viernes, 4 de marzo de 2011

Los días del Kwai

En un día de lluvia como hoy, pienso en lo que ha llovido desde entonces. Y sí, hace muchas lluvias de aquellas tardes y noches en el Kwai. Y también supongo que desde hace algunas menos Constante sólo habita en nuestra memoria y pervive en la canción de Siniestro Total.
La primera vez que entré en el Kwai me llevó mi primo y creo que si he de ser sincero yo todavía no había alcanzado la mayoría de edad. Pedimos dos cacharritos de ron con un refresco de cola o limón, auténtico licor de gato, que probé por primera y última vez. Para los que no hayan pisado nunca el Kwai, lo hayan olvidado o ni siquiera hayan oído hablar de él, recordaré que los calmantes se pedían de dos en dos y se acompañaban de un solo refresco, del que tras mezclar con el alcohol de los dos vasos siempre sobraba algo, dada la generosa dosis de ese alcohol escanciada por Constante.
Después de aquella primera vez, volví en numerosas ocasiones en los años posteriores; desertor de aquel licor de gato, fuera ron, ginebra o vodka, y abonado a sus Pechugas de Villeroy; la misma fórmula par, pero en lugar del brebaje del gato, un clásico segoviano ajeno al garrafón, un Dragados y Construcciones ((DYC), con refresco de limón.
En invierno, los viernes y los sábados, estaba siempre lleno. Igual que en vacaciones de Semana Santa y en verano. Pero entre semana te podías tomar un par de pechugas sin agobios y sin necesidad de apretujarte junto a aquellos pequeños apliques de la pared con globos de luz cociéndote la sesera, que ya con las pechugas alcanzaba su punto de ebullición.
Constante era del Norte, un asturiano que no había perdido el acento a pesar del tiempo que llevaba en el Foro. Un tipo grandón, que ya por aquella época había superado con creces la cincuentena. En ocasiones brutote, pero noble, que conectaba bien con nosotros, llevásemos la pinta que llevásemos. Cuando el Kwai estaba lleno era raro pegar la hebra, apenas un saludo y un intercambio rápido de comentarios intrascendentes. Pero aquellos días laborables de invierno era otra historia. A última hora de la noche, sobre las once o poco más, apenas había parroquianos y entonces si había tiempo para darle a la sinhueso y escuchar las historias que contaba Constante, desde que llegó a Madrid hasta aquellos años 80.
Una de esas noches estábamos mi amigo, casi mi hermano, David, y yo, un par de tipos de su quinta y Constante. Uno de ellos le tiró de la lengua para que contara una historia que le hacía gracia, de la que eran los dos protagonistas, y que a mí se me quedó grabada. Se remontaba en el tiempo a la época en que Constante llegó al Kwai, en la calle Fernando VI. Por aquella época muchos bares, incluido el Kwai, no tenían neveras y para enfriar las bebidas utilizaba hielo, procedente de barras, que ellos picaban y colocaban en barreños o similares con las botellas. Tras cerrar, se fueron a tomar la penúltima a un establecimiento cercano, con la mala suerte de que se les había acabado el hielo y no tenían las bebidas frías. Medio broma, medio en serio, Constante les dijo que si les invitaban a las copas, él traía el hielo. Los del bar aceptaron y Constante se fue hasta la calle Fuencarral (la que muere o nace, según en la dirección en la que vayas, en la esquina de Gran Vía donde está el edificio de Telefónica) y regresó al bar con una barra de hielo cargada a la espalda, causando estupor a los del bar y un gran carcajada a su amigo. Yo me imaginaba a Constante con bastantes años menos, atravesando varias calles del centro de Madrid con la barra de hielo al hombro. Le oí contar unas cuantas veces más aquella historia, en alguna ocasión a petición mía.
Ya no volveremos al Kwai, con aquella barra y aquella pared atestada de objetos imposibles. Queda atrás en el tiempo, pero como olvidar a Constante, la postal de la playa de Tenerife y aquel par de pechugas tan bien puestas.

5 comentarios:

  1. Jo... me he emocionado recordando a Constante. DEP. Que tiempos.... :)

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  2. Inolvidables tardes noches de invierno en el Kwai justo detrás de la máquina de café.Pechuguitas de Villeroy y cacharritos del ala,cucharilla larga para mezclar las tres cuartas partes de alcohol con la del refresco y detrás de la barra naranja justo en el centro del bar,arremangado hasta los codos y con las manos metidas en un gran cesto lleno de cubitos de hielo, Constante mandando a tomar por culo al ingenuo que entraba por primera vez y pedía una cerveza.Gracias por esos ratos Constan!.

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    1. Constante sigue vivo en la memoria ................... Al igual que muchos que por allí pasaron.

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  3. Constante sigue vivo en la memoria ............................ Al igual que muchos que por allí pasaron.

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