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lunes, 18 de septiembre de 2017

Las líneas de la mano

Dicen que al doblar la esquina hay una sonrisa perdida de esas que te rompen el corazón. Que hay quien cree todavía que el amor se regala y no es objeto de venta. Y quien afirma que para viajar al cielo no es necesario pagar billete. 
Cuentan que algunos pierden sus propios pasos en el laberinto, presos de la inconsciencia de no aceptar que ya andaban perdidos tiempo atrás. 
Dicen y cuentan tantas cosas que se tiende a no discernir lo real de lo ficticio o lo ficticio de lo real. Así se alimentan creencias y leyendas. Y se abona el engaño en una partida de naipes marcados en la que sin embargo el trío siempre será más que la pareja o la doble pareja. En la que las cartas marcadas, el gesto impasible y el control de las pulsaciones forman parte de un artificio que no garantiza el triunfo. 
La dama de corazones solo gana al rey en las páginas de Alicia en el País de las Maravillas. Una jota está condenada a valer menos que nada y ni siquiera el as de trébol puede voltear el azar. 
Eso no impide que el territorio del crédulo se extienda y que donde se pierde la vista vea el principio cuando probablemente no sea más que el fin. 
La línea del horizonte no puede confundirse con las de la mano. Una es presente y las otras nunca dibujarán el futuro. Aunque es cierto que para atraparlas basta con cerrar los ojos y apretar el puño, a sabiendas de que al abrirlo no puedes dejarlas escapar. Ningunas son un camino de huida, ni siquiera de esperanza. Pero hay quien es capaz de practicar el funambulismo sobre ellas y no solo para mantenerse erguido sino para avanzar, consciente de que al final de la línea puede esperar un abismo.
Y vuelta a empezar. El abismo tiene forma de puerta que al franquearse te conduce al laberinto. Aquel en el que perdiste los pasos propios. 
Levantas la vista para buscar la línea del horizonte y solo logras ver las líneas de la mano. Otro camino para perderse. Otra esquina a doblar. Lo ficticio o lo real. Un futuro incierto.

lunes, 6 de junio de 2016

La línea divisoria

Dónde está la delgada línea que separa el abismo de la tierra firme. Cuántos habrá que no hayan sentido nunca la necesidad de suspenderse en el aire, vencerse al impulso de saltar en pos de una libertad que no es en muchas ocasiones más que un minuto de calma. 
Qué envidia causa el equilibrista capaz de mantenerse sobre los acordes de la guitarra mientras suena un rock. El mismo equilibrista que flota sobre la espuma de una cerveza sin fin, ajeno al temor de que la copa sea como una bañera a la que basta con quitar el tapón para ser absorbido por el remolino. 
Es la imperfección del ser humano frente a la máquina, incapaz de hallar el interruptor de la pausa. El botón del respiro. 
No hay red para los que fracasan en la búsqueda de la luz. Y las sombras siempre acechan. Basta con estirar el brazo, alargar la mano, dejar caer la toalla y ya no hay cuenta atrás. Ya no hay que volver a besar la lona, ya poco importa levantarse o permanecer tumbado. No hay que apretar los dientes, ni siquiera para fingir una sonrisa o una mueca indescifrable. 
Simplemente no hay. Ya no hay. Y aún así, incluso en la oscuridad es tan fácil enredarse sin red. Perder el equilibrio y flotar. Sin lograr descifrar dónde demonios estaba la delgada línea que separaba el abismo de la tierra firme.

