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sábado, 21 de marzo de 2020

Es 21 de marzo

La primavera nos ha traído un día gris. Acorde con esos otros días de este momento que estamos viviendo. Y aún así, en el fondo pervive la esperanza de que salga el sol, de poder constatar que como escribía el poeta “la primavera ha venido”. 
Otro 21 de marzo. Pero no he podido contemplar el jaramago, la primera flor de la primavera. Aunque siempre crece y florece en mi memoria. 
Hoy predomina el claroscuro. Con tendencia a las sombras. Cuando es más necesario que nunca buscar la luz. Y aferrarse a ella. Abrazarla como si estuvieras aquí. A sabiendas de que es un espejismo. 
Y me invade la duda. Porqué no sé si hubieras podido aguantar el confinamiento. Los primeros días habrías salido, pero la realidad de una ciudad cerrada y vacía te hubiera hecho desandar los pasos con esa congoja que en ocasiones produce la soledad. Y a regañadientes y por obligación, como todos, hubieras aceptado ese encierro, que para tí además hubiera sido condena. Puede que con el paso de los días te hubieras adaptado, pero la incertidumbre del tiempo a penar te habría devorado entre cuatro paredes. 
He oído llover. Y por un momento no he sabido si esa lluvia era real o era la que cae en los corazones. He pensado que era el recuerdo golpeando en la ventana de mi cabeza, impetuoso por salir. Y he llegado a creer que el agua de esa lluvia puede traer mensajes del más allá; gotas más rápidas y más cortas, gotas que al caer producen sonidos más fuertes y más débiles, un morse entre dos mundos. 
A la lluvia la sustituye un aplauso. Porque ahora casi todo se reduce al reconocimiento de un aplauso. Hemos aprendido que los abrazos y los besos no solo nos los arrebata la muerte. Y quizás anotemos esos besos y esos abrazos en la hoja de una libreta con los debes y los haberes. Tarde, como siempre tarde. 
La primavera ha venido. Sigue pareciendo un invierno.

sábado, 18 de mayo de 2019

Atardecer

Regreso al volante de mi buga a la ciudad que habito. La carretera sube y baja, dibuja algunas curvas y ofrece también alguna larga recta. Y cuando miras al frente ves el sol del atardecer cayendo sobre los campos de olivos. 
Me gusta ese paisaje, probablemente si fueran campos llanos de esos que no parecen tener final podría estar de acuerdo con sus detractores. No lo estoy. Es un placer contemplar esas hileras de olivos perdiéndose entre las lomas para resurgir en la distancia. 
Contemplo los troncos, retorcidos, mostrando escorzos de difícil comprensión. Y pienso en las hojas, verdes o plateadas, como pequeños dardos cuyo viaje solo depende del soplo del viento, ese mismo que mece las ramas en este atardecer de mayo. 
Miro al cielo que por momentos va desprendiéndose de su color azul para progresivamente dar entrada a la noche. Y me detengo en las nubes, mitad blancas, mitad anaranjadas. Son pensamientos imperfectos. Las nubes. Las nubes son pensamientos imperfectos. De modo que cada uno de nosotros las vemos y las sentimos de distinta manera. Y sus formas se adaptan a nuestra mirada. 
Mientras conduzco suena “El alma dormida”, del maestro Lapido. Ese alma del poeta Manrique que seguro pervive por esos campos de olivos, aunque estos por los que transito ahora están más próximos a la Baeza de Don Antonio Machado que a la serrana Segura de Jorge Manrique. Pero los versos, como la sangre y como el agua escasa siempre regaron estos campos. Igual que el óleo del pintor los atrapó en el lienzo o el ojo de un fotógrafo los capturó por un momento creyendo dotarlos de una inmortalidad que ya le dieron de sol a sol los lomos doblados y las manos encallecidas. 
Kilómetro a kilómetro se acerca la ciudad. Núcleos de casas comienzan a salpicar los campos de olivos. Y el tráfico se incrementa. Una golondrina sobrevuela los olivares. ¿Dónde vas? ¿Estás perdida? ¿O el perdido soy yo? 
Anochece.

