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viernes, 6 de septiembre de 2024

Paisaje nocturno

La reja cerrada, la farola dormida y los sueños presos en una caja de cristal. Un gato cruza a la búsqueda de refugio, atravesando los barrotes en una huida preventiva mientras las hienas ríen en la trastienda. Y la noche cubre las carencias y las imperfecciones de aquellos que alguna vez creyeron. 
La luna sigue pastoreando el rebaño de los crédulos. Pero no hay guía para quienes carecen de fe. La noche sólo se rompe con la irrupción del solitario, que en su soledad confunde el canto con la plegaria y se pierde en sus propios pasos. 
Llovió. Y el olor de la tierra mojada recuerda el tiempo del ayer sepultado por un pasado fragmentado entre lo que fue y lo que pudo ser.
El agua moja las piedras, amenazando con borrar la memoria. Como si fuera tan fácil mudar la huella de los siglos. Como si desdibujar el legado del tiempo fuera como un cambio de piel.
Dicen que las piedras guardan la carcajada de aquel que nunca regresó; la mirada perdida de quien interroga al cielo y el semblante del que se alimenta del miedo. Y dicen que mientras se discute sobre sí el que ríe es Dios o el diablo, las campanas recuperan el tañido para tocar a difuntos.
Entonces, el cristal se rompe y se liberan los sueños.

lunes, 20 de abril de 2020

Anacronía

Aquí seguimos en el sueño o en la especulación, dependiendo de si no pierdes la esperanza o alimentas el ventilador de la inmundicia, sin noticias del mañana. En esto, como en tantos otros frentes, estoy convencido de que hay una abrumadora mayoría entre los primeros y una ruidosa minoría entre los otros. 
Conscientes de la escasez y ante el patetismo de los mensajes esos otros acuden ahora a las nuevas tecnologías para que les hagan el trabajo sucio y propaguen su particular virus en ese mundo irreal que son las redes sociales. El mismo virus del que se retroalimentan desde la noche de los tiempos; ese que tiene remedio, pero no cura. 
No es nuevo. Ni la mercancía deteriorada que tratan de colar, ni su vieja receta de haz lo que yo diga y no lo que yo haga. Pero en el caldo de cultivo de la ignorancia siempre se mantienen los viejos compradores y se gestan nuevos adeptos. Da igual tras las siglas que se escondan o si visten camisa parda o llevan pistola. Son inconfundibles. 
Aburridos y tristes. Aventajados alumnos en mirar el mundo desde el embudo y en blanco y negro. Escasos de luces, pero repletos de sombras. Encadenados a los prejuicios heredados de sus mayores, luciendo los mismos trapos, amenazando con los mismos palos cruzados y abjurando de la ciencia. Siempre tirando la piedra y escondiendo la mano; la misma que luego alargan sin pudor para recibir la dádiva. 
Las manecillas del reloj les delatan. Apuestan por un futuro que es el ayer y alientan monstruos del pasado que siembran destrucción y odio al compás desafinado de los sables. Anacrónicos y obsoletos, tan impropios como esta pandemia. 
Cuando quieran saber de ellos no los busquen en las noticias del mañana, pasen hacia atrás las hojas del calendario, separen la historia de la propaganda y no se dejen confundir por otras caras y otros nombres. Están allí, siempre han estado allí, incubando el huevo de la serpiente.

lunes, 14 de mayo de 2018

Armarios

Hay algo desolador en abrir los armarios y contemplar ropa de otro tiempo. Prendas que ya no sirven a los cuerpos para los que fueron adquiridas y que sin embargo guardan la huella de esos mismos cuerpos. 
Es el testimonio de un ayer que nunca acaba de irse, pero que tampoco regresará. 
Contemplo una hilera de pequeñas perchas con varias prendas de abrigo. Vuelvo la vista atrás. Recuerdo cuando se compraron. Las azules, las rojas…, a alguna de ellas no la llenaba el cuerpo o le sobraba hechuras; o ambas cosas. 
Veo algunos pares de pantalones. Esos que un día eran largos. Los mismos a los que había que ajustarles la cintura con aquella goma elástica que tanto costaba abrochar al botón. Hoy los miro y me provocan una mezcla de risa y nostalgia. 
Hay algunas camisas mías. Deben llevar mucho tiempo allí colgadas. Si intentara ponérmelas y casar cada botón con su ojal podría darse la paradoja de convertirme a la par en víctima y estrangulador. Este cuello ya no es aquel. Y el abdomen tampoco es el mismo. Podría decir que han encogido o que ahora me gusta llevarlas más anchas. 
Y también está aquel chubasquero naranja que en su día parecía atrevido y hoy se muestra muy discreto. Y la trinchera beige, al más puro estilo Bogart y que me sigue estando tan grande como la primera vez. A ella no le afectan ni cuello ni abdomen. Apenas la uso, pero no he olvidado como se deslizaban las gotas de lluvia por aquel tejido como encerado. 
Abro otro armario y me encuentro frente a un espejo. Ya no necesito que la ropa me cuente nada. El rostro pertenece al presente. Ahí también soy capaz de reconocer las huellas de lo que fue. No me preocupa. Tampoco me asusta ni me deprime. Me pregunto si al cerrar el armario él se quedará allí como las camisas y el resto de la ropa. Sonrío. Debe ser muy incómodo pasar media vida colgado de una percha.

