jueves, 21 de mayo de 2020

“La Pilarica”, una parte de nuestras vidas


No es el primero, ni será el último, de los comercios tradicionales que han bajado la persiana. Ni en esta ciudad, ni en cualquier otra. Lo cierto es que en el mes de febrero conocíamos la noticia del cierre “por jubilación” de una tienda emblemática de Jaén, “La Pilarica”, en La Carrera.
Un comercio que ha formado parte de nuestras vidas. De esos que generaciones de jiennenses han conocido, sin plantearse probablemente que tarde o temprano llegaría ese día aciago en que no volvería a abrir su puerta.
No era su fachada de longitud extremada; tampoco era una fachada especialmente significativa, más allá de conservar esa imagen tradicional que en su día sería ejemplo de modernidad y el paso del tiempo le otorgó solera. Una puerta, dos escaparates a media altura a cada lado de la puerta, el rótulo horizontal y aquel toldo con la inscripción mágica anunciando caramelos y juguetes.
Lo cierto es que durante su casi un siglo de existencia ese pequeño comercio atestiguaba los sueños de niños y niñas, llantos y sonrisas, y ese sentimiento de satisfacción de padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tías…, de cualquier adulto al hacer realidad aquel alcanzable anhelo de los más pequeños. Porque “La Pilarica” no solo era un comercio, era una fábrica de sueños y deseos. 
Cuentan que comenzó como tienda de ultramarinos, otra expresión vestigio de una época pasada que por sí sola invitaba a hacer volar la mente más allá del mar. Y acabó siendo una tienda de “chuches”. 
No sé cuántas veces me llevarían a “La Pilarica” y mucho menos cuándo fui lo suficientemente mayor para ir yo solo. Pero siempre recordaré cuando me llevaba mi abuela materna, luego lo haría también la paterna, cumplidos ya 6 años. Íbamos a comprar café y mientras lo molían mi abuela me dejaba pensar, más bien decidir, qué le iba a pedir que me comprara ese día, golosina o pequeño juguete. 
Cuando hablamos de memoria siempre recurrimos a imágenes, hechos o palabras de un tiempo pasado y con frecuencia olvidamos que hay también una memoria de los olores. Me encanta el olor del café recién hecho, pero sobre todo me gusta el olor del café recién molido. Era el olor de “La Pilarica”. Y el de la cocina de la casa de mi abuela; cuando nos dejaba girar la rueda lateral, con un pequeño pomo de madera, de aquel molinillo de hierro, que entonces me parecía enorme y muy pesado, para abrir después el pequeño cajón también de madera de su base, donde en lugar de los granos introducidos por la embocadura aparecía ahora aquel polvo parduzco y oloroso que era el café molido. 
Al anunciarse el cierre de “La Pilarica” evocaba aquellos indios, vaqueros o soldaditos de plástico, los coches de hierro, las monedas, cigarrillos o paraguas de chocolate, la brea roja, los sugus, las figuras con bolitas de anís o aquel paracaídas, con paracaidista incluido, cuyas cuerdas siempre acababan por enredarse. Y también recuperaba la memoria olfativa.

Cierre de comercios

Por desgracia, “La Pilarica” no es una excepción al cierre de comercios, sean tradicionales o no. Según el censo¹ de Comercio Jaén correspondiente al mes de marzo de 2019, realizado por la Asociación de Comerciantes y Centro Comercial Abierto (CCA) Las Palmeras, en las 51 calles de su ámbito geográfico existían 864 locales comerciales (comercios, negocios de hostelería, entidades financieras, organismos públicos y otros), de los que 636 tenían actividad empresarial y 365 eran comercios. Es decir, se contabilizaban 228 locales cerrados. 
Un cierre que también reflejan los indicadores² de desarrollo de la capital jiennense, recogidos en el II Plan Estratégico de la Provincia de Jaén, cuyos datos desvelan que entre 2016 y 2018 cerraron casi un centenar de comercios, aunque en 2018 hubo una leve recuperación con respecto a 2017 al abrir sus puertas 54 nuevos negocios. 
Lo cierto es que a día de hoy se siguen produciendo cierres y las perspectivas no son optimistas por las previsibles consecuencias socioeconómicas negativas derivadas de la pandemia global originada por el coronavirus SARS-CoV-2 (COVID-19). 
Estos comercios son señas de identidad de las ciudades. Y aunque en otras ciudades haya establecimientos parecidos, para cada una de ellas son únicos. No solo por lo que aportan hoy frente a la homogeneización estética y la desnaturalización (podemos denominarla así) propiciada por las franquicias, bancos o las grandes cadenas comerciales, sino porque pertenecen a la historia de cada ciudad. Eran parte de nuestras vidas, de modo que al bajar el cierre se llevan una parte de nosotros. Para unos es el progreso. Para otros, una despedida; una pérdida de lo cotidiano sin renunciar a la memoria.


