enfría y calienta el corazón, que humedece los ojos y los alegra. El jaramago florece y se esparce por los campos como un manto de mensajes para este destinatario que siempre espera leer las mismas palabras: se acerca el día, la primavera llega. 
Recuerdo los versos del poeta, “Primavera de flores y de sangre./ Más yo quiero mirarte, primavera..”. Y lleno la copa casi hasta el borde para alzarla por el ausente y evocar un brindis que por un instante lo devuelva, lo haga carne, huesos, músculos, sangre. No solo esa flor amarilla que cada mes de marzo me trae la misma ya vieja nueva.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

La ciudad del viento

Es el mismo nombre, cientos, miles de él, pero solo es el tuyo. Quisiera olvidar. Ahogar el recuerdo. Y no ayuda que lo graben en la placa de una calle de la ciudad del viento. 
El viento lo borra y lo devuelve el mar. Ni siquiera quedan pisadas en la arena, tan solo los granos del ensueño del tiempo. Y hay quien cree que solo ese ensueño es el camino, lento, del olvido. 
Y no hay más rostros, ni más voces. Permanecen aquellos lugares comunes, los momentos ahora perdidos y ese juego peligroso de imaginar lo que nunca ya será. La chistera está vacía. Sin trampa ni cartón. La magia siempre fue ilusión. El poder del engaño, el arte de la distracción. Miraste el humo y no viste el fuego. Arder no era una opción. 
Y quedas atrapado en esa espiral de recordar para volver a olvidar. En una ciudad que solo existía en una canción y te convierte en un nómada, en el eterno peregrino que hasta el último momento no descubre que ese no es el lugar. 
Suena la voz de Quique González, anclada en un tiempo atrás, anunciando el fin de temporada, ese que lo mires como lo mires no deja de ser un final. Y recuerdas aquel otro disco de Tom Waits y sientes la necesidad de escucharlo, porque aquella voz y aquellas historias cantadas siempre fueron refugio y sosiego. Efímero para quien está abocado a vagar. 
Dicen que se aproxima un nuevo invierno. Y que nos devolverá a la ciudad. Dejaremos de ser habitantes accidentales de la ciudad del viento. Pero la placa de la calle no se caerá. 
 

 

lunes, 27 de abril de 2020

La marcha

Dicen que al final del túnel siempre hay luz. Que basta con abrir los ojos. Y sin embargo, ante la ausencia de certezas, resulta difícil de creer, hasta casi de imaginar. 
Ni siquiera oyes el ruido de aquel viejo tren, rugiendo como una bestia enfurecida con su ojo cegador. Entonces parecía veloz, pero el futuro estaba esperándote para sacarte del error. 
Tratas de escuchar un nuevo sonido en aquel paraje, ese que delata que algo no sigue igual. Nada. Es el mismo silencio con sus habituales ruidos. 
Así que avanzas. Oyendo y desoyendo a tu alrededor. Mirando a un lado y a otro sin llegar a vislumbrar algo más que las sombras. Te aferras al instinto, aunque algo, quizás sea el propio instinto, te dice que avanzas hacia la incertidumbre. 
Y a mitad de camino te asalta un recuerdo. Te viene a la cabeza el día aquel en que quizás de forma inocente preguntaste algo en apariencia más inocente aún. Cabezas agachadas, ojos mirando al suelo y las bocas cerradas, salvo un leve balbuceo o una fingida carraspera. Nadie respondió. Ni siquiera para mentir. 
Y no fue al día siguiente, ni a la semana, ni al mes. O quizás sí, solo que entonces no lo sabías. Ni siquiera te diste cuenta, hasta aquella mañana en que llamaron a tu puerta y sin disimulos te invitaron a largarte. Depositaron en tu mano un sobre, en el que adivinaste una suma suficiente de dinero, y te dieron unas secas gracias por los servicios prestados. 
Sin más. No necesitaban más. Eran los amos. Los que mandan. Y tú solo tenías dos opciones, rebelarte ante aquel poder cimentado en años de órdenes acatadas desde la absoluta sumisión o marcharte. Elegiste la segunda; no por cobardía o por falta de interés en la rebelión, sino porque sabías que aquella lucha la librarías solo y que estabas de antemano condenado a perderla. 
Abandonaste la ciudad. No era necesario mucho tiempo para empacar y despedirse de un puñado de personas. Tampoco aquel lugar merecía más que un leve giro de la cabeza y una breve mirada de esas que no se guardan. 
Te marchaste. Y esa lección si la guardaste, porque esa era de las que nunca se olvidan.

