viernes, 24 de noviembre de 2017

Barreras

¿No se lo han planteado alguna vez? Por curiosidad, porqué la vida te cambia en un instante sin avisar y lo que hoy es inimaginable mañana puede ser nuestro día a día o simplemente por empatía.
A priori no parece complicado, basta con que alguien te preste una silla de ruedas, ponerse un antifaz o tapones en los oídos y hacer lo que hacemos de forma habitual, tomar un café, comprar, recoger un paquete en Correos, realizar una gestión en cualquier administración, coger el autobús, asistir a un acto cultural, cruzar una calle, llevar a tu hijo al colegio, pasear… 
Percibiríamos la ciudad desde una perspectiva diferente y sobre todo descubriríamos que también se incumple la Ley de Accesibilidad. Supongo que la mayoría de ustedes lo ignora, pero el próximo 4 de diciembre se cumple el plazo para la eliminación de barreras arquitectónicas, es decir, para garantizar que los edificios públicos sean accesibles a las personas con discapacidad, como recoge el Real Decreto Legislativo 1/2013, de 29 de noviembre. 
Según la Federación Provincial de Asociaciones de Personas con Discapacidad Física y Orgánica de Jaén (Fejidif) todavía hay edificios como el de Correos o el del Archivo Provincial que a día de hoy son inaccesibles. El resto, como el de Hacienda, un emblema de edificio hostil a las personas con discapacidad, está en proceso de reformas o ya es accesible. 
Pero la norma no solo afecta al acceso universal a los edificios, también incluye a los entornos, para que nos entendamos nuestras calles y plazas. Y ahí, sí cualquier ciudadano está expuesto diariamente a convertirse en protagonista de una yincana por los desperfectos en el acerado, las terrazas y veladores invasores de la vía pública, los socavones en el suelo, el mobiliario urbano y los objetos abandonados en cualquier esquina, imagínense lo que puede ser para una persona con discapacidad; un éxito salir de su casa y regresar a ella ilesa. 
Ahora que por fin se anuncia la eliminación de los tornos de los autobuses urbanos podemos plantearnos qué instrumento de tortura suponen para una persona con discapacidad; y ríanse de la Edad Media. Pues bien, la accesibilidad a los autobuses siguen sin estar garantizada, salvo que pongas muelles a la silla de rueda, porque el esfuerzo que exige salvar la distancia entre la parada y el autobús podría estudiarse como disciplina deportiva en las Paralimpiadas. Y aún salvando la distancia puedes encontrarte con que el autobús no es accesible.
Las personas con coches y sillas de bebés o con carrito de la compra también podrán testimoniar lo inaccesible de una ciudad que por sus dimensiones podría ser un ejemplo de ciudad habitable. Y por supuesto, accesible. 
La anunciada peatonalización del centro, la esperada puesta en marcha del tranvía, cuyas paradas y vagones por cierto cumplen las normas de accesibilidad, y la reparación de calles y plazas son una oportunidad para cambiar la dinámica de esta ciudad dormida y tratar a todos los ciudadanos por igual. Las personas con discapacidad no son ciudadanos de segunda, se les exige el cumplimiento de las normas, el pago de impuestos y tasas…; ellos cumplen con sus deberes, que menos que las administraciones hagan lo propio y les garanticen sus derechos. 
Se llama igualdad y es tarea de todos.
 
Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 23 de noviembre de 2017.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Filosofía y música

