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lunes, 25 de marzo de 2013

Lágrimas negras

Aquel disco de Bebo y El Cigala había sido la sorpresa musical del año. Sin duda había sido una sorpresa y una esperanza. Funcionó el boca a boca y el CD se disparó en la lista de ventas. Es un disco irrepetible.
Ella había aguardado con la paciencia de la que era capaz cerca de un mes para comprarlo. Desde que supo de él hasta que se puso a la venta. Y mereció la pena. Sigue mereciéndola cada vez que reproduce el disco en su minicadena.
Sentía verdadera pasión por aquel viejito entrañable. No sólo musicalmente, también en lo personal. Un cubano emigrado a Suecia por amor. Debía de ser verdad que el amor lo puede todo o que al menos calienta, porque un cubano en tierra sueca suena a broma. Claro que también parece una broma que un cineasta español ganador de un Oscar y de mirada periférica como el maestro Buñuel vaya a buscarlo para rodar un documental musical con estrellas del jazz latino, apadrine un disco con un cantaor de flamenco y participe en el proyecto de ese moderno templo de la música latina en Madrid que es Calle 54. ¡Y en el Paseo de La Habana!
Sublime. La canción de la que el disco toma el título es un son, Lágrimas Negras, de Miguel Matamoros, uno de los temas con más versiones del repertorio de la música tradicional cubana. Habían transcurrido unas cuantas decenas de años desde que el Trío Matamoros la interpretara por vez primera en la década de los años 30 del siglo pasado hasta la versión registrada en este disco. A ella le parece maravillosa la interprete quien la interprete.
Ella había llorado lágrimas negras. Al menos eso creía viendo sus mejillas reflejadas en el cristal con dos grandes surcos negros de arriba a abajo. Esos surcos negros eran producto del rimel al contacto con las lágrimas, pero ella prefería creer que había llorado lágrimas negras. A fin de cuentas ¿no hay gente dispuesta a creer en el llanto de sangre de imágenes en piedra o madera o de algún santero vividor con leyenda de curandero?.
Sus lágrimas eran de dolor. No había demasiada originalidad en esto. Eran lágrimas de desamor, de pérdida. Una relación que se rompe ante la incredulidad de una de las partes que no lo había visto venir. El velo del amor que transmuta en ceguera. Por eso la conmovía aquel viejito que abandonaba Cuba hace 44 años y volaba hasta la otra orilla para reunirse con la mujer que amaba. No puede haber amores imposibles, pensaba, puede haber dificultad pero no imposibilidad. Y así se engañaba a sí misma. El peor y más estúpido de los engaños.
La habían echado en el abandono y habían muerto sus ilusiones. Su son era como el bolero, como el tango y como la copla una crónica de amor roto, rajao, arrabalero, como una habanera sin esperanza. Eso que ahora llaman desencuentros y que no es otra cosa que mal de amores. Se cante en Cádiz, en Calella de Palafrugell, en Donosti, en Buenos Aires o en La Habana. No existe vacuna contra ese mal, por mucho que digan que la mancha de una mora con otra mora... ella no estaba para subirse al moral o acercarse a la zarza.
Atrás quedaban los sueños de amor eterno, de un futuro en común, de una historia como la del viejito cubano, tanto tiempo vista, leída e imaginada. Sentía el dolor, la ausencia, el fracaso y la nostalgia. Pero por encima de todo se sentía como una imbécil, sin estima alguna por si misma, incapaz de despertar su propia compasión. ¿Cómo había estado tan ciega? Ahora todo son dudas, ¿se lo había advertido alguien y no había escuchado? ¿había pasado por alto algún síntoma, algún indicio de lo que iba a suceder?. Quizás alguien le avisó: nena, el amor se acaba; aprovecha, que el amor se acaba.
