lunes, 25 de marzo de 2013
Lágrimas negras
miércoles, 23 de marzo de 2011
Chico y Rita
Con permiso de Pablo Milanés, amo esa isla, pero no soy del Caribe. De haber podido elegir, no hubiera dudado en optar por La Habana de los años 40-50 y disfrutar de alguna de aquellas descargas que los músicos improvisaban hasta el amanecer, aderezadas con tabaco y ron.Un libro con dibujos de Javier Mariscal sobre diversos procesos de la película, un dvd con algunas interioridades de las grabaciones musicales y un cd con la banda sonora; un sincero homenaje a los fundamentos del legado musical cubano, que como colofón añade la interpretación del tema principal, Lily, por Estrella Morente.
Como es fácil imaginar, la habitación se inundó de vientos, cuerdas y percusión y cerrando los ojos me trasladé a aquella Habana de night-club y noches eternas y como en aquellas filmaciones clásicas, disfruté de una pieza interpretada por una Big band en blanco y negro.
Saboreo un Daiquirí frappé, enciendo un Montecristo nº 3 y contemplo a una trigueña de curvas inabarcables y piernas largas, larguísimas, mientras espero ese solo de metal que rasgará la noche y enmudecerá cualquier otra voz.
Aquellas noches habaneras del pasado son una ilusión del presente. Una evocación de la que quisiera no despertar. Bastaría con no abrir los ojos y seguir los acordes, pero no es más que un sueño que ese legado musical mantiene para que ocasionalmente me traslade a La Isla sin abandonar mi habitación. Como aquel otro viaje que la música realizaba de La Habana a Nueva York para retornar de la Gran Manzana al Malecón y despertar los pies en alguna sala de Europa.
Sueño en blanco y negro, incluso al contemplar los dibujos en color de Mariscal. Y aún así soy incapaz de olvidar la luz de La Habana, sus atardeceres y sus calles llenas de esa luz y de sueños rotos. Historias de otros Chicos y Ritas, fracasos huérfanos de banda sonora.
Imagen: Póster de la película (http://chicoandrita.com/wallpapers.html).
viernes, 10 de julio de 2009
La trompeta de Jerry

A veces la vida te tiene guardada una sonrisa. Y de la forma más inesperada te la ofrece. De modo que esa sonrisa por sorpresa te produce un gozo y una satisfacción desmesurada. Cercana a la euforia.
Algo parecido me ocurrió ayer. En la ciudad en la que habito, durante estos días hay programado un festival de jazz, con el nombre de Jazz entre Olivos, que ha traído por estas tierras del Sur a jazzistas como Chano Domínguez, Spyro Gyra, D’3 Pardo, Posé y Roper, Nono García&Tito Alcedo, Kike Perdomo, Orange Groove y el bluesman John Mayall.
En la edición de este año, la undécima, los organizadores han tenido la maravillosa ocurrencia de celebrar las actuaciones en lugares emblemáticos de la ciudad, de modo que han fusionado el jazz con calles, plazas, patios, jardines, parques… Por motivos diversos no había acudido a las primeras actuaciones y la de ayer, de un bailaor flamenco, Juan de Juan, no me llamaba la atención.
En esas estaba cuando un amigo nos comentó a otro amigo y a mí que con el bailaor actuaba Jerry González. No dábamos crédito, porque nadie había informado sobre la participación del trompetista portorriqueño venido, vía Trueba y Chano Domínguez, desde el Bronx a Madrid. Y vaya que venía. Lo confirmamos y descubrimos que además llegaba bien acompañado del percusionista Israel Suárez “Piraña”, de Antonio Serrano y su armónica y del bajista Alain Pérez, habitual de las actuaciones de Paco de Lucía. Casi ná.
¡Qué decir! Cuando Jerry se pone la trompeta en los labios, ésta se despierta y su voz de metal sube y te lleva con ella a lo más alto en esa subida. Jerry, con su sombrero blanco y sus inseparables vidrios en los ojos, incluso se arrancó con la caja a la percusión, acompañando al “Piraña”. Sublime. Las notas enroscándose en la torre de la Catedral y yo, sin vidrios en los ojos pero con los ojos como platos y una sonrisa regalada.
Decía Trueba que Jerry es el último pirata del Caribe; por eso no de es de extrañar que tras abandonar la Fort Apache Band y el Bronx e instalarse en el Foro se uniera a los Piratas del Flamenco. Y ya ven sin abandonar a su también inseparable Thelonius, sigue bebiendo del bebop y de los ritmos afros, a los que ha sumado ahora el flamenco. Sólo o en compañía del “Piraña”, de “Cigala”, de Bebo, de Calamaro y de la mano de Trueba y Limón. ¡Manteca!
Y como tengo dos piratas en casa y algo de gato, para allá regresé, deambulando por el callejón, sintiendo aún la voz y el soplo de Trump y Jerry, y exhibiendo una sonrisa que, sin saberlo, la vida me tenía guardada.
Foto del fotógrafo Francis J. Cano.
sábado, 27 de junio de 2009
Vuelvo a Baeza

En tiempos en que un amigo virtual deambula entre la realidad y el delirio. En ocasiones tan cercanos. Yo abandono definitiva pero temporalmente la fila de los desheredados y paso a formar parte de la de los privilegiados.
Entre piedras. Hermosas piedras que dan forma a no menos hermosos edificios. Vuelvo, 4 años más tarde, a la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), a su sede de Baeza. Mi amiga Carmen, que siempre tiene un pensamiento para mí en mis malos momentos; no sólo se acuerda de mí, sino que dando muestras de su generosidad me regala además su amistad.
Del blanco al negro. Sin estaciones y sin matices. Me convierto en un privilegiado. No sólo por abandonar la fila de los desheredados, también por la amistad, si no por volver al Palacio de Jabalquinto. Uno de esos hermosos edificios construidos con hermosas piedras. Un lugar donde en un pasado no muy lejano hallé la paz. Donde mis demonios duermen, quizás abrumados por el peso de la historia y por la contundencia de los muros de piedra. Donde conviven los alumnos y docentes de los cursos de verano con las hornadas de turistas que visitan el edificio y se fotografían en él. Y donde esporádicamente he disfrutado del silencio; en un rincón del patio arcado con la fuente en el centro, entre la divisoria del sol y la sombra, contemplando los rayos del sol sobre el agua de la fuente y siguiendo con la mirada el vuelo de los gorriones hasta el pretil de la fuente, donde muere su vuelo y toman el agua en su pico para remontar de nuevo el vuelo.
Vuelvo a Baeza. Y eso es para mí un motivo de celebración. Ahora, escribiendo estas líneas, saboreó por partida doble: un güisquito y “El Arte del Sabor”, el primero es un Chivas, el segundo, una pequeña joya de Bebo Valdés, el pequeño gran Cachao y el inmenso Patato; y de cucharada Paquito D’Rivera. Y mientras celebro, recuerdo. Retrocedo en el tiempo 4 años.
Mi habitación daba a la fachada de la catedral. Durante unos días ondeó sobre su torre una bandera blanca. Pensé que se habían rendido. Juro que lo pensé. Y también, que debíamos ir a tomar posesión del templo. Pensé en una rendición sin condiciones. La aceptación de la derrota tras siglos de luchas. Pero me equivoqué. Debió ser un delirio. Esa bandera blanca formaba parte de una tradición que no recuerdo y coincidía con la visita del nuevo obispo de la provincia a la seo baezana. La realidad.
Entre los delirios, los deseos y la realidad, nuestra vida continúa. Con lo bueno y lo malo, con lo mejor y lo peor. Así vamos. Así nos va. Así me va.