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lunes, 8 de noviembre de 2010

Promesas

Decía Tierno Galván que los programas electorales son para incumplirlos. Una afirmación que también podría aplicarse a las promesas. Aunque no parezca recomendable.
Hay quien tiende a prometer, incluso lo imposible, a sabiendas de que incumplirá su promesa; pero también, hay quien promete y no cumple por las circunstancias, de cualquier índole.
Por ello, trato de prometer poco, y cuando lo hago, cumplir. Aún siendo conocedor de que en mis 7 vidas también hay promesas incumplidas, alguna pagada a precios fuera de mercado y otras, dormidas u olvidadas.
Ayer cumplí una de aquellas que ni dormía, ni había olvidado, ni demandaba peaje alguno, y sólo las circunstancias me habían impedido satisfacer. Ayer pisé las calles de Madrid nuevamente. Sin premeditación. Ignoro si por el capricho del destino empujando nuestros pasos o por algún sortilegio o acto de brujería ajeno a la comprensión y el conocimiento de un felino. Lo cierto es que regresé al Callejón del Gato y al fin, los espejos cóncavos y convexos de Don Ramón María atraparon nuestras muecas.
La risa me sigue pareciendo un bien impagable. Y cuando quien la esboza es capaz de hacerlo, tanto en plaza imperial como en el más bravo de los callejones, y a pesar de venirle mal dadas y acompañadas de su correspondiente dosis de sufrimiento, me parece que no todo está perdido.
Reír a contracorriente es una forma de evitar que las nubes cubran la mirada. Contagia. Y deja que la esperanza inunde los resquicios invisibles que creemos tapados por la desazón. No hay espejo, cóncavo o convexo, capaz de resistirse a ese reflejo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El callejón del Gato

El callejón del Gato es el callejón de los espejos cóncavos y convexos. Aquel que Valle-Inclán dejó atrapado en las páginas de “Luces de bohemia”. Ese mismo callejón que desprovisto aparentemente de belleza literaria pervive en el corazón de la ciudad.
Había dejado atrás la Plaza Mayor y avanzaba sin rumbo fijo. Y entonces recordé una promesa incumplida, no por falta de compromiso sino por ausencia de oportunidad.
En realidad ahora tampoco podía cumplirla, porque la persona con la que me comprometí a llevarla al callejón del Gato estaba a kilómetros de distancia. Pero recordé que no me encontraba lejos del lugar y encaminé mis pasos hacia él.
Atravesé la calle de la Bolsa y desemboqué en la plaza de Jacinto Benavente, esa misma plaza donde como parte del mobiliario perviven lumis desahuciadas, a las que no faltan ni clientes, ni moscones. La misma plaza de la que un antiguo concejal del Ayuntamiento madrileño, un tal Matanzo, presumía por regar sus bancos con zotal; el mismo sujeto al que la policía local debía dar el parte en una conocida discoteca de la plaza Vázquez de Mella, corazón del hoy barrio gay de Chueca.
Dejé atrás esa postal sórdida que son los aledaños de la plaza de Benavente con Carretas y Cruz, para dejarme caer por Espoz y Mina hasta uno de los extremos del callejón. Veo que el bar de Las Bravas ha abierto sucursal en la esquina con una amplia terraza, casi llena cuando el reloj se acerca a las dos de la tarde. No paro. Me adentro en el callejón hasta alcanzar el antiguo local de Las Bravas, que comparte con el nuevo un espantoso cartel en colores naranjas.
Ya sólo tengo ojos para los dos espejos que flanquean la puerta de entrada del bar. No me detengo, pero aminoro la marcha para buscar el reflejo de mi imagen en el primero de ellos. Y a continuación, sin detenerme, paso con lentitud frente al segundo espejo para verme también reflejado en él. Apenas esbozo una mueca, pero sonrío pensando que si esa persona estuviera ahora aquí, abriría un abanico de muecas frente a los espejos y su risa llegaría hasta los rincones más recónditos del centro de Madrid.
Avanzo unos pasos hasta la otra boca del callejón, que queda a mi espalda, aparentemente huérfano de belleza literaria.
Mi promesa permanece incumplida, pero quiero pensar que cuando deambulaba por el callejón del Gato me acompañaba una bruja, porque no hay gato que se precie que no haya compartido alguna de sus 7 vidas con una dama de verruga y escoba.
En esta ocasión no pudo ser y sólo puedo ofrecer un paseo por mi propio callejón y un compromiso de mantener abierta su ventana, para que incluso la música que se escapa de otras ventanas vecinas encuentre cobijo en él y lo transforme en una pista donde bruja y gato bailen una danza, que para muchos no sería más que un aquelarre y para otros un esperpento reflejado en espejos cóncavos y convexos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Salir del Callejón del Gato


Lo encontré en una reseña literaria del Babelia del Sábado (El País, 5 de septiembre de 2009). Como es evidente me llamó la atención su título “Salir del Callejón del Gato”. Y pensé, quizás de forma ilusoria, que no llevó tanto tiempo con este blog para haberme creado enemigos; y en cualquier caso, salir es tan fácil como no entrar. Mi callejón tiene los muros de cristal, paredes transparentes que me permiten ver y ser visto; y de ser cierto eso de que los gatos cuentan con 7 vidas, desconozco cuántas me quedan; pero por si acaso, procuro no perder siquiera una. Así que no entendía ese empujón, esa salida que bien podría ser una huida hacia delante.
Ya saben que la curiosidad mató al gato y si además es de oficio curioso no hay escapatoria. Me lancé, literalmente, sobre la página abierta para leer aquella reseña; más que nada por averiguar a que se debía aquel título, preocupante, lo reconozco, para mí. Y aunque tras su lectura sigo sin saber a qué se debe ese título, me parece de ley reflejar aquí la reseña. El libro en cuestión es un ensayo, al parecer muy ambicioso y documentado, sobre la gobernanza mundial; obra del diplomático Manuel Montobbio, que ignoro quién es, y editado por Icaria, Barcelona, 2008. Parte de la constatación de un cambio en el mundo tras la caída del Muro de Berlín y tras el 11 de septiembre y el ataque a las Torres Gemelas y por tanto, aborda la necesidad de una nueva forma de gobierno mundial, la gobernanza.
Puede ser un caso aislado, pero en tiempos de adopción de medidas preventivas, quizás debo sucumbir a la invitación de una amiga y comenzar a marcar el territorio. Al menos el de mi callejón, porque si no niego la entrada cómo invitar a una pronta salida.