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sábado, 6 de julio de 2013

La canción del Perro

Julio de 2013. El Sur. 37 grados. Y subiendo. Carne y huesos en el asador. Atrás quedan El Maño, Rivas y La Palmera, en Noviciado, donde jugábamos al futbolín con unos botijos de Mahou o unos coscorrones de tequila y la banda sonora era aquel último disco de Radio Futura.
La sangre de los negros corría por nuestras venas convertida en notas de música. Algunos soñaban a Dylan. Pero el músico siempre fue ave de paso y había atracción por el lado oscuro, donde habitan los malditos como el otro Dylan; el poeta, cuyas palabras sin melodía siempre me sonaron mejor que las de Zimmerman.
La canción de Juan Perro cumple 25 años. Los mercaderes lanzan una edición de coleccionista, impagable en lo intangible, que por unos 20 euros es tangible para cualquiera.
Los bailes de perros llevaban a las gentes de pueblos y provincias a la gran ciudad. Y yo que siempre fui de la gran ciudad, hice el recorrido inverso. Bajé a algún infierno y conocí los callejones, unos luminosos y otros sórdidos. La única vez que visité el cielo lo hice para hallar mis demonios. Modelé unos pequeños diablos que siempre me acompañan y aparecen de forma esporádica, ignoro si por invocación o por su voluntad. Nunca vienen para quedarse, solo para estar. Y como otros caminantes, soy forastero en cualquier lugar.
Todavía hay noches de rocanrol. Los gatos no saben ni quieren besar, pero se equivocan quienes creen que no saben bailar. En los tejados y en los callejones y también en aquellos bailes de perros, donde los gallos no solo cantan al amanecer, siempre nos supimos mover.

miércoles, 6 de julio de 2011

Asediados

El infierno nos ha dado un par de días de tregua, hasta que de nuevo se alimenta su caldera. Es lo habitual en el estío sureño, pero la reiteración informativa nos hace creer que es algo excepcional, como si las altas temperaturas fueran cosa de otra estación.
Sobrevivimos al asedio, porque el cuerpo no deja de sorprendernos y de demostrar una inimaginable capacidad de adaptación al entorno. Con sudor y sin lágrimas, es cierto, y con un sobreesfuerzo para mantener los sentidos alerta y la capacidad de seguir laborando a pesar de las escasas horas de sueño. Porque el infierno en esta tierra no entiende de sol o luna y aprieta lo mismo a la vuelta del mediodía que entre las sábanas.
Aún así hay quien gusta de torturarse con las previsiones del tiempo y de enzarzarse en discusiones donde el argumento son unos grados de más o de menos sobre la línea de los 40. Argumentos reforzados por esos mapas televisivos incandescentes, que por momentos parecen capaces de abrasar el televisor y liberar llamas por las estancias de nuestras viviendas.
En el Sur hace calor. Sí. Y sin embargo, hay peores infiernos a los que descender y demonios que no entienden de veranos o inviernos para manifestar su presencia. Esos mismos demonios que habitan en nosotros, con los que intentamos aprender a convivir y que en escasas ocasiones nos dan una tregua. Son los que nos otorgan la condición de asediados; aquellos que no necesitan vernos empuñar una bandera blanca, conocedores de que no hay rendición posible.

lunes, 27 de junio de 2011

El poeta silencioso

La voz de Cohen suena de fondo. Como las de Tom Waits o Lou Reed es una voz inconfundible. Desgarrada por la vida. De tipos que se lanzan al abismo y caen de pie, pero que sangran por el trayecto, produciéndose heridas de esas que el tiempo apenas cicatriza y el viento del invierno con un leve soplo reabre.
Me prometí escribir unas líneas sobre él cuando se anunció que le habían otorgado el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Y siempre trato de cumplir mis promesas, aunque en ocasiones tarde más de lo deseable en hacerlo. En ese tiempo de demora irrumpió la noticia, en realidad la que irrumpe es la muerte, del adiós de Peter Falk. Conocido por su personaje del teniente Colombo, a quien yo, sin embargo, prefiero recordar por la interpretación del veterano ángel del Cielo sobre Berlín, de Win Wenders.
Y ese recuerdo me devolvió inevitablemente a Leonard Cohen. A los cielos y los infiernos vitales, alejados de aquellos paraísos y avernos ficticios de los que necesitan creer. Y eso me lleva a Fernando Trueba, a su grito al mundo, tras recibir el Oscar, de que no cree en Dios y sí en Billy Wilder, un dios con sentido del humor.
Entre dioses y demonios, quizás exista quien busque ángeles a su alrededor e incluso quien sin perder la lucidez pueda contemplarlos. Se que hay quien como Trueba no cree en Dios y eso no le impide aprender a vivir con sus propios demonios. Hay quien renuncia a la simetría, porque desconfía del equilibrio y reniega de que la existencia del yo vaya indivisiblemente unida a la del otro.
Quisiera escribir de Cohen en blanco y negro. Avanzado ese invierno cuyo viento hurga en las cicatrices hasta reabrirlas. Pero lo hago en los inicios de un estío luminoso, que en el Sur se disfraza de infierno.
Escucho I’m your man. Creo oír pasos deslizándose sobre la arena, pisadas de los que huyen de los sueños rotos escondidos en canciones de amor. Y pienso en los pasos del propio Cohen sobre las piedras del monasterio; aquel al que se retiró y en el que los monjes le bautizaron como El Silencioso.


Imagen: Cielo desde Berlín, tomada de www.fotogramas.es

viernes, 19 de febrero de 2010

Islas

Los ritmos de vida de las ciudades, en ocasiones vertiginosos, nos convierten en islas. Pedazos de tierra rodeados de agua en los que sólo habitamos nosotros.
Quizás exista el anhelo de la conversión en continentes o simplemente en istmos, la necesidad de renunciar a la insularidad. Puede que incluso se emitan señales con desesperación, columnas de humos que dibujan gritos ascendentes en el cielo o llantos desconsolados con destino al corazón.
Pero convertimos las islas en paraísos o infiernos. Algunas son auténticas fortalezas, donde casi es imposible el desembarco de una pequeña barca y en caso de que éste se produzca, de que la nave alcance la arena, es destruida sin piedad, igual que sus tripulantes. Otras sueñan con ser descubiertas, conquistadas, ubicadas en el mapa.
A veces las islas establecen comunicación, sin contacto físico, se agrupan y se convierten en archipiélagos; pero las lenguas de agua siguen prevaleciendo sobre las de carne encerradas en nuestras bocas. Y no hay mayor logro, ni se aspira a más, que las soledades compartidas.
En ese archipiélago se confunde la isla con el islote y al solitario con el que está solo. La falta de aspiración lleva al conformismo y modela la posibilidad de desaparecer bajo las aguas. Triste destino para una isla.