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miércoles, 23 de septiembre de 2020

La ciudad del viento

Es el mismo nombre, cientos, miles de él, pero solo es el tuyo. Quisiera olvidar. Ahogar el recuerdo. Y no ayuda que lo graben en la placa de una calle de la ciudad del viento. 
El viento lo borra y lo devuelve el mar. Ni siquiera quedan pisadas en la arena, tan solo los granos del ensueño del tiempo. Y hay quien cree que solo ese ensueño es el camino, lento, del olvido. 
Y no hay más rostros, ni más voces. Permanecen aquellos lugares comunes, los momentos ahora perdidos y ese juego peligroso de imaginar lo que nunca ya será. La chistera está vacía. Sin trampa ni cartón. La magia siempre fue ilusión. El poder del engaño, el arte de la distracción. Miraste el humo y no viste el fuego. Arder no era una opción. 
Y quedas atrapado en esa espiral de recordar para volver a olvidar. En una ciudad que solo existía en una canción y te convierte en un nómada, en el eterno peregrino que hasta el último momento no descubre que ese no es el lugar. 
Suena la voz de Quique González, anclada en un tiempo atrás, anunciando el fin de temporada, ese que lo mires como lo mires no deja de ser un final. Y recuerdas aquel otro disco de Tom Waits y sientes la necesidad de escucharlo, porque aquella voz y aquellas historias cantadas siempre fueron refugio y sosiego. Efímero para quien está abocado a vagar. 
Dicen que se aproxima un nuevo invierno. Y que nos devolverá a la ciudad. Dejaremos de ser habitantes accidentales de la ciudad del viento. Pero la placa de la calle no se caerá. 
 

 

viernes, 5 de abril de 2019

Arnal & Vera


Ha pasado Javier Arnal por Jaén. Se ha marchado pero aún permanece el eco de su voz. No se borra el rastro, perdura como la cola de un cometa. Quebrada y profunda resuena en algún lugar de la noche. 
Es una mezcla carnal y gutural; un quejío que le nace dentro, entre el vientre y el pecho. Pero con eso no basta, como cualquier don todo depende del uso que se le dé, del mimo que reciba. Modulación, vibración, intensidad, volumen… y un contrapunto que traza la imaginaria línea del equilibrio: la voz de Vera Acacio. 
Se adentra ahora su música en el terreno de lo experimental, pero aún así por instantes evoco a Tom Waits y a Leonard Cohen. El tránsito entre la voz rota y el salmo ¡Hallelujah! 
Reparte sus besos de sonoridad grave en la sala de El Mercado. Besos de bar, afilados y húmedos, la mejor arma para frenar el avance de la intolerancia. Y duda Arnal, porque su guitarra se llama Besos, sí los kisses se pueden afinar. No tengo ni idea, pero quiero creer que el que desafina es el desamor y que los besos siempre cantan bien. 
Es un concierto en familia, porque la sala da para lo que da y porque todos o casi todos nos conocemos. Un jueves de una fría noche en la ciudad dormida no puedes esperar ni pedir mucho más. Ni aunque tengas la mejor voz para entonar la plegaria. 
Traen también Arnal&Vera el viento del desierto y la claridad del crepúsculo. El sonido de un western con guitarras y sin pistolas. El rastro en la arena de las huellas, la culebra y el escorpión. El recuerdo de un cacto sangriento y el balanceo de la soga del ahorcado. Y cómo no, el aullido del coyote en la garganta de Arnal. 
Reconozco que me fascina y me atrapa esa voz. Incluso más allá de la música. Me conduce por un laberinto en espiral, por el empedrado de un caleidoscopio. Y me devuelve a uno de aquellos periplos lisérgicos de vuelo libre y rostro mojado sin necesidad de mover los pies. 
Entre la música, las risas y las rubias con espuma hay espacio para la sorpresa. Un regalo, “El pasodoble del mar”, una pieza que cuelga de la banda sonora de una película de Imanol Uribe. Más arena; y salitre, el ruido inconfundible de las olas al romper en la orilla y la voz de Arnal, siempre esa voz, como un faro; con la luz de Vera. 


lunes, 27 de junio de 2011

El poeta silencioso

La voz de Cohen suena de fondo. Como las de Tom Waits o Lou Reed es una voz inconfundible. Desgarrada por la vida. De tipos que se lanzan al abismo y caen de pie, pero que sangran por el trayecto, produciéndose heridas de esas que el tiempo apenas cicatriza y el viento del invierno con un leve soplo reabre.
Me prometí escribir unas líneas sobre él cuando se anunció que le habían otorgado el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Y siempre trato de cumplir mis promesas, aunque en ocasiones tarde más de lo deseable en hacerlo. En ese tiempo de demora irrumpió la noticia, en realidad la que irrumpe es la muerte, del adiós de Peter Falk. Conocido por su personaje del teniente Colombo, a quien yo, sin embargo, prefiero recordar por la interpretación del veterano ángel del Cielo sobre Berlín, de Win Wenders.
Y ese recuerdo me devolvió inevitablemente a Leonard Cohen. A los cielos y los infiernos vitales, alejados de aquellos paraísos y avernos ficticios de los que necesitan creer. Y eso me lleva a Fernando Trueba, a su grito al mundo, tras recibir el Oscar, de que no cree en Dios y sí en Billy Wilder, un dios con sentido del humor.
Entre dioses y demonios, quizás exista quien busque ángeles a su alrededor e incluso quien sin perder la lucidez pueda contemplarlos. Se que hay quien como Trueba no cree en Dios y eso no le impide aprender a vivir con sus propios demonios. Hay quien renuncia a la simetría, porque desconfía del equilibrio y reniega de que la existencia del yo vaya indivisiblemente unida a la del otro.
Quisiera escribir de Cohen en blanco y negro. Avanzado ese invierno cuyo viento hurga en las cicatrices hasta reabrirlas. Pero lo hago en los inicios de un estío luminoso, que en el Sur se disfraza de infierno.
Escucho I’m your man. Creo oír pasos deslizándose sobre la arena, pisadas de los que huyen de los sueños rotos escondidos en canciones de amor. Y pienso en los pasos del propio Cohen sobre las piedras del monasterio; aquel al que se retiró y en el que los monjes le bautizaron como El Silencioso.


Imagen: Cielo desde Berlín, tomada de www.fotogramas.es