sábado, 21 de marzo de 2020

Es 21 de marzo

La primavera nos ha traído un día gris. Acorde con esos otros días de este momento que estamos viviendo. Y aún así, en el fondo pervive la esperanza de que salga el sol, de poder constatar que como escribía el poeta “la primavera ha venido”. 
Otro 21 de marzo. Pero no he podido contemplar el jaramago, la primera flor de la primavera. Aunque siempre crece y florece en mi memoria. 
Hoy predomina el claroscuro. Con tendencia a las sombras. Cuando es más necesario que nunca buscar la luz. Y aferrarse a ella. Abrazarla como si estuvieras aquí. A sabiendas de que es un espejismo. 
Y me invade la duda. Porqué no sé si hubieras podido aguantar el confinamiento. Los primeros días habrías salido, pero la realidad de una ciudad cerrada y vacía te hubiera hecho desandar los pasos con esa congoja que en ocasiones produce la soledad. Y a regañadientes y por obligación, como todos, hubieras aceptado ese encierro, que para tí además hubiera sido condena. Puede que con el paso de los días te hubieras adaptado, pero la incertidumbre del tiempo a penar te habría devorado entre cuatro paredes. 
He oído llover. Y por un momento no he sabido si esa lluvia era real o era la que cae en los corazones. He pensado que era el recuerdo golpeando en la ventana de mi cabeza, impetuoso por salir. Y he llegado a creer que el agua de esa lluvia puede traer mensajes del más allá; gotas más rápidas y más cortas, gotas que al caer producen sonidos más fuertes y más débiles, un morse entre dos mundos. 
A la lluvia la sustituye un aplauso. Porque ahora casi todo se reduce al reconocimiento de un aplauso. Hemos aprendido que los abrazos y los besos no solo nos los arrebata la muerte. Y quizás anotemos esos besos y esos abrazos en la hoja de una libreta con los debes y los haberes. Tarde, como siempre tarde. 
La primavera ha venido. Sigue pareciendo un invierno.

jueves, 21 de marzo de 2019

Feliz no cumpleaños

Cada 21 de marzo se aviva el recuerdo. Pienso en ese primer brote de la primavera, el jaramago, cuando el invierno ya es eterno. 
Quedó atrás el decenio. A la ausencia física la suple la presencia en el recuerdo, la única manera probable de inmortalidad: vivir a través de la memoria del otro, de otros. 
El tiempo mitiga el dolor, atempera la pérdida pero no puede borrarla; se lleva el olor de la cera y condena a la oscuridad a la llama. No se prende, no se sopla, no se festeja. Se imponen la evocación y el silencio. 
Las lágrimas ya están secas, las heridas cerradas, pero siempre quedan las cicatrices; ciempiés reptando, arrastrándose, deslizándose por los surcos de la memoria. 
No hay vestigios del último baile. No queda nada de aquel polvo, aquella ceniza zarandeada por el viento. Las huellas en el aire se pierden antes de que calle la orquesta. 
Y a pesar de ello, frente a todos los pesares, conservo la certeza de tu existencia. La real, la edulcorada por el paso del tiempo, la imaginada… Una sola existencia contemplada a través del caleidoscopio agitado no ya por las manos sino por mi propia inercia. 
Poco importa donde se dibuja la frontera entre lo que fue y lo que ya no será. Seguimos cruzando los puentes del afecto a sabiendas de que hay palabras perdidas, rotas, hirientes y también algunas que nunca se pronunciaron, junto a aquellas que deseamos olvidar y a aquellas otras apenas suspiradas, casi muertas antes de nacer. 
Dicen que hoy se celebran en el mundo los versos. Se desempolvan los libros y los buscadores de internet para extraer un poema de tal o cual autor. 
¿Sabes lo que pienso, viejo? La muerte si es un poema. Y la vida su poesía. 
Feliz no cumpleaños.

