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viernes, 7 de julio de 2017

Viento de ayer

Siempre sopla ese viento en sentido contrario a las agujas del reloj. Se cuela entre los dedos, arrastra los pedazos de la tormenta y muestra los jirones que el tiempo deja en la piel. 
No se ve, es incluso difícil escuchar las notas de la canción que susurra en los oídos entreabiertos; un rock para olvidar o un tango para recordar que “ayer escribí en el viento las cosas que hemos perdido, cosas que nunca cuento, cosas que nunca olvido”. 
El ayer siempre es hoy. Y ese viento ruge en silencio, agita el líquido pardo del fondo de la botella para despertar una tempestad. 
Los ojos brillan como luceros de fuego. La sangre golpea una puerta inexistente. Y solo pervive el sueño de abrir una ventana para escapar o para que el viento entre o salga, borre los surcos de la memoria y el vacío cree ese mundo de ficción que es la calma. 
Pero no hay tregua. La amenaza de la zozobra aumenta con cada rugido. El mar se embravece y la cresta de las olas despierta a los demonios dormidos. El rumbo se torna incierto. El naufragio parece inminente. Solo las velas mantienen el pulso con el viento para alejar la nave de las rocas. Hasta las sirenas duermen. Y la luz parece enredada en el mismo fondo de la botella donde nace la tempestad.
Es cuestión de tiempo. Y el relojero asiente, intentando descifrar el mecanismo de la máquina que mide el tiempo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

2012

La tempestad no amaina. Anuncia aguaceros en las lunas venideras. El horizonte de 365 nuevos días se ennegrece. Y hasta las palabras parecen frágiles como refugio. Las mismas palabras dormidas en el interior del baúl, que ni embriagan, ni adormecen, pero servían de asidero contra la desesperanza y permitían tender puentes entre islas pobladas por la soledad, se muestran ahora como oscuras nubes: reajustes, recortes...
Y aún así, permanece el sueño de contemplar el arco iris tras la tormenta. De pintar con palabras, algunas que podrían parecer viejas y gastadas pero no por ello inservibles, ese arco iris, que no deja de ser un puente de colores.
No hay bola de cristal para despejar la incertidumbre, ni telescopio lo suficientemente potente para contemplar ese arco iris que espera tras la tormenta, pero siempre queda un caleidoscopio, en el que se fragmentan los sueños para construir con esos fragmentos un mosaico de nuevos sueños.
Palabras y sueños. Quizás parezcan insignificantes ante esos aguaceros que se anuncian, pero son buenos pilares para sustentar el presente y perfilar el futuro de ese año que amanece. Y los mejores deseos para aquellos que intuyen el arco iris tras la tormenta.

sábado, 27 de febrero de 2010

Viento de esperanza

Hoy en la ciudad que habito soplaba por la mañana en sus calles un inusual viento caliente para esta época del año; un viento caliente que a las pocas horas se ha convertido sólo en viento. Fuerte, pero viento. Yo también he oído los partes de los denominados “hombres del tiempo” (aunque ignoro si son de su tiempo, del pasado o del futuro) y he oído la dichosa palabreja que no voy a repetir y que limitaré a viento huracanado. Un palabro casi desconocido hasta ayer y que se suma a esa dinámica del miedo que acompaña a la crisis económica y a sus consecuencias.
El miedo y el desánimo se han instalado con tal fuerza entre nosotros, que hasta algunos representantes del poder real de este país quieren vender esperanza y han puesto en marcha una campaña para optimistas que habla de arreglo, pero que también esconde las recetas del arreglo. Llámenme lo que quieran, pero yo no ignoro lo que ha significado e imagino que sigue significando en algunos lugares el apellido Garrigues. Es como pensar que los March son unos filántropos o que su fortuna nace del sudor de su frente.
Ahora debemos temer hasta al tiempo, cómo si no lleváramos cerca de dos años soportando tormentas y huracanes. Llevamos tanto tiempo soportando a estos malos aprendices de Eolo, que ya sólo provocan nuestra indiferencia, como si estuviéramos inmunizados. Y todo forma parte de la misma ópera bufa, en la que no se quién reparte los papeles, pero en la que siempre son los mismos los que interpretan a los perdedores.
Si ese viento se despojase de artificios, de miedos y amenazas y fuera verdad que transporta besos y palabras. Entonces, sólo entonces, esos hombrecillos de mapas imposibles podrían ser escuchados. Y entonces, sólo entonces, quizás mereciera la pena que no salga el sol, porque ese viento con luces y sombras sería un viento de esperanza.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Callejón del Agua

Llueve. Somos un país dado a los excesos, sin término medio. Y hasta la lluvia parece saberlo. Inmisericordes las nubes descargan y la lluvia golpea, destruye. El agua de la vida convertida por el exceso en agua de muerte. En la tierra que habito hasta 2 vidas se ha cobrado la tormenta, 2 personas; pero cuánta vida apenas perceptible se ha llevado también esa misma agua.
El agua que cabe en un vaso y desborda un río. El agua que hacemos fluir o detener del grifo con un golpe de muñeca, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de abajo a arriba y de arriba a abajo. La misma agua que muñecas, brazos y cuerpos juntos no pueden parar, ni siquiera encauzarla.
De nuevo el hombre contra la naturaleza, una naturaleza que parece rebelarse y nos recuerda nuestra vulnerabilidad, la de nuestro propio ecosistema. No hacemos caso, no escuchamos, apenas oímos. Y el recuerdo, el aviso en forma de maldición del cielo, pronto se olvida. Al primer rayo de sol.
Llueve. Torrencial y desmesuradamente. Truena. Y el cielo se llena de relámpagos; quiebros luminosos unidos al bramar de ese mismo oscuro cielo. Seguimos presos de la sordera. Hipnotizados ante la caída del agua, fascinados por la riada y sólo preocupados porque el agua pueda entrar en nuestras casas o llevarse nuestros coches en su propia deriva.
Expectantes ante la petición por la Administración de turno de declaración de zona catastrófica y deseosos de la concesión de tan discutible y nada gratificante título. Una gracia acompañada de euros, cuyo destino será mitigar las pérdidas económicas estimadas y que rara vez se empleará en prevenir los efectos de futuros aguaceros.
En las venas de muchas ciudades existe un Callejón del Agua, viendo lo que está cayendo del cielo en Andalucía Oriental y en Levante bien podríamos pensar que ese callejón se ha desbordado, que ha parido una alimaña que devora empedrado y asfalto y con un quebranto convierte la ciudad en una nueva Atlántida.