¹ Datos confirmados por Francisco Marín, presidente de Muy Jaén, Asociación de Comerciantes del Centro de Jaén.

http://www.comerciojaen.com/situacion-alarmante-por-el-cierre-de-comercios-en-el-centro-de-jaen/

² Datos facilitados por Inmaculada Herrador, directora del II Plan Estratégico de la provincia de Jaén y de la Oficina Técnica de la Fundación "Estrategias”.

https://www.planestrajaen.org/?fbclid=IwAR15egKEOUyukhj0gj8cxF9phKdKR2KfctH9d8BofLV8x7YG8lRsSYkqwgo


Ilustración: “La Pilarica”, acuarela, 30x40 cm. Obra de Pedro Pablo Garrido.

Artículo publicado en el blog “En Jaén donde resisto”, el 20 de mayo de 2020.

martes, 12 de mayo de 2020

¿Y ahora qué?

Ya saben que se dice que un pesimista es un optimista bien informado. En estos momentos, no soy ni lo uno ni lo otro. Tampoco soy experto en salud, epidemias y economía, como aparenta la mayoría de los que nos rodean; incluso algunos de mis compañeros periodistas, que parece que durante este confinamiento en apenas mes y medio han obtenido, como esos políticos en la mente de todos, un máster o un doctorado prodigiosos. 
Me hallo en la más absoluta incertidumbre. Carezco de bola de cristal e ignoro cómo se interpretan los posos del té o las entrañas de las aves. Y escucho mucho ruido; así que desconozco el futuro a corto y medio plazo, porque el otro ni me lo planteo hasta que no conozcamos el descubrimiento de una vacuna contra el virus. 
Pero me preocupa lo que ese futuro, aún sin escribir, pueda darle o quitarle a Jaén. No por lo que está por llegar, sino por lo que hemos conocido hasta la fecha. Las carencias en proyectos e inversiones están ahí. De igual modo que seguimos ocupando lugar de honor en la denominada España olvidada o vaciada, que refleja básicamente el desequilibrio entre provincias, incluso en un mismo territorio. 
La incertidumbre y el panorama económico de absoluta negritud que algunos dibujan acentúan esa preocupación; en especial, en lo referente a los sectores del aceite de oliva y del turismo y a la propia capacidad adquisitiva de los empleados públicos; pilares a nuestro pesar de la economía provincial. Si le sumamos el déficit de nuestras infraestructuras viarias y la disminución del gasto en obra pública, podemos convenir en que existen motivos para la preocupación. 
No pretendo que todos rememos en la misma dirección, pero sería deseable que al menos los que no lo hacen, se echen a un lado para no molestar. Desde Jaén hemos demostrado en demasía mansedumbre. No sé hasta dónde puede llegar ese acatamiento sin apenas protesta. Pero dejando a un lado a la clase política, incluidas plataformas de dudosa intención, que pueden incorporarse si quieren sumar; creo que es el momento de que la sociedad civil se pronuncie y reclame un proyecto inequívoco con actuaciones precisas y dotación económica suficiente para la provincia. Lo demás, palabrería, postureo y falsas promesas, vengan de donde vengan, solo nos lleva a la ruina. 
Decía Antonio Muñoz Molina, hace unos días en la charla organizada online por la Fundación Huerta de San Antonio de Úbeda, que “la denuncia del desastre no contribuya al desastre”. 
Construyamos, pues.

Mi artículo para SER Úbeda (Multimedia jiennense), del 12 de mayo de 2020.