martes, 4 de septiembre de 2012

Sirenas

Daban testimonio algunos marineros de haber visto entre las aguas hermosas mujeres de largos cabellos y cola de pescado, cuya voz era una irresistible invitación a alcanzarlas. Con semejante historia despertaban la curiosidad y alimentaban los sueños en puertos y ciudades. Homero, Lampedusa y hasta los cuentos de niños contribuyeron a que perdurara la historia de aquellas hermosas mujeres, mitad humana, mitad de pez.
Hoy las sirenas colean en la noche. Apostadas en un rincón, cambiaron la cola de pescado por dos largas piernas y lanzan miradas de red. Reclaman la atención de tipos boqueantes como peces, pero ya no despiertan la curiosidad; aunque alimentan el deseo de los pescadores nocturnos, que atrapados en un suave aleteo de pestañas no son conscientes de haber transitado de depredador a presa.
Cada centímetro de su piel es el cebo que no necesita anzuelo para enganchar la pieza. Y su sonrisa es el preludio de un falso ritual de seducción, al que se presta entregado el amante del artificio, cuyo futuro no abarca más allá del instante.
Atemperan la voz para disfrazar la irresistibilidad de su canto y emular así al jugador de ventaja que esconde un naipe para torcer el destino. Conscientes de que al placer se puede llegar por atajos o dejándose llevar hasta el final.
También hay sirenas de ojos tristes, que sueñan con príncipes de papel. A sabiendas de que es un imposible y de que tan solo habitan en el recuerdo, esbozado con una mixtura de alegría y dolor.
Entre el deseo y el recuerdo, sin opción a elegir, boquean los peces surcando el mar. Y entre ellos y las sirenas siempre subyace el sueño de un gato.

viernes, 19 de marzo de 2010

La persistencia del tiempo

Decía un jefe indio al volver con su tribu después de visitar al gran jefe blanco en Washington que los hombres blancos medían el tiempo y que además tenían una máquina (el reloj) con la que medían el tiempo, ¡como si el tiempo se pudiera medir!
El hombre blanco dejó de mirar a la luna y al sol, le volvió la cara a la madre naturaleza y creyó con una fe inquebrantable que era capaz de medir el tiempo.
Imitó a los dioses, en los que ni siquiera creía, girando la rueda del reloj y adelantando y retrasando sus agujas, como si en su esfera guardase el misterio de la vida y como si pudiera dominarla con un simple movimiento de las yemas de los dedos.
Fragmentó ese tiempo en medidas como el día, la semana, el mes o el año y no contento con ello redujo más las magnitudes a horas, minutos y segundos. Y en mitad de ese éxtasis pretendió hacer girar el mundo al compás del reloj.
Desde entonces hemos perseverado en la creencia. Hemos aprovechado y malgastado el tiempo, hemos sido hombres y mujeres de nuestro tiempo (incluso algunos se han adelantado a su tiempo), hemos buscado el tiempo perdido, nos hemos dejado atrapar por el tiempo… y en meses como éste somos capaces de vivir pendientes de los “hombres del tiempo”.
Sin apenas darnos cuenta logramos que el tiempo se fuera escurriendo entre las manos, ante la incapacidad de retenerlo o siquiera retrasarlo. Preservamos la ilusión de que se paraba en el recuerdo, por lo que estuvimos tentados de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la única vía era declarar la guerra al olvido a través de la persistencia de la memoria.
Debió ser en ese instante cuando las máquinas de medir el tiempo se convirtieron en relojes blandos; pero daba igual, porque como aseguró el genio “lo importante es que señale la hora exacta”; la medida del tiempo.
Imagen: "La persistencia de la memoria" (1931.), Salvador Dalí. Museo Metropolitano de Nueva York.