viernes, 25 de marzo de 2016

El vermut

La pistola de pan, en la panadería al lado de La Moderna, el bar donde escribía sus poemas José Hierro; “El País”, en el kiosco de la calle Gutenberg, frente a Yemen y junto a la boca del metro; y el vermut, en Bodegas Casas. 
Era lo habitual muchos festivos y los fines de semana. Había que tenerle tomada la medida al vermut. Nada que ver con el Martini o similares, éste era de grifo, creo que procedía de Reus, y con sifón, acompañado con aceituna y anchoa, pero fuera del vaso, que aquel pescado ya había nadado todo lo que debía nadar. Lo aconsejable era no tomar más de tres si después ibas a continuar con las cervezas en el bar de Charlie, en los Hermanos o en cualquier otro del barrio. 
En Madrid no hay mucha tradición de Semana Santa y aunque salen procesiones, ni son multitudinarias, ni atraen turismo. Es más, lo normal es que por esas fechas la ciudad se vaciara, de forma que los que permanecían en ella podían disfrutar en esos días de una ciudad habitable, donde podías elegir sin problema de agobios y espera los lugares a donde querías ir. Sin bulla y sin dificultad para circular y aparcar o coger un taxi libre por la noche. 
Era agradable cruzar la calle, entrar en Bodegas Casas y pedir un vermut después de alcanzar el mostrador que siempre era tarea ardua por la cantidad de parroquianos que coincidían allí a esas horas del mediodía, para salir a la puerta a beberlo sin prisa. Al sol, dejando que sus rayos y el vermut adormecieran los sentidos. 
Lo malo era cuando había que practicar un nuevo slalom para llegar a la barra y pedir la siguiente ronda. Es difícil precisar dónde se hallaba la mayor dificultad, si en llegar hasta la barra de zinc para pedir o en regresar con los vasos de vermut y la pequeña fuente blanca con las aceitunas y su anchoa prendidas con un palillo esquivando cuerpos hasta una de las puertas abiertas para pisar de nuevo la calle y permanecer de pie en la acera en aquel trozo ganado al sol. 
El Sur es más de cervezas. Rubias con espuma para apagar la sed y engañar al calor. Pero en la ciudad que habito encontré mi vermut. En el antiguo Peralta de la plaza San Agustín, con su barril en la puerta y al sol; para recrear aquel adormecimiento a pachas entre el vermut y el sol de unas décadas atrás. 
Pero como pocas cosas perduran más de lo necesario, el dueño ha decidido mudarse. Y La perola de la abuela, que así se llama el bar, ha cambiado su esquina por otra en el barrio de San Ildefonso donde por ahora los rayos del solo no logran tocar el barril de la puerta, ni siquiera acercarse. 
Dice el dueño que es cuestión de tiempo, que hay que esperar, pero que los rayos llegarán a la puerta. No digo que no, pero me da que la sombra de la iglesia de enfrente es más alargada que la de los cipreses y el barril permanecerá umbrío. Y me obligará a tomar de nuevo la medida al vermut; a incrementarla para adormecer los sentidos, como entonces, pero sin sol.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Primeras lluvias de otoño

El clima es caprichoso. Hay años en que el verano da la sensación de no terminar nunca. O lo que es lo mismo, el otoño demora su llegada. Existen diversas teorías al respecto y ya se encargan sesudos investigadores de intentar averiguar a qué se deben estos caprichos climáticos, preocupantes para el futuro del planeta, pero no determinantes para nuestro presente.
Hay otros aspectos, de los que también se ocupan sesudos investigadores, que sí afectan al presente como son la influencia del clima en las personas. Cómo una tarde gris contribuye a que muchas personas lo vean negro y cómo una tarde soleada insufla ánimos.
Algunos dirán que es un asunto que depende de las personas y no del parte meteorológico. Y puede que no les falte razón, porque a fin de cuentas, qué no depende de las personas. Y por otro lado, quién puede negar la vulnerabilidad de algunas personas ante los cambios de tiempo.
Dicen que el otoño y la primavera son amenazadoras estaciones para quienes exponen su fragilidad simplemente con descorrer una cortina y contemplar a través de la ventana el tono del cielo. Indiscutiblemente las causas son más profundas y residen en algún lugar de la mente.
Pero han llegado las lluvias. Y ese otoño, cuya entrada se sitúa en el calendario un 23 de septiembre, ha tocado con unos días de retraso a nuestras puertas para traer la consabida nueva del adiós del estío.
A mí me gusta el otoño. Me gustaban los otoños de mi infancia en Madrid; la acera de mi puerta cubierta de hojas oscuras, desprovistas de verdor, los rayos de sol filtrados entre las ramas de esos mismos árboles, escasos de hojas, y las primeras castañeras. De igual modo que disfrutaba de los senderos del Retiro, cubiertos también por otras hojas. Y me gustaba la lluvia, de gotas finas que se deslizaban por mi cara. Esa lluvia que empapaba las hojas de las aceras y llenaba la avenida de luz con los faros encendidos de los coches al circular.
Ahora, en el Sur, me sigue gustando el otoño. Con un sol que puede picar, pero no quema. Con la misma lluvia fina de mi infancia, cuyas gotas recorren mi rostro como un camino conocido, ya recorrido. Aunque con menos hojas cubriendo las aceras. Añoro del verano la largura de sus días.
Y aun así, escucho con placer la melodía de estas primeras lluvias de otoño.

lunes, 8 de octubre de 2012

Membrillos

Abro la puerta. Sopla el aire. Y ese soplido en esta tierra del Sur confirma el cambio de tiempo anunciado. Las hojas se mueven tímidamente en los árboles, amagando con volar pero sin renunciar a ese asidero que le brinda la rama. Y ésta a su vez se cimbrea con el viento, pero tampoco reniega del anclaje que le proporciona el tronco, sujeto por las raíces a la tierra.
Pienso que en algún lugar no lejano otros árboles sujetan en sus ramas un fruto amarillo, que acariciado por el sol testimonia que éste es su tiempo. Efímero como el mismo fruto.
Trato de escuchar al viento, aceptando de antemano que como muchos piensan y pocos dicen cuando sopla silabea palabras que sólo algunos logran descifrar. Pero no oigo más que su débil silbido y apenas alcanzo a interpretar que su despertar traerá tiempo más fresco y quizás agua de lluvia. Cambios que algunos entienden como una perturbación frente a lo que aceptan como el estado natural de las cosas.
El viento es una oportunidad no perdida. Una posibilidad de mudanza. Una invitación a no echar raíces, a abandonar la inmovilidad del tronco fijado a la tierra, a desasirse de anclajes que evitan el vuelo como si fueran cadenas.
Aunque al final no seamos más que un efímero fruto dorado, convencidos de poseer el tiempo porque un día, obviando que éramos membrillos, jugamos a ser el sol.

Imagen: "El membrillero", de Antonio López (1990).