He vuelto al Aula “Federico García Lorca” de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Es curioso cómo algunos lugares y en particular, algunas estancias, hallan hueco de manera insospechada en nuestras vidas. 
Rebobinaba y llegaba a la conclusión de que salvo en una ocasión mis visitas a esta Facultad han tenido como escenario esta Aula en memoria y homenaje al poeta granadino. 
La pisé por última vez el pasado mes de junio para ser testigo de la defensa de su tesis sobre cine de mi amigo Miguel.
Un acto académico y festivo que por cosas de la vida se convirtió en un día que nunca olvidaremos, aunque el paso del tiempo y la recuperación de mi amigo nos permite contemplarlo con cierto sentido humorístico, incluso jocoso por esa perspectiva que otorga el paso del tiempo. 
Resumiendo, por eso de no entrar en detalles, mi amigo no tuvo otra ocurrencia, a todas luces involuntaria, que sufrir un derrame cerebral en plena defensa de su tesis. Como es un tipo duro, andaluz pero medio vikingo por constitución, no perdió la consciencia y de hecho, se empecinó en continuar defendiendo su tesis, de modo que todos los presentes creímos que era víctima de una lipotimia y por supuesto, no pensamos que fuera algo grave. 
Luego vino el susto y la consecuente alarma. Pero como bicho malo aguanta lo que le echen, ahí sigue dando guerra para que familia, amigos y allegados sigamos ganándonos el paraíso, aunque sea uno imaginario. 
Ahora lo recuerdo casi 6 meses más tarde en el mismo escenario, pero en un acto distinto, al que también acudí el año pasado en estas mismas fechas, la presentación del Máster en Patrimonio Musical de la Universidad de Granada, la Universidad de Oviedo y la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), que alcanza su octava edición. 
Me veo aquí el año pasado escuchado a Miguel Ríos impartir una conferencia sobre la industria musical en España y ahora escucho otra conferencia, en esta ocasión sobre la recuperación, conservación y difusión del patrimonio musical, de boca de Rosario Álvarez, presidenta honorífica de la Sociedad Española de Musicología. También está presente, un año más, el decano de la Facultad, José Antonio Pérez Tapias, al que constató que es un lujo prestar atención cuando habla. 
Filosofía y música. Dos disciplinas que ineludiblemente están o deben estar en nuestras vidas. Y deberían estarlo obligatoriamente en las aulas de escuelas, institutos, universidades y cualquier otra clase de centro docente. 
Pienso en la unión de letras y música bajo la mirada, diría que atenta y aprobatoria, del desaparecido poeta granadino y universal que da nombre al aula. 
¡Ay, Federico, hasta eso nos quieren arrebatar! Sí, claro, los mismos que te arrebataron a tí.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El amable cortijo de los muertos

Cada primero de noviembre mantenemos la tradición de acudir a los cementerios de la ciudad a platicar con los ausentes y llevarles un presente, mayoritariamente floral.
Yo curso visita en San Eufrasio, ese ejemplo de cementerio decimonónico que fuera en palabras del cronista Rafael Ortega y Sagrista, “amable cortijo de los muertos”. Una amabilidad que se ha convertido hoy en antipatía al contemplar el camposanto y descubrir un escenario más apropiado para el rodaje de una película bélica o apocalíptica que para el descanso de los que se fueron. 
Cada año transcurrido el deterioro es mayor. Y al riesgo que suponen los posibles desprendimientos, las lápidas rotas, las vallas colocadas para acotar esos posibles derrumbes o los panteones ruinosos se une la imagen desoladora de un espacio que al margen de las creencias religiosas debería ser un lugar que invitara al sosiego, al paseo lento, al recuerdo; en cierta medida, ese jardín de la memoria donde parar el tiempo y por un momento, hacerlo retroceder. 
Pero no se hagan ilusiones, aquí solo importan unos muertos, aquellos que sirven y pueden ser utilizados para obtener réditos electorales; los que se colocan encima de la mesa y se cuentan para exhibir la macabra suma. Antes eran los de la ETA y ahora son los del terrorismo yihadista. 
De los que esperan en las cunetas, en pozos o minas abandonados y convenientemente cegados, mejor no hablar. ¿Los de San Eufrasio? Esos quedan para sus familiares y allegados; salvo los de la Fosa 702, que son patrimonio universal y vestigio de la barbarie. 
Pero hay otros muertos, muy vivos por cierto, que son los que condenan a esta ciudad a su condición mortecina, los que la sepultan y bailan sobre su tumba. 
No es un asunto de ideología es dejadez, abandono, irresponsabilidad. Y por supuesto, la culpa siempre es de otro, del Obispado, porque es el propietario del cortijo; de la Junta de Andalucía, porque declaró BIC (Bien de Interés Cultural) el cementerio; y ahora, a lo que se ve, también de la Diputación provincial de Jaén, a la que se acusa de no haber gastado un euro en este recinto, imagino que en la partida de “Rodando por Jaén” o similar. 
Lo cierto es que el Ayuntamiento solo asume lo que denomina “tareas de emergencia”, que en el anterior mandato del PP, cuando el alcalde era Fernández de Moya, supuso una inversión de 37.000 euros. 
Esas “tareas de emergencia” se resumen en el actual mandato, con Javier Márquez en la Alcaldía, en arreglo y limpieza de los patios interiores, es decir, desbroce de la maleza y relleno de grietas, poda de unas palmeras quemadas y cura de hierbas. A los que se añade la rehabilitación de un arco, tras cuatro años de condena al riesgo de desplome, y la reposición de tejas en los tejados. 
La realidad es que San Eufrasio se muere con sus muertos. Y hoy el cementerio es la imagen de la catástrofe, a medio camino entre el paisaje después de la batalla de Sarajevo, Dubrovnik o Raqqa. O si prefieren viajar en el tiempo, Jaén, uno de abril de 1937, nuestro particular Guernica.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 9 de noviembre de 2017.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Sin retorno