A lo lejos sonaba Morir de Amor interpretada por Charles Aznavour y Compay Segundo. Como si fuese mi enfermedad, repitió en voz alta, ...Adiós al mundo y a sus problemas. Vaya epílogo, se dijo y cerró la ventana de la habitación. Si hubiera podido elegir en aquel instante hubiese preferido oír La Vie en Rose, de Piaff, al piano y a la voz de Bola de Nieve; ese orondo negro con voz de eunuco sólo posible en Cuba, Yemayá le vele, y rescatado por Almodóvar para incluirlo en la banda sonora de una de sus películas.
Notaba su ausencia, pero a la vez notaba una ausencia geográfica. Añoraba lugares de algunas ciudades que había conocido y no entendía bien el porqué a sabiendas de que un lugar sólo tiene el valor que queramos darle en nuestros recuerdos. Parecía Robert Redford en Habana, esa especie de remake de Memorias de África, situado en otro continente y en otro país y con alguna variación en el hilo argumental, chico conoce a chica, chica deja a chico y al chico se le rompe el corazón. La fórmula con mayor o menor éxito sigue funcionando. Se veía como Redford sentada frente al puerto habanero consumiendo un café y un trago de añejo que le sabe a madera. También recordaba a Redford, en la playa de Miami, a la orilla del mar, esperando ver la otra orilla en los días despejados y que Lena Olin paseara por esa otra orilla y que levantara la vista buscándole. Y sus miradas se encontrarían a pesar del océano, separados por él.
Sufría la inmensa pena de su extravío y sentía el dolor profundo de su partida. Y la soledad, ese vacío que aumenta con el día y se alarga en la noche. Y el saber que no volverás, que no la llamarás por teléfono, que no te verá al atardecer como ayer y anteayer, como la semana pasada y como los meses anteriores. Y la seguridad de que verte con o sin compañía ha de dolerle al menos durante algún tiempo; el suficiente para ser consciente de la pérdida, pero también el necesario para recuperarse de ella. Volvía a sentirse como una imbécil, como la adolescente que ya no era desdichada y sin apetito porque no despertaba el interés de su primer amor. De nuevo lloraba. Sus ojos húmedos buscaban a Bebo en el cuadernillo incluido en el CD original. ¿Cómo tú lo hiciste viejito? Buscaba una respuesta que aquel libreto de papel no le iba a proporcionar, pero podía entretenerse leyendo la letra de Veinte Años, de María Teresa Vera, otro tema tradicional cubano con un buen puñado de versiones. A ella le gustaba la de este disco, pero también había escuchado una interpretación grandiosa de Omara Portuondo, esa última gran dama de la música cubana heredera de Celeste Mendoza, Rita Montaner y Merceditas Valdés. Por supuesto con permiso de La Lupe y de la mismísima Celia Cruz, la diva en el exilio. Le parecía una canción triste como tantas otras, cantada con la alegría característica de los cubanos, fruto de ese don natural para sobrellevar la tragedia, para reírse de si mismos y de lo que les rodea. Ya José Martí decía que de no ser cubano le hubiera gustado serlo.
A pesar de la desazón, la voz de El Cigala y el “toque” de Bebo la serenaban. Escuchar aquel disco aliviaba su pena. Continuaba dolida, incrédula y dubitativa. Desganada. Sin que tú lo merezcas. Estaba triste, porque ni en el improbable caso de una reconciliación lo vuestro volvería a ser igual.
Y lloraba sin que supieras que el llanto suyo tiene lágrimas negras. Aunque sean de rimel.

