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miércoles, 29 de abril de 2020

Los cerezos en flor

Los cerezos en flor anunciaban una primavera que de algún modo nos ha sido robada como aquel mes de abril al que cantaba el trovador ubetense. No han sido lo único. Podríamos afirmar que nos han escamoteado una vida. Quizás para un gato una vida más o una vida menos sea algo relativo, insignificante, pero cualquier vida ha de ser vivida, hasta la que nos arrebatan. 
Ahora cuando pensamos en este tiempo que hemos tenido que vivir de forma inesperada, imaginamos, obviamente fantaseando, todo aquello que podíamos haber hecho y no hemos hecho, y que probablemente tampoco habríamos hecho en las condiciones habituales. 
Y ahora por esta situación anómala, para muchos se hace presente la muerte. Como si no estuviera antes ahí. Como si no fuera la única certeza de la vida. 
Descubrimos la vulnerabilidad, la fragilidad de nuestra existencia y de existencias ajenas e incluso nos adentramos en territorios inexplorados para algunos como el de la soledad. También pisamos la senda del miedo y naturalmente, reparamos en el dolor; en sus causas, en sus síntomas y en sus tipos. Aprendemos que hay un dolor físico, que en la mayoría de los casos es pasajero aunque en ocasiones parezca eterno, y hay otro dolor, más profundo, más duradero y por tanto, más complicado de sanar. 
De repente, un enemigo invisible ha tambaleado nuestra existencia, ha dinamitado los pilares sobre los que sustentábamos nuestro refugio y nos ha mostrado indefensos. Nos ha dejado desprovistos de corazas físicas e inmateriales, a su merced no sólo en el ámbito sanitario o ante una previsible crisis económica. Nos ha dejado desnudos como personas, individual y colectivamente. Y esas heridas tardarán un largo tiempo en cerrar. 
Por eso es hoy cuando anhelamos ese anuncio de primavera y ese birlado mes de abril. Por eso hoy más que nunca desearíamos volver a aquellos cerezos en flor.

domingo, 24 de abril de 2016

La flor y la palabra

El 23 de abril sigue siendo una de las fiestas más hermosa. Y en Barcelona continúa la tradición de unir rosas y libros. La flor y la palabra. La equiparación, al menos por un día, de la creación de la naturaleza con la de los humanos. 
El homenaje a Miguel de Cervantes y William Shakespeare, pero también a los que escribieron antes y a los que escribieron después. A todos aquellos que dieron un lugar a las letras y nos hicieron partícipes de ese lugar. A todos aquellos que hoy comparten ese espacio de letras con nosotros. 
En cierta medida cada vez que abrimos un libro es 23 de abril. Y también en cierta medida podemos afirmar que las palabras florecen en sus páginas como las rosas en el rosal. De modo que las bibliotecas bien pueden ser jardines de libros donde la flor más visible es el saber. 
Sacar los libros a la calle es abrir ese jardín a paseantes y amantes de los libros. Una ofrenda que va más allá del mero acto mercantil, aunque no pueda obviarse su existencia. 
Y la unión de la rosa y el libro invitan al paralelismo entre la labor del escritor y el jardinero. Se aprecian la aplicación con mimo del conocimiento y la ausencia de prisa en el cuidado de la flor y la palabra y se intuyen las horas de soledad frente a la planta y las hojas a la espera de los brotes. 
Todavía hay quien se cuestiona para qué sirven las rosas y los libros. No hay una respuesta única, pero quiero pensar que quien se acerca a la rosa será capaz de renunciar a la espada y que quien se acerca a la palabra sabrá discernir quién entre San Jorge y el dragón es la bestia.