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lunes, 22 de junio de 2009

La quimera del fútbol

El fútbol y la política producen ceguera. En algunos casos la ceguera es sólo temporal, pero en otros, en demasiados, es permanente. Y lo preocupante es que no parece tener cura.
En la ciudad en la que habito ayer tocaba fútbol. El equipo local tenía la posibilidad de ascender a segunda división si ganaba el partido. Había empatado en el partido previo en cancha ajena y ayer con ganar por un gol de diferencia ascendía. No pudo ser. Tocó cruz.
En términos económicos, el ascenso del equipo hubiera supuesto para la ciudad un pellizco, según leí en la prensa local unos 600.000 euros. En el terreno de los sentimientos es difícil evaluarlo, aunque sin duda la euforia y la emotividad se habrían disparado.
Ayer poco o nada importaban la crisis económica, la falta de empleo en una ciudad y una provincia que ha dependido del monocultivo del olivar y de la construcción, sectores hoy en retroceso, el caos circulatorio o las altas temperaturas. Ayer era día de hipnosis colectiva. El campo a reventar, el corazón desbocado y los sueños reducidos a sólo un ensueño.
Cuando fui a comprar el periódico por la mañana en las calles ya se veía a grupos con banderas y camisetas del equipo local, a pesar de que el partido no comenzaba hasta las nueve de la noche.
Esta mañana, a la crisis, al desempleo y a las altas temperaturas se sumaba la frustración; la decepción. He ido a comprar el periódico y no se hablaba de otra cosa. He ido a tomar un café y no se hablaba de otra cosa. Y me temo que en cualquier punto de la ciudad al que vaya esta mañana voy a oír los mismos comentarios y voy a ver las mismas caras de chasco. Ante este panorama, como tantos otros me pregunto qué tiene el fútbol para provocar esta pasión, para subir al cielo o bajar al infierno en 90 minutos. Y sobre todo, ¿por qué la gente no se implica, no se compromete con otras cuestiones de mayor relevancia y que le afecta en aspecto fundamentales de su vida?

jueves, 12 de febrero de 2009

El perdón del banquero

Ayer fue mi cumpleaños. Cuatrero por partida doble, pero sin excesos. La falta de laboro impele a un ajuste radical; una tartita y unas velas para que mis hijos soplasen más que yo, y para de contar. Aún así, a primera hora de la mañana recibí un regalo inesperado, 4 ex banqueros británicos pedían perdón por llevar a la city londinense al desastre. La disculpa no soluciona las consecuencias de su nefasta gestión, pero al menos reconforta y constituye un paso fundamental para tratarse lo suyo, porque ya se sabe que para recibir ayuda, primero hay que reconocer que se tiene un problema.
No soy un ingenuo. O tal vez sí. Por un momento trasladé este acto público de constricción al suelo patrio e imaginé a nuestros banqueros expuestos en la plaza mayor entonando el mea culpa. Imposible. Aquí estamos sobrados de soberbia y faltos de moral. ¿Cómo calificar sino la concesión de un préstamo de ¡70 millones! a un club de fútbol para fichar a un jugador?
Cuentan en las ondas que el banco de Botín afloja la mosca para hacer realidad el sueño blanco, traer al luso. Una amoralidad. El banquero se retrata y también, el club de fútbol. En tiempos confusos, alimentemos el panem et circus. No hay dinero para las empresas, no hay dinero para los ciudadanos, pero no problem para un club de balompié. Si se complican las cosas, porque los clubs de fútbol no puedan o no quieran pagar la seguridad social o cumplir con el erario público, organizamos otro evento deportivo como el mundial de nefasto recuerdo y una amnistía. Ya quisieran para sí tanta generosidad los países hispanoamericanos con su deuda externa. Así se condona la deuda y se ajusta la cuenta de resultados.
¿Y el chico en cuestión? Muy bueno con el balón en los pies, pero rápido de lengua y lento de cabeza. Antes de esta sobredosis de amoralidad del banco y de su ¿futuro? club, él en sintonía se soltaba hace unas semanas ante los medios de comunicación anunciando que valía ¡100 millones! A mí desde siempre me han dicho, ¡nene, tú vales mucho!; pero se ve que me ha faltado un agente, un descubridor y básicamente, un mecenas. Me da que se me ha pasado el arroz. De modo que a día de hoy no dan por mí ni un euro. C’est la vie, unos tanto y otros…
El número de parados se dispara, las empresas cierran, la crisis no toca fondo. ¡Ay! si la amoralidad cotizase en bolsa. ¡Ay! si en vez de un iluso fuera el luso.