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lunes, 10 de enero de 2011

Principio y fin

Echaba de menos mis piedras. Y también mi capricho gatuno en forma de paseo matutino entre ellas. Es difícil explicarlo, y es probable que tampoco sea fácil comprender que se pueda hallar tanto sosiego simplemente con contemplarlas; alzando la vista en busca de la torre de la antigua Universidad y de la siempre vigilante aguja de la Catedral y recorriendo con la mirada sus muros.
Hoy he retornado, tras algo más de dos semanas de ausencia, cerrando el círculo del año finalizado y del que comienza. Y a pesar de los bancos de niebla que escondían el camino, el cielo de Baeza aparecía inusualmente despejado a modo de bienvenida. Ofreciendo la ciudad de intramuros en su plenitud. La senda del poeta.
El relente de la temprana mañana refrescaba mi rostro y hacía desaparecer cualquier rastro de somnolencia; aunque los mesurados pasos pareciesen un síntoma de sopor, contrarrestado por la viveza de mi mirada confirmando el reencuentro.
En un momento, apenas un instante, sólo somos esas piedras y yo. Como si el tiempo existiera y más aún, como si pudiera detenerse.

jueves, 4 de febrero de 2010

Sosiego

Hay veces en que cunde el desánimo, con la precisión de un cuchillo de hoja de doble filo hundiéndose en la carne; como el bisturí guiado por el cirujano con mano firme hasta cortar esa misma carne.
Es entonces cuando los demonios parecen multiplicarse y golpean sin descanso. Golpes que se encajan a sabiendas de que nunca se logrará ganar esa pelea y sólo puede aspirarse a apretar los dientes y mantenerse en pie.
La crisis económica pasa a un segundo plano y los agoreros del negro porvenir sustentados por el capital no hacen mella con sus predicciones, pero perseveran en la siembra de la semilla de la duda y en descubrir el velo de la desesperanza.
En esos momentos otra crisis se dibuja en la piel del rostro y sólo se halla sosiego en la palabra, nítida y transparente.

viernes, 17 de julio de 2009

De lo efímero


Dónde estabas en los malos tiempos. Cuando la vida se rompe y apenas se puede sobrevivir. Cuando decrece la esperanza y no se alcanza a ver el final del camino. Cuando se intuye que sólo nos espera el abismo.
El jaramago ya está seco, frente a la promesa de otros brotes. Y sin embargo, en el jardín, junto al busto de Machado, florecen las rosas. Y el tiempo, si existió alguna vez, aquí se para. Poco o nada importan los aires de fuera, las buenas o las malas nuevas. En este jardín, con el silencio apenas interrumpido por fugaces pasos y ecos de alguna pasajera y ligera conversación, habita el sosiego.
Sosiego y tranquilidad conviven con la soledad. Una soledad, aquí a solas en el jardín, que no dista de mucho de otras soledades, en otros lugares, entre otras personas. Y en ese espacio en el que el tiempo no importa o parece no importar sólo se puede o se debe permanecer un momento, un instante; el suficiente para que la financiación autonómica, la corrupción del PP y sus casos Camps, Bárcenas… y la tragedia de Dalila y Rayan se conviertan en un llanto lejano, que convive con las serpientes de verano en el papel y en las ondas y que probablemente se ha convertido en una de esas serpientes; reptando día a día entre nosotros, entre la miseria individual y colectiva, sin que nadie sea capaz de darle caza. Noticias de papel y aire, con el cuerpo partido en dos como sirenas, sin que seamos capaces de vislumbrar donde dibuja el mar la línea divisoria entre lo humano y lo animal, entre lo que parece y lo que es.
En este jardín, durante un breve momento, puedes renunciar a esa realidad, a esa cotidianeidad, aún a sabiendas de que esa renuncia es ficticia. Merece la pena, aunque en ese instante uno se de cuenta de que se ha quedado solo.
Miro el busto del poeta y recuerdo sus versos:

“En mi soledad/ he visto cosas muy claras,/ que no son verdad”.

Proverbios y cantares (A José Ortega y Gasset). Antonio Machado