domingo, 10 de mayo de 2020

La voz de la radio de Jaén


A nuestro pesar estamos viviendo días de adioses más que de holas. Nos están dejando personas que, aunque no se van del todo, nunca volveremos a ver. Cada día y en distintos ámbitos asistimos al anuncio de un nuevo adiós, que no nos afecta de igual manera porque no todos han formado parte de nuestras vidas; aunque algunos lo han hecho desde el desempeño de su profesión, sea cual fuere, y otros, esos sí, porque eran personas cercanas a nosotros.
Si hace unos días conocíamos el adiós de Pilar Palazón, hoy nos hemos despertado con la despedida de Indalecio Morales. 
En Jaén había dos voces excepcionales, una en la música, la de Raphael, y otra, en la radio, la de Indalecio Morales. Hoy hemos perdido a una. 
Pasa con Indalecio como con Pilar, que todo lo que se diga es poco. Por su forma de ser, por su trayectoria…, porque pertenecen a un tiempo que como ellos ya no regresará. Como apuntaba hoy un compañero, César Domínguez, en el grupo de WhatsApp de los periodistas de Jaén, “Qué mal despertar. Pero es agradable que todos tengamos buenos recuerdos de él”. 
Y esa es una realidad innegable, los buenos recuerdos que todos en mayor medida conservamos y seguiremos conservando de él. Como señalaba otro colega, Ginés Donaire, quién no recuerda a Indalecio en una rueda de prensa, formulando aquella pregunta final, ¿puede hacerme un resumen?
Esa suma de buenos recuerdos, más las grabaciones de décadas de periodismo, fundamentalmente las que forman parte del archivo sonoro de Radio Jaén, es la que logra el espejismo de que Indalecio permanezca con nosotros. 
Y cómo no, su obra “La radio en Jaén. Una aproximación histórica”. Un imprescindible. De entre muchos recuerdos y anécdotas, de encuentros y conversaciones, tengo presente lo concerniente a este libro, al que Indalecio dedicó muchos años de investigación y esfuerzo. 
Supe por primera vez de su existencia porque Indalecio me pidió un favor para que le ayudara a acceder a una información que hasta la fecha no había logrado. Evidentemente, le ayudé. Y desde ese día el libro fue habitual en nuestras conversaciones. 
El proceso iba lento, porque había que compaginar la tarea del libro con el quehacer periodístico y las obligaciones familiares. Por eso, cuando llegó el momento de su jubilación le animé a terminarlo, porque pensaba que era un legado fundamental para transmitir la historia de la radio en Jaén a futuras generaciones y además, historia del periodismo local. 
En nuevos encuentros, le pregunté por el libro, y volví con iguales o parecidos argumentos a apremiarle en su publicación.
Al final lo terminó. Y ahí está, como testigo de una época. Y a partir de hoy, contribuyendo a que Indalecio no nos deje para siempre.