jueves, 23 de julio de 2015

Saltar

Debe ser extremadamente jodido no hallar por donde escapar. No encontrar un agujero donde esconderse. Perder el sentido de la huida. Renunciar a la opción de seguir corriendo y enfrentarse al abismo y no ser capaz de resolver la ecuación vital de saltar hacia adelante o hacerlo hacia atrás. La duda, la eterna incertidumbre que marca la existencia de algunas personas.
¿Y si fuera real que todo se reduce a eso? Llegar al final del camino y saltar. No permanecer al borde y esperar. Saltar. A fin de cuentas ¿no soñamos siempre con volar? ¿no quisimos siempre ser pájaros con las alas desplegadas para surcar el cielo? ¿y no es un salto una caricatura de un vuelo?
Hay tanta variedad de saltos, el de la rana, el del tigre, el del ángel, el de mata, el de altura, el de longitud, el de eje, el de página... y hasta el salto a la fama. Cada uno de ellos puede ser mayúsculo, una hazaña, y también, minúsculo, un fracaso. Cómo distinguir al uno del otro. Y qué importa tal distinción cuando lo fundamental es el vuelo. 
Volar es ser libres. Despertar. Sin marcha atrás, pero conscientes de que en cualquier recodo se alimenta el fuego que al acercarse derrite la cera y nos priva de las alas y por tanto, del sueño. Dudamos entre ser ángeles, hadas o aves y acabamos convirtiéndonos en tritones y sirenas.
Agitamos el mar en busca del pez volador, que como el resto de los peces está condenado al abismo fuera del agua. A veces también en ella.
Solo queda saltar. Hacia adelante o hacia atrás. Perpetua incertidumbre.

viernes, 15 de agosto de 2014

Los malos poetas

Dicen que los malos poetas son incapaces de lograr una rima. Y puede que sus versos estén escritos con lágrimas, que hacen brotar palabras invisibles pero indelebles.  Ahogados por el pasado y el presente son incapaces de hallar la pausa que les permita afrontar el futuro.
Atrapados en esas líneas del tiempo giran su cabeza y vuelven la mirada atrás con un gesto infantil que no puede borrar el mañana. Ni siquiera desdibujarlo. A pesar de ello anhelan encontrar la senda por la que avanzaron tantos otros en distintos destinos y latitudes para alcanzar el poema.
La bajada a los infiernos. El paraíso perdido. Cualquier ruta es válida. Se acepta cualquier camino como un laberinto de sueños si al final esconde la llave que gira en la cerradura. Y se obvia que tras la puerta pueden esperar cielos y abismos e incluso la nada.
Casi febriles agitan la pluma esperando que broten las palabras; y éstas, agazapadas, se emboscan en algún recodo inexpugnable para no acabar encorsetadas en una estrofa. A medio camino de ese triángulo formado por la cabeza, el estómago y el corazón.
Falta el oxígeno. Hierve la sangre. Y una expresión de súplica se apodera del rostro, reclamando la presencia de la inspiración. Aquella misma que algunos grandes afirmaban que si se presenta debe encontrarte laborando.
Ante la ausencia de la musa, la súplica se convierte en mueca. Para algunos de dolor y para otros, los supervivientes, en una mezcla de ironía y hastío. Y sin embargo, unos y otros continúan aferrándose a la pluma, buscando en su interior o mirando a través del cristal para hallar las palabras precisas y enhebrarlas; sin comprender que para ello es necesario extraer primero la aguja, clavada donde más dolió y conservando su condición punzante. Como una fina pluma.
Es tarde cuando descubren que tras la puerta esperaba el abismo. Aquel del que solo los acróbatas son capaces de escapar, aunque sea encajando el pie en un verso.

