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martes, 10 de abril de 2012

Atardeceres habaneros

Tuve una amiga que vivió una temporada en África, creo que era en Kenia, y afirmaba que no había atardeceres y amaneceres como los de allá, con la sabana al fondo.
Nunca discutiría a alguien un amanecer. Depende de los sueños con los que logras despertar, de quién amanezca junto a tí y de si esperas algo del día o te basta el momento. Pero un atardecer..., yo diría que no hay un atardecer como el de La Habana, con El Malecón a ras del suelo y el sol pintando agua y cielo de tonos anaranjados invitando a la noche para oscurecerlos a ambos.
El Sábado de Gloria (hay muchas formas y ocasiones de alcanzar la gloria) me ha devuelto esos atardeceres habaneros, con el Riviera recortando el cielo en una esquina del Malecón. Un almuerzo en casa de unos amigos se prolongó con una sobremesa de cine y un viaje desde el sofá a La Habana y Nueva York, por cortesía y talento de Fernando Trueba, Javier Mariscal y Bebo Valdés y su impagable Chico&Rita.
Para algunos no será más que una historia de amor entre dos personajes de dibujos animados (eso sí, cargada de sensualidad y emotividad). Pero es mucho más, una historia de amor a la música, a La Habana y Nueva York (azúcar y manteca, brother), a una época e incluso a una forma de hacer cine, que aúna maestría y honestidad.
Tal vez tanto amor exija demasiado corazón. O quizás el peso de los recuerdos exceda la carga que podamos soportar y convierta en real un atardecer que abandonó el papel para hallar refugio en la pantalla. Y aún así, seguiría convencido de que no hay un atardecer como el habanero y de que ese atardecer en La Habana, con el mar rompiendo en El Malecón y el sol pintando cielo y agua de tonos anaranjados, es una invitación a amanecer.

Imagen: Póster de la película (http://chicoandrita.com/wallpapers.html).

miércoles, 23 de marzo de 2011

Chico y Rita

Con permiso de Pablo Milanés, amo esa isla, pero no soy del Caribe. De haber podido elegir, no hubiera dudado en optar por La Habana de los años 40-50 y disfrutar de alguna de aquellas descargas que los músicos improvisaban hasta el amanecer, aderezadas con tabaco y ron.
El sábado, mis peques, por influencia santera (de mi santa), me regalaron una joya de esas que de vez en cuando arroja el talento de tipos como Javier Mariscal, Fernando Trueba y Bebo Valdés: una edición especial de la banda sonora de su última obra, la película de animación Chico y Rita.
Un libro con dibujos de Javier Mariscal sobre diversos procesos de la película, un dvd con algunas interioridades de las grabaciones musicales y un cd con la banda sonora; un sincero homenaje a los fundamentos del legado musical cubano, que como colofón añade la interpretación del tema principal, Lily, por Estrella Morente.
Como es fácil imaginar, la habitación se inundó de vientos, cuerdas y percusión y cerrando los ojos me trasladé a aquella Habana de night-club y noches eternas y como en aquellas filmaciones clásicas, disfruté de una pieza interpretada por una Big band en blanco y negro.
Saboreo un Daiquirí frappé, enciendo un Montecristo nº 3 y contemplo a una trigueña de curvas inabarcables y piernas largas, larguísimas, mientras espero ese solo de metal que rasgará la noche y enmudecerá cualquier otra voz.
Aquellas noches habaneras del pasado son una ilusión del presente. Una evocación de la que quisiera no despertar. Bastaría con no abrir los ojos y seguir los acordes, pero no es más que un sueño que ese legado musical mantiene para que ocasionalmente me traslade a La Isla sin abandonar mi habitación. Como aquel otro viaje que la música realizaba de La Habana a Nueva York para retornar de la Gran Manzana al Malecón y despertar los pies en alguna sala de Europa.
Sueño en blanco y negro, incluso al contemplar los dibujos en color de Mariscal. Y aún así soy incapaz de olvidar la luz de La Habana, sus atardeceres y sus calles llenas de esa luz y de sueños rotos. Historias de otros Chicos y Ritas, fracasos huérfanos de banda sonora.

Imagen: Póster de la película (http://chicoandrita.com/wallpapers.html).

domingo, 6 de septiembre de 2009

Barbudos y barbados

Los barbudos se instalaron en Sierra Maestra y allí soñaron la posibilidad de otro mundo y dieron esperanza a la Isla y a otros muchos países. Fidel bajó hasta el balcón de Santiago y desde allí a La Habana. La esperanza recorrió la Isla y el sueño se instaló en muchos corazones a ambos lados del Atlántico. Después el sueño se hizo pesadilla. Y ya sólo queda la barba del viejo comandante.
Los barbados, padre e hijo, representan una institución anquilosada, anacrónica y perpetuada en el poder por los privilegios propios y por los otorgados para ganar adeptos, defensores o cómplices. Ahora vuelven con un cambio de imagen de sus vacaciones estivales, bien pagadas por sus súbditos al igual que demasiados extras de la caprichosa mudanza de la hija y hermana a la Gran Manzana. Y ambos muestran en el colorín las mejillas peludas al más puro estilo Carpanta. Quizás sea un guiño al pueblo, principal damnificado de la crisis que a ellos intocables no toca. Nada que una buena maquinilla no solucione. Que se lo digan a Gila y a su filomatic; ya saben aquella que daba gustirrinín. O a Paco Rabal y a su gillette de doble hoja; la del apurado perfecto. Intuyo que Robespierre, el del afeitado total, se adelantó a su época o por lo menos a la de la publicidad.
Entre sueños y coronas queda poco espacio para respirar. Aunque hubo un tiempo en que el sueño sin corona era una bocanada de aire fresco.