Llevo unos días dándole vueltas a la cabeza sobre si comprarme el último disco del maestro Lapido en vinilo o adquirir el cd. Soy consciente de que en realidad no hay debate, pero en la ciudad que habito comprar un disco es cada vez más difícil y al final tienes que recurrir a la compra online. De hecho he acudido en dos ocasiones a esos grandes almacenes del triángulo verde, reconocibles por todos, y ni siquiera estaba el disco. 
A mí con los discos me pasa como con los periódicos y los libros, me gusta sentirlos entre los dedos, acariciarlos, y recorrerlos con la mirada sin prisa, deteniéndome en cualquier detalle, incluso recreándome, y luego llevármelo puesto tras pasar por caja. 
No hay debate porque prefiero el vinilo. Porque sigue habiendo algo de ritual en su desembalaje, al arrancar el celofán transparente, al separar el cartón para agarrar suavemente el disco y extraerlo, al sujetarlo con las dos manos y contemplarlo de frente antes de desprenderlo de su última cobertura de papel. 
Hay algo de liturgia en levantar la tapa del giradiscos, en colocar el disco en el plato y esperar a que el brazo caiga con suavidad sobre él y la aguja recorra los surcos para que comience a sonar el primer tema de la cara A del Long Play. Y también hay algo de hechizo en ese baile continuo del disco sobre el plato mientras suena la música. 
En esas vueltas a la cabeza se me ha colado la creencia de que en estos tiempos se prestan menos libros y discos. Será cosa mía, pero ahora es menos habitual que vaya a echar mano a un libro o un disco, de esos que estoy seguro de poseer, y me encuentre con que no está; es decir, que no lo encuentre, y tras nuevas vueltas a la cabeza logre recordar que el libro o el disco ya no está, porque hace tiempo se lo presté a alguien, que, y eso si era demasiado frecuente, no te lo ha devuelto. No había retorno. Tengo un amigo que recuerda los libros prestados y no devueltos por el hueco en su estantería. A veces no sabe en un primer vistazo cuál es el libro sin retorno, pero el vacío es testigo de la ausencia. 
Quizás los compact disc se prestan menos a ser prestados porque es más fácil grabar una copia y regalar la copia. Ahora además con las descargas online hasta puedes prescindir del disco como objeto. Y el transporte pasa de ser algo físico a convertirse en virtual. 
A mí me sigue gustando más el disco como objeto, continente y contenido. Y no hablo ya de esos discos que llevan décadas con uno; no solo aquellos a los que el paso del tiempo ha convertido en deseo de coleccionistas, me refiero a cualquiera de los que andan por casa, inmóviles pero andan, y con los que te tropiezas de vez en cuando para hacerte viajar en el tiempo y recuperar recuerdos a través de la funda y la música: una fiesta, una chica, unos amigos, un momento, el tiempo que creíamos que nunca volvería y que ahora retorna como el espejismo que desaparece al aproximarnos.
Me siguen gustando los discos de vinilo negro y sus fundas de colores, aunque el disco que nunca olvido es aquel Single de vinilo multicolor que narraba el cuento de Blancanieves. Ese lo conservo y creo que nunca le daré la opción de que retorne.

