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martes, 14 de febrero de 2012

San Valentín

Hoy es el día en que pasan esa lista en la que sólo figura tu nombre y sin adquirirlas tienes todas las papeletas para que te pongan falta. El mismo en que las flores sustituyen a las palabras para aquellos que consciente o inconscientemente ya no tienen qué decir y se esconden tras un ramo para no pronunciar el pronombre y el verbo que al otro lado desean oír. Palabras que se confunden con los pétalos de esas flores y que la costumbre vacía de contenido ante la evidencia de los hechos.
Nadie pasa lista a los corazones solitarios, que sienten la quemazón de la soledad y se lamen las viejas heridas. Y aún así, porque nadie escapa a la machacona propaganda, siempre se abren espacios a la duda o simplemente se alimenta el deseo hacia lo que se carece o la nostalgia de lo que nunca se tuvo.
Triunfa el márketing frente a los sentimientos y si desprecias la hoja del calendario y si no marcaste con rojo carmín ese 14 fatal del mes de los locos te convertirás en el ser estigmatizado, marcado con una equis de negro indeleble que desde el otro lado se encargarán de exhibir.
Pero es peor la mirada que constata la ausencia al pasar lista. Y de pronto parece que pasaran lista también en las floristerías de la ciudad, en las bombonerías y en los grandes almacenes. Y la falta de movimientos del dinero de plástico y el reposo del de papel en la cartera se convierten en dedos acusadores y buscan unos labios que griten al viento que no tienes corazón.
Algunos afirmarán que el descreimiento ronda los límites de la osadía y empuja al cinismo, pero qué listos los que mienten un día para esconder la verdad de los 364 restantes.

lunes, 22 de junio de 2009

La quimera del fútbol

El fútbol y la política producen ceguera. En algunos casos la ceguera es sólo temporal, pero en otros, en demasiados, es permanente. Y lo preocupante es que no parece tener cura.
En la ciudad en la que habito ayer tocaba fútbol. El equipo local tenía la posibilidad de ascender a segunda división si ganaba el partido. Había empatado en el partido previo en cancha ajena y ayer con ganar por un gol de diferencia ascendía. No pudo ser. Tocó cruz.
En términos económicos, el ascenso del equipo hubiera supuesto para la ciudad un pellizco, según leí en la prensa local unos 600.000 euros. En el terreno de los sentimientos es difícil evaluarlo, aunque sin duda la euforia y la emotividad se habrían disparado.
Ayer poco o nada importaban la crisis económica, la falta de empleo en una ciudad y una provincia que ha dependido del monocultivo del olivar y de la construcción, sectores hoy en retroceso, el caos circulatorio o las altas temperaturas. Ayer era día de hipnosis colectiva. El campo a reventar, el corazón desbocado y los sueños reducidos a sólo un ensueño.
Cuando fui a comprar el periódico por la mañana en las calles ya se veía a grupos con banderas y camisetas del equipo local, a pesar de que el partido no comenzaba hasta las nueve de la noche.
Esta mañana, a la crisis, al desempleo y a las altas temperaturas se sumaba la frustración; la decepción. He ido a comprar el periódico y no se hablaba de otra cosa. He ido a tomar un café y no se hablaba de otra cosa. Y me temo que en cualquier punto de la ciudad al que vaya esta mañana voy a oír los mismos comentarios y voy a ver las mismas caras de chasco. Ante este panorama, como tantos otros me pregunto qué tiene el fútbol para provocar esta pasión, para subir al cielo o bajar al infierno en 90 minutos. Y sobre todo, ¿por qué la gente no se implica, no se compromete con otras cuestiones de mayor relevancia y que le afecta en aspecto fundamentales de su vida?