martes, 5 de mayo de 2020

El adiós de Pilar


Han pasado ya unos días, un poco más de una semana, del fallecimiento de Pilar. Y sigue siendo difícil de asimilar, no porque se produzca el desenlace, sino por lo inesperado del mismo. Porque casi siempre la muerte, aunque sabemos que está al final del camino de la vida, evita anunciarse. 
Nos enteramos del adiós de Pilar por dos fuentes en apenas 5 minutos, la Cadena SER y su sobrina María, por lo que no había lugar a la duda. Luego la noticia fue a la par mazazo y clamor. No queríamos creerlo. Nos mirábamos con la incredulidad de saber que hacía unos días le habían dado el alta en el hospital y que estaba bien; eso sí, un poco floja. 
Pasé media tarde buscando las fotos del primer cumpleaños de mis hijos; cuando Pilar se empeñó en que le hiciéramos una foto con los dos en brazos, pese a que eso suponía un esfuerzo, y no de los pequeños, debido a que las criaturas ya tenían un peso considerable. 
También estuve intentando recordar cuándo conocí a Pilar. Fue profesora en el colegio San Agustín, donde yo estudié unos años, aunque yo no la recuerdo de aquella época. De hecho, no recuerdo en que momento la conocí. Algo que carece de importancia, porque Pilar Palazón era de esas personas que se quedan para siempre en nuestras vidas. 
Sin embargo, recuerdo perfectamente la primera vez que escuché su nombre. Fue un día en mi casa paterna de la calle Colón y la mencionaron Cándido Nogales, Carmelo Palomino y mi padre en una conversación probablemente intrascendente. 
Es curioso eso de las relaciones familiares y los caprichos o designios del destino. Echando la vista atrás descubres que esa relación ha sido de 3-4 generaciones y por ambas ramas familiares, culminando ahora con María, la sobrina nieta de Pilar, que ha compartido guardería y colegio con mis hijos y son amigos. 
Volví a encontrarme con Pilar allá por el 92, cuando vine a Jaén para trabajar en Diario JAÉN. Y hasta hoy. En aquella época no había nacido aún la Asociación de Amigos de los Íberos, pero el embrión ya estaba ahí y germinaría poco después con la exposición “Íberos, príncipes de Occidente”, en París (1997), que tuvo parada en Barcelona y Bonn. El resultado ya lo conocen, años de reivindicaciones que se tradujeron en 2017 en un Museo Íbero para la ciudad, inacabado es cierto, lo que llevó a Pilar, como también sabe la mayoría, a pedir a Felipe VI que repitiera visita a Jaén cuando el museo estuviera completo para inaugurarlo en condiciones. Desgraciadamente ya no lo verá. 
Su apariencia externa de fragilidad era engañosa. Era perseverante y rocosa. Una luchadora incansable, lo que se traducía en la extenuación del adversario. Y lo que provocó que el ex alcalde, también desaparecido, Alfonso Sánchez, convirtiera el apellido Palazón en “Palizón”; eso sí desde el cariño y el respeto hacia una mujer que fue la primera concejal del Ayuntamiento de Jaén en el regreso de la democracia y a la que entre otros logros hay que atribuirle la creación de la Universidad Popular Municipal (UPM) o la recuperación de la figura del pintor jiennense Manuel Ángeles Ortiz. 
Recuerdo, entre otras cosas, que fue precisamente en su casa donde contemplé por primera vez al natural una pintura de Manuel Ángeles Ortíz y también por primera vez probé una calabaza asada una víspera de San Antón. 
La recuerdo en “Caldos”, la galería de vinos de Jesús Melero en la calle Cerón, cuando Rakel Rodríguez presentó el libro “Mirándonos la punta de los pies”, de Ediciones RaRo, en el que yo había participado con el relato “Las monedas de Sefarad”. Pilar me preguntó que si el relato era real; la historia sobre sus inscripciones y demás no lo eran, pero las monedas existían. Me pidió verlas, petición que pude satisfacer un tiempo después durante una visita a mi casa. 
Pienso en aquellos sábados o domingos, cuando coincidíamos comprando el periódico, antes en Tato, en el barrio de San Ildefonso, y después en el kiosco de Juanfran en la plaza de las Palmeras. Siempre me preguntaba por los niños y por María Antonia, era la única que llamaba así a Antonia y nunca la sacamos del error de que en realidad era Antonia sin el María delante. Me hablaba de sus paseos, era una andarina; de su último viaje, de que si había estado con Paco Zaragoza, de que había visto a mis primos Gede e Inma y a mis sobrinas, a Marcos Gutiérrez, me preguntaba por mi tía Luz…, y mientras, la saludaba medio Jaén, porque no sé cuántos chicos y chicas fueron alumnos suyos, no sé a quién no conocía y sobre todo, quién no la conocía. 
Seguía la estela de mujeres como Clara Campoamor o Federica Montseny. Fue, en cierta medida, nuestra Mariana Pineda enarbolando la bandera de la libertad. Ella fue y será todas esas mujeres defensoras de la igualdad, de los derechos y de cualquier causa que redunde en un beneficio social.
La cuestión es quién tomará ahora su relevo.

miércoles, 29 de abril de 2020

Los cerezos en flor

Los cerezos en flor anunciaban una primavera que de algún modo nos ha sido robada como aquel mes de abril al que cantaba el trovador ubetense. No han sido lo único. Podríamos afirmar que nos han escamoteado una vida. Quizás para un gato una vida más o una vida menos sea algo relativo, insignificante, pero cualquier vida ha de ser vivida, hasta la que nos arrebatan. 
Ahora cuando pensamos en este tiempo que hemos tenido que vivir de forma inesperada, imaginamos, obviamente fantaseando, todo aquello que podíamos haber hecho y no hemos hecho, y que probablemente tampoco habríamos hecho en las condiciones habituales. 
Y ahora por esta situación anómala, para muchos se hace presente la muerte. Como si no estuviera antes ahí. Como si no fuera la única certeza de la vida. 
Descubrimos la vulnerabilidad, la fragilidad de nuestra existencia y de existencias ajenas e incluso nos adentramos en territorios inexplorados para algunos como el de la soledad. También pisamos la senda del miedo y naturalmente, reparamos en el dolor; en sus causas, en sus síntomas y en sus tipos. Aprendemos que hay un dolor físico, que en la mayoría de los casos es pasajero aunque en ocasiones parezca eterno, y hay otro dolor, más profundo, más duradero y por tanto, más complicado de sanar. 
De repente, un enemigo invisible ha tambaleado nuestra existencia, ha dinamitado los pilares sobre los que sustentábamos nuestro refugio y nos ha mostrado indefensos. Nos ha dejado desprovistos de corazas físicas e inmateriales, a su merced no sólo en el ámbito sanitario o ante una previsible crisis económica. Nos ha dejado desnudos como personas, individual y colectivamente. Y esas heridas tardarán un largo tiempo en cerrar. 
Por eso es hoy cuando anhelamos ese anuncio de primavera y ese birlado mes de abril. Por eso hoy más que nunca desearíamos volver a aquellos cerezos en flor.

