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miércoles, 29 de abril de 2020

Los cerezos en flor

Los cerezos en flor anunciaban una primavera que de algún modo nos ha sido robada como aquel mes de abril al que cantaba el trovador ubetense. No han sido lo único. Podríamos afirmar que nos han escamoteado una vida. Quizás para un gato una vida más o una vida menos sea algo relativo, insignificante, pero cualquier vida ha de ser vivida, hasta la que nos arrebatan. 
Ahora cuando pensamos en este tiempo que hemos tenido que vivir de forma inesperada, imaginamos, obviamente fantaseando, todo aquello que podíamos haber hecho y no hemos hecho, y que probablemente tampoco habríamos hecho en las condiciones habituales. 
Y ahora por esta situación anómala, para muchos se hace presente la muerte. Como si no estuviera antes ahí. Como si no fuera la única certeza de la vida. 
Descubrimos la vulnerabilidad, la fragilidad de nuestra existencia y de existencias ajenas e incluso nos adentramos en territorios inexplorados para algunos como el de la soledad. También pisamos la senda del miedo y naturalmente, reparamos en el dolor; en sus causas, en sus síntomas y en sus tipos. Aprendemos que hay un dolor físico, que en la mayoría de los casos es pasajero aunque en ocasiones parezca eterno, y hay otro dolor, más profundo, más duradero y por tanto, más complicado de sanar. 
De repente, un enemigo invisible ha tambaleado nuestra existencia, ha dinamitado los pilares sobre los que sustentábamos nuestro refugio y nos ha mostrado indefensos. Nos ha dejado desprovistos de corazas físicas e inmateriales, a su merced no sólo en el ámbito sanitario o ante una previsible crisis económica. Nos ha dejado desnudos como personas, individual y colectivamente. Y esas heridas tardarán un largo tiempo en cerrar. 
Por eso es hoy cuando anhelamos ese anuncio de primavera y ese birlado mes de abril. Por eso hoy más que nunca desearíamos volver a aquellos cerezos en flor.

martes, 2 de junio de 2015

El territorio de la ilusión

Hay quien sueña con construir su castillo en el aire. Inabordable molino convertido en gigante ante el que solo cabe sucumbir tras un braceo y unos inútiles golpes. Y aún así prevalece el deseo de reinar y someter, que abre paso al triunfo del espejismo: el poder y la gloria.
Como una prueba envenenada que apela a la fortaleza con el único fin de mostrar la debilidad. En ese juego tramposo reside el enredo que habilita la confusión. Señor y lacayo recorren ese camino donde se pierde la identidad y se enmascara la jerarquía. Y en ese territorio de la ilusión, de desdibujadas líneas e inexistentes latitudes, el rey y el siervo son incapaces de discernir entre la aceptación y el sometimiento.
Alejados de la realidad o inmersos en ella, Quijote y Sancho son reflejo de nuestro fracaso. Solo la intensidad del espejismo logra difuminarlo y mantiene la persistencia en el error. La ínsula en las nubes.
La torre se hunde por la base. La falta de solidez en sus cimientos la condena. Y solo aquel que señala la luna para ver el dedo es incapaz de admitir esa falla. El mismo que eleva la mirada para no bajarla y continúa añadiendo imaginariamente altura a la torre convencido de que más pronto que tarde alcanzará el cielo. Ajeno a que igual que la torre su fragilidad reside en la base.
La caída es por tanto inevitable. Y el impacto y sus consecuencias son apenas mitigados por el nivel donde se produce el despertar. Pero el destino siempre es el suelo. Y aunque hay quien tiene la capacidad de levantarse, apretar los dientes y mantenerse en pie; los hay también condenados a vivir en ese castillo en el aire, donde se es señor sin feudo; donde sin ancla y cimientos solo se habita el vacío.

sábado, 25 de junio de 2011

Los menos

Atrapados en un mundo de cristal. Dependientes de su fragilidad, producto de sus dudas o de sus temores, tienen una pésima consideración de sí mismos, con independencia de su valía real. Viven instalados en la sombra y cuando el foco de luz, ocasionalmente, derrama su haz sobre ellos, sólo aspiran, salvo los verdaderamente idiotas, a que ese instante, fugaz como cualquier instante, pase y apenas les roce la luz; para regresar al territorio de las sombras o a lo sumo, hacer posada en la penumbra.
Son conscientes de que no son únicos y se reconocen, más de lo que quisieran, en sus iguales. Presos de los reflejos del rostro, el gesto o la actitud. Caminan ligeros, con la cabeza habitualmente gacha y con la mirada viva, pues su curiosidad por lo que les rodea supera a su pudor; aunque no puedan evitar en más de un lance desear ser engullidos por la tierra.
Transitan permanentemente por la senda de la reflexión en busca de respuestas. Opinan con la certeza del que sabe que puede errar y viven convencidos de que el conocimiento sobre cualquier asunto siempre es escaso. Lo que les conduce, también con más asiduidad de la deseada, a inevitables meteduras de pata.
Si pudieran escapar, saldrían corriendo. Pero la ausencia de brújula y la consciencia de que no hay escapatoria les mantienen de pie, pegados a la realidad e inmunes a los cantos de sirena.
Sueñan con no despertar, para no olvidarse de soñar.

sábado, 14 de mayo de 2011

Sucedió en Lorca

Era una tarde de mayo. Como cualquier otra tarde, la del día anterior, la del día siguiente, la del mes pasado, la del mes que viene o las del año pasado o el anterior. Hasta que la madre tierra rugió. Entre las seis y las siete. La naturaleza resquebrajó la vasija de nuestra inmunidad, aquella donde creíamos a resguardo y empequeñecidos los miedos propios y extraños. Y esa tarde dejó de ser una más, y ese día se convierte en un 11 de mayo de 2011 que quedará marcado en las páginas de nuestra historia.
La globalización también era esto: descubrirse en el otro, en el contemplado como diferente. Y las mismas nuevas tecnologías que nos permitían desde nuestro universo abrir ventanas desde la televisión, el ordenador o el móvil al resto del mundo, nos sitúan ahora al otro lado del cristal. Lorca, un pequeño pueblo murciando desconocido para el resto del mundo, es hoy para ese resto del mundo aquel lugar lejano donde ocurren catástrofes que nunca pasan en nuestro hábitat.
Sucedió también otro 11-M, aquel once de marzo madrileño en que descubrimos nuestra vulnerabilidad. Cuando la masacre provocada por los fanáticos abandonó las ventanas tecnológicas, su apariencia virtual, para hacerse tangible entre nosotros. Nos despojó de nuestras convicciones de fortaleza y seguridad y quedamos desnudos, mostrando temores y fragilidad.
De repente, aquellos escenarios de ciudades derruidas, de humo y sangre dejan de estar distantes en kilómetros. Lo exótico deja paso a lo habitual. Las piedras desprendidas y agrietadas son nuestras piedras y los trenes de hierros retorcidos son nuestros trenes.
No somos inmunes. Nunca lo fuimos. Sólo mirábamos con la perspectiva errada.