lunes, 27 de junio de 2011

El poeta silencioso

La voz de Cohen suena de fondo. Como las de Tom Waits o Lou Reed es una voz inconfundible. Desgarrada por la vida. De tipos que se lanzan al abismo y caen de pie, pero que sangran por el trayecto, produciéndose heridas de esas que el tiempo apenas cicatriza y el viento del invierno con un leve soplo reabre.
Me prometí escribir unas líneas sobre él cuando se anunció que le habían otorgado el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Y siempre trato de cumplir mis promesas, aunque en ocasiones tarde más de lo deseable en hacerlo. En ese tiempo de demora irrumpió la noticia, en realidad la que irrumpe es la muerte, del adiós de Peter Falk. Conocido por su personaje del teniente Colombo, a quien yo, sin embargo, prefiero recordar por la interpretación del veterano ángel del Cielo sobre Berlín, de Win Wenders.
Y ese recuerdo me devolvió inevitablemente a Leonard Cohen. A los cielos y los infiernos vitales, alejados de aquellos paraísos y avernos ficticios de los que necesitan creer. Y eso me lleva a Fernando Trueba, a su grito al mundo, tras recibir el Oscar, de que no cree en Dios y sí en Billy Wilder, un dios con sentido del humor.
Entre dioses y demonios, quizás exista quien busque ángeles a su alrededor e incluso quien sin perder la lucidez pueda contemplarlos. Se que hay quien como Trueba no cree en Dios y eso no le impide aprender a vivir con sus propios demonios. Hay quien renuncia a la simetría, porque desconfía del equilibrio y reniega de que la existencia del yo vaya indivisiblemente unida a la del otro.
Quisiera escribir de Cohen en blanco y negro. Avanzado ese invierno cuyo viento hurga en las cicatrices hasta reabrirlas. Pero lo hago en los inicios de un estío luminoso, que en el Sur se disfraza de infierno.
Escucho I’m your man. Creo oír pasos deslizándose sobre la arena, pisadas de los que huyen de los sueños rotos escondidos en canciones de amor. Y pienso en los pasos del propio Cohen sobre las piedras del monasterio; aquel al que se retiró y en el que los monjes le bautizaron como El Silencioso.


Imagen: Cielo desde Berlín, tomada de www.fotogramas.es

jueves, 18 de febrero de 2010

El abismo

No se cuanto tiempo llevo asomado al borde del abismo. Ni siquiera puedo acordarme de si me situé yo en ese borde o me empujaron hasta allí. Quizás, tampoco podría asegurarlo, lleve media vida acomodado en el filo de la navaja.
El borde del abismo es tierra de nadie. Al frente está el vacío. Un paso adelante es el final. A la espalda, lo conocido. Un paso atrás es la rendición. Parece que no hay elección. Algunos dirán que siempre es mejor lo malo conocido y otros, que de perdidos “to the river”. Los más avispados, al menos en apariencia o convicción, dirán que no existe disyuntiva y que siempre quedarán los pasos laterales, a izquierda y a derecha. Los optimistas dirán que sólo hay que tomar impulso, ya saben aquello de dos pasos atrás para avanzar, y saltar hasta el otro lado. Y los soñadores dirán que de un paso adelante y el viento me acunará en sus brazos hasta dejarme sano y salvo en el suelo. Los perdedores, idealistas y pesimistas por naturaleza, asegurarán que hay que apretar los dientes y levantarse después de la caída.
El filo de la navaja es un territorio incierto, pero superpoblado. No venden billetes para viajar a él, pero se llega por los actos y las circunstancias. Individuales, colectivos, propios y ajenos. Se puede abandonar o permanecer allí otra media vida.
Hoy el borde del abismo y el filo de la navaja se desdibujan y comienzo a no reconocerlos. Ahora al otro lado veo a un tipo que me tiende la mano, pero no me enseña esa mano. Y en este lado, hay otro tipo que se empeña en empujarme al abismo. Puede que siempre sea así, que siempre haya sido así y que no me diera cuenta o no quisiera darme cuenta. Pero también se que hay otras manos que no empujan y se ven.
Siempre tendré la opción de vivir en el filo de la navaja; o de saltar al abismo, porque caeré sobre mis cuatro patas y de no ser así, sólo perdería una vida. Pero hay demasiada gente que no tiene opciones y otra, que se está quedando sin ellas. Y eso es peor o parece peor que el vacío, aunque cada uno habitemos nuestros particulares infiernos.