viernes, 27 de octubre de 2017

De criaturas devaluadas, programadores sin talento y futuros inciertos

Terminó la feria. Me refiero naturalmente a la de San Lucas, la otra continúa y parece no tener fin. Día tras día nos montan voluntaria o inconscientemente en la montaña rusa o el tiovivo, visitamos la barraca de los monstruos y nos adentramos en el laberinto de los espejos, donde lo peor no es dar vueltas sin hallar la salida si no mirar los espejos y en lugar de encontrar nuestra imagen contemplar el reflejo real o deformado, lo mismo da, de estos feriantes apoltronados en las instituciones. 
Vivimos tiempos en los que la realidad supera la ficción, por lo tanto no es de extrañar que los sueños se diluyan y se impongan las pesadillas. 
Ha terminado San Lucas y es el momento en el que los responsables del engendro deben pararse a analizar y reflexionar sobre su criatura, cada vez más cutre y devaluada. 
El año pasado fueron once días y este año, nueve. Me siguen pareciendo demasiados, sobre todo porque en las dos últimas ediciones el calendario abría otras posibilidades con puente, dos días festivos y fin de semana de por medio. 
Sin embargo, se siguen imponiendo los dos fines de semana sin más justificación que la coartada recaudatoria del Ayuntamiento para ofertar unos altos precios a los caseteros que solo contribuyen a la disminución de casetas y a la ausencia de colectivos locales y provinciales que tradicionalmente participaban en la feria. 
El resultado es evidente, saturación del ferial en días concretos y caos circulatorio propiciado por el enjaulamiento del entorno, la escasez de accesos y un transporte público ineficaz, aunque esto último y por desgracia no es en la ciudad patrimonio de los días de feria. Los días restantes, un páramo. No hay bolsillo ni cuerpo que aguante una feria tan larga. 
Por cierto y por el bien de la ciudad, al responsable de programar el concierto de Bertín Osborne, hay que recordarle lo que decía aquel ministro de la patada en la puerta, los experimentos en casa y con gaseosa. No tengo dudas de que esa contratación tenía más que ver con los vientos que algunos hacen soplar últimamente y con el aluvión de banderas en los balcones que con una oferta cultural y de entretenimiento adecuada a los gustos y demanda de la mayoría de los ciudadanos, como ha demostrado la ‘exitosa’ venta de entradas que ha llevado a su cancelación. 
Imagino que no solo hay un responsable y que el asunto ha pasado por varias manos y cabezas que se empeñan en demostrarnos una y otra vez que no hay un proyecto de ciudad, tampoco en lo cultural; que casi siempre y no sé porqué, o sí, causa cierta aprensión entre nuestros gobernantes. 
Ahora que se vuelve a hablar de los anacrónicos y sempiternos tornos en los autobuses públicos, piensen que peor aun son los retornos.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 26 de octubre de 2017.