A la memoria de Bebo Valdés.

Relato publicado en Literatura de Kiosco 10.
"Andar sobre cristales rotos no es tan doloroso".
Ediciones RaRo. Mayo de 2004.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Chico y Rita

Con permiso de Pablo Milanés, amo esa isla, pero no soy del Caribe. De haber podido elegir, no hubiera dudado en optar por La Habana de los años 40-50 y disfrutar de alguna de aquellas descargas que los músicos improvisaban hasta el amanecer, aderezadas con tabaco y ron.
El sábado, mis peques, por influencia santera (de mi santa), me regalaron una joya de esas que de vez en cuando arroja el talento de tipos como Javier Mariscal, Fernando Trueba y Bebo Valdés: una edición especial de la banda sonora de su última obra, la película de animación Chico y Rita.
Un libro con dibujos de Javier Mariscal sobre diversos procesos de la película, un dvd con algunas interioridades de las grabaciones musicales y un cd con la banda sonora; un sincero homenaje a los fundamentos del legado musical cubano, que como colofón añade la interpretación del tema principal, Lily, por Estrella Morente.
Como es fácil imaginar, la habitación se inundó de vientos, cuerdas y percusión y cerrando los ojos me trasladé a aquella Habana de night-club y noches eternas y como en aquellas filmaciones clásicas, disfruté de una pieza interpretada por una Big band en blanco y negro.
Saboreo un Daiquirí frappé, enciendo un Montecristo nº 3 y contemplo a una trigueña de curvas inabarcables y piernas largas, larguísimas, mientras espero ese solo de metal que rasgará la noche y enmudecerá cualquier otra voz.
Aquellas noches habaneras del pasado son una ilusión del presente. Una evocación de la que quisiera no despertar. Bastaría con no abrir los ojos y seguir los acordes, pero no es más que un sueño que ese legado musical mantiene para que ocasionalmente me traslade a La Isla sin abandonar mi habitación. Como aquel otro viaje que la música realizaba de La Habana a Nueva York para retornar de la Gran Manzana al Malecón y despertar los pies en alguna sala de Europa.
Sueño en blanco y negro, incluso al contemplar los dibujos en color de Mariscal. Y aún así soy incapaz de olvidar la luz de La Habana, sus atardeceres y sus calles llenas de esa luz y de sueños rotos. Historias de otros Chicos y Ritas, fracasos huérfanos de banda sonora.

Imagen: Póster de la película (http://chicoandrita.com/wallpapers.html).

viernes, 10 de julio de 2009

La trompeta de Jerry


A veces la vida te tiene guardada una sonrisa. Y de la forma más inesperada te la ofrece. De modo que esa sonrisa por sorpresa te produce un gozo y una satisfacción desmesurada. Cercana a la euforia.
Algo parecido me ocurrió ayer. En la ciudad en la que habito, durante estos días hay programado un festival de jazz, con el nombre de Jazz entre Olivos, que ha traído por estas tierras del Sur a jazzistas como Chano Domínguez, Spyro Gyra, D’3 Pardo, Posé y Roper, Nono García&Tito Alcedo, Kike Perdomo, Orange Groove y el bluesman John Mayall.
En la edición de este año, la undécima, los organizadores han tenido la maravillosa ocurrencia de celebrar las actuaciones en lugares emblemáticos de la ciudad, de modo que han fusionado el jazz con calles, plazas, patios, jardines, parques… Por motivos diversos no había acudido a las primeras actuaciones y la de ayer, de un bailaor flamenco, Juan de Juan, no me llamaba la atención.
En esas estaba cuando un amigo nos comentó a otro amigo y a mí que con el bailaor actuaba Jerry González. No dábamos crédito, porque nadie había informado sobre la participación del trompetista portorriqueño venido, vía Trueba y Chano Domínguez, desde el Bronx a Madrid. Y vaya que venía. Lo confirmamos y descubrimos que además llegaba bien acompañado del percusionista Israel Suárez “Piraña”, de Antonio Serrano y su armónica y del bajista Alain Pérez, habitual de las actuaciones de Paco de Lucía. Casi ná.
¡Qué decir! Cuando Jerry se pone la trompeta en los labios, ésta se despierta y su voz de metal sube y te lleva con ella a lo más alto en esa subida. Jerry, con su sombrero blanco y sus inseparables vidrios en los ojos, incluso se arrancó con la caja a la percusión, acompañando al “Piraña”. Sublime. Las notas enroscándose en la torre de la Catedral y yo, sin vidrios en los ojos pero con los ojos como platos y una sonrisa regalada.
Decía Trueba que Jerry es el último pirata del Caribe; por eso no de es de extrañar que tras abandonar la Fort Apache Band y el Bronx e instalarse en el Foro se uniera a los Piratas del Flamenco. Y ya ven sin abandonar a su también inseparable Thelonius, sigue bebiendo del bebop y de los ritmos afros, a los que ha sumado ahora el flamenco. Sólo o en compañía del “Piraña”, de “Cigala”, de Bebo, de Calamaro y de la mano de Trueba y Limón. ¡Manteca!
Y como tengo dos piratas en casa y algo de gato, para allá regresé, deambulando por el callejón, sintiendo aún la voz y el soplo de Trump y Jerry, y exhibiendo una sonrisa que, sin saberlo, la vida me tenía guardada.