lunes, 27 de abril de 2020

La marcha

Dicen que al final del túnel siempre hay luz. Que basta con abrir los ojos. Y sin embargo, ante la ausencia de certezas, resulta difícil de creer, hasta casi de imaginar. 
Ni siquiera oyes el ruido de aquel viejo tren, rugiendo como una bestia enfurecida con su ojo cegador. Entonces parecía veloz, pero el futuro estaba esperándote para sacarte del error. 
Tratas de escuchar un nuevo sonido en aquel paraje, ese que delata que algo no sigue igual. Nada. Es el mismo silencio con sus habituales ruidos. 
Así que avanzas. Oyendo y desoyendo a tu alrededor. Mirando a un lado y a otro sin llegar a vislumbrar algo más que las sombras. Te aferras al instinto, aunque algo, quizás sea el propio instinto, te dice que avanzas hacia la incertidumbre. 
Y a mitad de camino te asalta un recuerdo. Te viene a la cabeza el día aquel en que quizás de forma inocente preguntaste algo en apariencia más inocente aún. Cabezas agachadas, ojos mirando al suelo y las bocas cerradas, salvo un leve balbuceo o una fingida carraspera. Nadie respondió. Ni siquiera para mentir. 
Y no fue al día siguiente, ni a la semana, ni al mes. O quizás sí, solo que entonces no lo sabías. Ni siquiera te diste cuenta, hasta aquella mañana en que llamaron a tu puerta y sin disimulos te invitaron a largarte. Depositaron en tu mano un sobre, en el que adivinaste una suma suficiente de dinero, y te dieron unas secas gracias por los servicios prestados. 
Sin más. No necesitaban más. Eran los amos. Los que mandan. Y tú solo tenías dos opciones, rebelarte ante aquel poder cimentado en años de órdenes acatadas desde la absoluta sumisión o marcharte. Elegiste la segunda; no por cobardía o por falta de interés en la rebelión, sino porque sabías que aquella lucha la librarías solo y que estabas de antemano condenado a perderla. 
Abandonaste la ciudad. No era necesario mucho tiempo para empacar y despedirse de un puñado de personas. Tampoco aquel lugar merecía más que un leve giro de la cabeza y una breve mirada de esas que no se guardan. 
Te marchaste. Y esa lección si la guardaste, porque esa era de las que nunca se olvidan.

lunes, 20 de abril de 2020

Anacronía

Aquí seguimos en el sueño o en la especulación, dependiendo de si no pierdes la esperanza o alimentas el ventilador de la inmundicia, sin noticias del mañana. En esto, como en tantos otros frentes, estoy convencido de que hay una abrumadora mayoría entre los primeros y una ruidosa minoría entre los otros. 
Conscientes de la escasez y ante el patetismo de los mensajes esos otros acuden ahora a las nuevas tecnologías para que les hagan el trabajo sucio y propaguen su particular virus en ese mundo irreal que son las redes sociales. El mismo virus del que se retroalimentan desde la noche de los tiempos; ese que tiene remedio, pero no cura. 
No es nuevo. Ni la mercancía deteriorada que tratan de colar, ni su vieja receta de haz lo que yo diga y no lo que yo haga. Pero en el caldo de cultivo de la ignorancia siempre se mantienen los viejos compradores y se gestan nuevos adeptos. Da igual tras las siglas que se escondan o si visten camisa parda o llevan pistola. Son inconfundibles. 
Aburridos y tristes. Aventajados alumnos en mirar el mundo desde el embudo y en blanco y negro. Escasos de luces, pero repletos de sombras. Encadenados a los prejuicios heredados de sus mayores, luciendo los mismos trapos, amenazando con los mismos palos cruzados y abjurando de la ciencia. Siempre tirando la piedra y escondiendo la mano; la misma que luego alargan sin pudor para recibir la dádiva. 
Las manecillas del reloj les delatan. Apuestan por un futuro que es el ayer y alientan monstruos del pasado que siembran destrucción y odio al compás desafinado de los sables. Anacrónicos y obsoletos, tan impropios como esta pandemia. 
Cuando quieran saber de ellos no los busquen en las noticias del mañana, pasen hacia atrás las hojas del calendario, separen la historia de la propaganda y no se dejen confundir por otras caras y otros nombres. Están allí, siempre han estado allí, incubando el huevo de la serpiente.