miércoles, 25 de octubre de 2017

El Día de la Biblioteca

No sé en muchos casos exactamente qué se festeja, pero ya hay día para casi todo y para casi todos. De hecho, cosa que ignoraba hasta hace unos meses, hasta hay un Día del Gato, ¡miau! 
Ayer le tocó el turno a las bibliotecas, era el Día de la Biblioteca. La idea surgió en 1997, a propuesta de la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, contó con el apoyo del Ministerio de Cultura y pretendía recordar la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, incendiada en 1992 durante el conflicto balcánico. Una destrucción de la que dejó constancia con una gran fotografía el no menos grande fotoperiodista Gervasio Sánchez. 
La desaparición de una biblioteca no solo supone la pérdida de un lugar donde conviven personas de distintas edades, variadas curiosidades y variopintas necesidades en torno a los libros, implica también y desgraciadamente la desaparición de numerosos volúmenes, algunos únicos y por tanto irrecuperables, que han alimentado fantasías y conocimiento. 
Inevitablemente asociamos la desaparición de los libros a su quema y muchos guardamos en la retina esas imágenes de grandes fuegos devoradores de libros que eran arrojados a las llamas por defensores de totalitarismos. 
Tampoco puede evitarse en lo concerniente a la quema de libros regresar a las páginas de El Quijote y a su autor Miguel de Cervantes y Saavedra que identificaba a los libros de caballería como el origen de la locura, bendita locura, del ingenioso hidalgo; y al más cercano en el tiempo Pepe Carvalho, esa criatura del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán que utilizaba los libros leídos, a los que de esa manera negaba la opción de ser releídos, para encender la chimenea en su casa de Pedralbes. 
No voy a negar que algunos libros me parezcan merecedores de tal fin, pero yo prefiero alimentar el fuego con troncos de madera y acertar en la elección del libro para no desearle acabar en el infierno del que no debía haber salido nunca. Claro que eso no es responsabilidad del libro, siempre es cosa de su autor. 
Los libros son parte de nuestra memoria, individual y colectiva, por lo que de alguna manera las bibliotecas son depositarias de esa memoria. Algunas son espectaculares como nuestra Biblioteca Nacional o la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y otras son más modestas, pero no por ello menos importantes y necesarias porque todas cumplen esa labor de preservar la memoria y conservar la magia que desprenden algunos libros. 
Festejemos pues esos días de todo y para casi todo, porque sin ir más lejos, gatos y bibliotecas, juntos o por separado, nunca serán una mala elección. Como muestra, permítanme esta recomendación de T. S. Eliot, “El libro de los gatos sensatos de la Vieja Zarigüeya”, publicado por Nørdicalibros; seguro que no desentona en cualquier biblioteca.

Foto: Biblioteca de Sarajevo, de Gervasio Sánchez. 

martes, 17 de octubre de 2017

El bando de las banderas

Tenemos un alcalde por accidente. Los ciudadanos ni le votamos ni le elegimos. En eso se parece al Rey de España. En eso y en haber desperdiciado la oportunidad que les brindaba la actualidad para desempeñar el papel de garantes de la convivencia. El Rey, probablemente porque no pudo o no le dejaron; el alcalde, probablemente porque no ha querido. 
Márquez ha optado por echar gasolina al fuego y ha emitido un bando propio de aquella España rancia que hoy reviven con indisimulado fervor algunos, incluso otros que durante años han esgrimido condición de demócratas y ahora se despojan de la máscara. 
Anima el alcalde a los jiennenses “a que engalanen sus balcones y ventanas con la bandera de España, como símbolo de la unidad que a todos nos representa, y que señala como nación soberana, democrática, plural e indivisible” (leer entonando con el estilo del NO-DO); a sabiendas de que por desgracia hoy la bandera no es símbolo de unidad, más bien lo contrario, porque los radicales se apoderaron de ella renunciando a esa unidad y prostituyéndola para convertirla en seña de identidad de ese pasado de ‘una, grande y libre’. Los demócratas no hemos sido capaces de revertir ese uso y el huevo de la serpiente sigue anidando en lo más profundo de una parte de esta sociedad, como de sobra saben el alcalde y sus acólitos. 
Afirma el ubetense Antonio Muñoz Molina que hay que “defender la cordura” y eso no se logra “esgrimiendo banderas en apariencia hostiles entre sí pero idénticas en su utilidad como armas arrojadizas”. 
Eso debería ser evidente hasta para el alcalde. ¿Qué le gustan las banderas?, pues coja la de la esperanza, la de la convivencia, la de un proyecto de ciudad..., la del futuro. Pero no, elige otra y esa no es una elección casual ni inocente, opta por ella de manera intencionada para ponerla una vez más al servicio de unos intereses determinados, que curiosamente siempre se inclinan hacia el mismo lado. 
Añade Muñoz Molina que “estamos a merced de la estupidez, del fanatismo, de la ceguera, del desbordamiento del odio, de las consecuencias imprevisibles y casi siempre desastrosas de la frivolidad”. 
Quería banderas en las calles. Ahí las tiene, señor alcalde; vaya a la plaza de las Palmeras y las verá portadas por neonazis. Los animadores de la Fiesta Nacional. Profetas de la unidad y apóstoles de la paz.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 12 de octubre de 2017.