Foto del fotógrafo Francis J. Cano.

sábado, 27 de junio de 2009

Vuelvo a Baeza


He vuelto a Baeza. La del Renacimiento entre olivos. La de Machado. La de los ochíos con pimentón. La de los virolos de hojaldre espolvoreados con blanca azúcar. La de la UNIA.
En tiempos en que un amigo virtual deambula entre la realidad y el delirio. En ocasiones tan cercanos. Yo abandono definitiva pero temporalmente la fila de los desheredados y paso a formar parte de la de los privilegiados.
Entre piedras. Hermosas piedras que dan forma a no menos hermosos edificios. Vuelvo, 4 años más tarde, a la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), a su sede de Baeza. Mi amiga Carmen, que siempre tiene un pensamiento para mí en mis malos momentos; no sólo se acuerda de mí, sino que dando muestras de su generosidad me regala además su amistad.
Del blanco al negro. Sin estaciones y sin matices. Me convierto en un privilegiado. No sólo por abandonar la fila de los desheredados, también por la amistad, si no por volver al Palacio de Jabalquinto. Uno de esos hermosos edificios construidos con hermosas piedras. Un lugar donde en un pasado no muy lejano hallé la paz. Donde mis demonios duermen, quizás abrumados por el peso de la historia y por la contundencia de los muros de piedra. Donde conviven los alumnos y docentes de los cursos de verano con las hornadas de turistas que visitan el edificio y se fotografían en él. Y donde esporádicamente he disfrutado del silencio; en un rincón del patio arcado con la fuente en el centro, entre la divisoria del sol y la sombra, contemplando los rayos del sol sobre el agua de la fuente y siguiendo con la mirada el vuelo de los gorriones hasta el pretil de la fuente, donde muere su vuelo y toman el agua en su pico para remontar de nuevo el vuelo.
Vuelvo a Baeza. Y eso es para mí un motivo de celebración. Ahora, escribiendo estas líneas, saboreó por partida doble: un güisquito y “El Arte del Sabor”, el primero es un Chivas, el segundo, una pequeña joya de Bebo Valdés, el pequeño gran Cachao y el inmenso Patato; y de cucharada Paquito D’Rivera. Y mientras celebro, recuerdo. Retrocedo en el tiempo 4 años.
Mi habitación daba a la fachada de la catedral. Durante unos días ondeó sobre su torre una bandera blanca. Pensé que se habían rendido. Juro que lo pensé. Y también, que debíamos ir a tomar posesión del templo. Pensé en una rendición sin condiciones. La aceptación de la derrota tras siglos de luchas. Pero me equivoqué. Debió ser un delirio. Esa bandera blanca formaba parte de una tradición que no recuerdo y coincidía con la visita del nuevo obispo de la provincia a la seo baezana. La realidad.
Entre los delirios, los deseos y la realidad, nuestra vida continúa. Con lo bueno y lo malo, con lo mejor y lo peor. Así vamos. Así nos va. Así me va.