viernes, 7 de julio de 2017

Viento de ayer

Siempre sopla ese viento en sentido contrario a las agujas del reloj. Se cuela entre los dedos, arrastra los pedazos de la tormenta y muestra los jirones que el tiempo deja en la piel. 
No se ve, es incluso difícil escuchar las notas de la canción que susurra en los oídos entreabiertos; un rock para olvidar o un tango para recordar que “ayer escribí en el viento las cosas que hemos perdido, cosas que nunca cuento, cosas que nunca olvido”. 
El ayer siempre es hoy. Y ese viento ruge en silencio, agita el líquido pardo del fondo de la botella para despertar una tempestad. 
Los ojos brillan como luceros de fuego. La sangre golpea una puerta inexistente. Y solo pervive el sueño de abrir una ventana para escapar o para que el viento entre o salga, borre los surcos de la memoria y el vacío cree ese mundo de ficción que es la calma. 
Pero no hay tregua. La amenaza de la zozobra aumenta con cada rugido. El mar se embravece y la cresta de las olas despierta a los demonios dormidos. El rumbo se torna incierto. El naufragio parece inminente. Solo las velas mantienen el pulso con el viento para alejar la nave de las rocas. Hasta las sirenas duermen. Y la luz parece enredada en el mismo fondo de la botella donde nace la tempestad.
Es cuestión de tiempo. Y el relojero asiente, intentando descifrar el mecanismo de la máquina que mide el tiempo.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Ayer


No hace falta girar la cabeza para ver lo que se dejó atrás. Tampoco hace falta que alguien te lo recuerde. La experiencia enseña a conservar la capacidad de no olvidar del todo. 
Hoy pinchas un disco o abres un libro al azar y raro es que no aparezca uno de esos guijarros de los que devuelve a la memoria parte de ese camino andado y que en demasiadas ocasiones parece extraviado. 
Lo que fueron miedos se han transformado en hilaridad. Y lo que eran deseos se consumaron o se consumieron. Sobreviven algunos sueños, probablemente por inalcanzables o porque uno no acaba de desprenderse de cierta carga de ingenuidad en su deambular por la vida. Y permanece la duda. 
Tendemos a mirar hacia adelante. Por comodidad o por no pegarte un leñazo. Probablemente porque la mayoría de lo que quedó en el pasado ya no tiene remedio, ni siquiera una segunda oportunidad. Pero, los peros, de vez en cuando a ese disco o ese libro se les suma una noticia real, casi siempre en forma de desgracia. Y consciente o inconscientemente desandamos parte de ese camino entre lo que somos y los que fuimos. Para volver a ese tiempo pretérito en el que estamos todos y la muerte no tiene cabida. No por negar la realidad, el fin de la propia existencia, sino porque en ese instante y en aquel lugar que ya no están aparecía la muerte de los otros, pero estaba ausente nuestra muerte. Quizás y sin saberlo fue entonces cuando disfrutamos de la inmortalidad. 
Fuimos inmortales entre alpha y omega, entre birras, palabras y rock. Y hoy, mortales, seguimos con esas birras, palabras y rock, aunque ni saben, ni suenan igual.

(No duermen por la noche las criaturas de la luna, aunque hoy somos casi todos hijos de esa luna, hombres de corazón roto y sueños pretéritos que cargan sobre sus hombros la muerte de otros. Mientras el resto de la ciudad duerme, una puerta entreabierta dibuja un haz de luz y deja escapar los acordes del último rock. Las manos se aferran al cuello de una botella y apenas brillan en la oscuridad los ojos de gata de la camarera, que ya no vierten lágrimas de nostalgias compartidas. Al marchar casi ni se percibe el ruido de los pasos propios y la sombra es el recuerdo de lo que fuimos. El trago iba por tí que ya no despertarás. Birras, palabras y rock hasta el amanecer).

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,/aunque a veces nos guste una canción. Elegía y recuerdo de la canción francesa. “Moralidades”, Jaime Gil de Biedma (1966).

sábado, 27 de marzo de 2010

La negación del mañana

El futuro espera a la vuelta de la esquina para convertirse en presente. Algunos tienen el extraño convencimiento de poseer la capacidad de conocer ese futuro y otros la convicción profunda de que ese futuro ya está escrito.
También hay diferencias sustanciales en la elección del color para pintar ese futuro. Unos, optan por el negro; otros, lo pintan de color de rosa, y los menos, lo pintan del color de la esperanza. Pocos serán los que se inclinen por el blanco, y sin embargo esa elección es comprensible desde la creencia de que el futuro está por escribir y que esa es la tarea diaria de cada uno. Y más de uno lo pintará de gris o de marrón, confundiendo futuro con presente y presente con futuro.
Habrá algunos cuya opción sea pintar ese futuro de muchos colores, como si fuera un arco iris. Y otros, más atrevidos en apariencia y en un alarde creativo, pintarán el futuro de lunares, de nubes o de mariposas.
En ocasiones, quizás demasiadas, se pinta el futuro sin apenas haberlo construido. Se ignoran los materiales a emplear, se olvidan los cimientos que deben sustentarlo y se desconoce si el futuro es asunto de uno o de alguno más. Y lo que parece peor, se trata de construir el futuro sin la consciencia del pasado y del presente.
Muchos evitan dar la vuelta a la esquina, creyendo negar el futuro y sin caer en la cuenta de que lo alcanzado es el presente.
Sin ayer no hay hoy y sin hoy no habrá mañana. Puede parecer una retahíla infantil o una plegaria en un mundo de ficción, pero es una sentencia infalible contra aquellos que tratan de negarnos ese mañana.