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sábado, 22 de enero de 2011

Susto o muerte

No me gustan los titulares huecos. Vacíos. Enlatados. Preparados a conciencia sin seso. Siempre he sido partidario de expresar mensajes, de transmitir ideas, y de dejar que los periodistas hagan su trabajo, tanto en los titulares como en el cuerpo de la noticia.
Desde ayer en Sevilla cocinan y despachan titulares como si fueran fast food; por lo que resultaba inevitable que a corto plazo los paladares exigentes sufrieran una decepción.
Uno de esos tipos que lleva la boina calada hasta la oreja ha fabricado, para la convención y desde la convicción, uno de esos titulares huecos, que retrata al que lo larga y de paso, muestra las facciones ocultas tras la máscara de aquellos que presumen de “centrados” y acogen en sus filas a personajes escorados peligrosamente a posturas extremas.
En ese extremismo, tan del gusto de la caverna, se ha colgado al adversario, que en realidad es cualquiera que no comparta credo, el cartel de abrazar la “cultura de la muerte” Sin importar que el cartelista sea heredero y estandarte del legado de quienes en España defendían la muerte de las ideas y por supuesto, la represión de aquellos que albergaban esas ideas.
En la Cuba revolucionaria, en tiempos de esperanza no sólo para los cubanos, si no también para el resto de Latinoamérica, como expresara con magisterio el propio Mario Vargas Llosa, los revolucionarios, opositores al régimen del dictador Batista, coreaban entre sus consignas aquella de ¡Socialismo o muerte!; una dicotomía vital que reflejaba sin equívocos a quienes apostaban por la vida y a quienes militaban en el bando de la muerte.
Entre susto o muerte, no hay yerro en la elección.

martes, 9 de febrero de 2010

Lo que no nos merecemos

En el año 92 en la Terminal de salidas del aeropuerto de Barajas (Madrid) perdí una de mis 7 vidas porque “era lo mejor”. También porque “era lo mejor” abandoné mi ciudad y aterricé en la que habito.
Sólo han pasado 18 años, pero desde entonces desconfío de “lo mejor” y de “me lo merezco” (en singular o en plural). Así que cada vez que oigo eso tan recurrente de “tenemos lo que merecemos”, no puedo evitar mirar con incredulidad y algo de fastidio al que asevera ese merecimiento.
El último “merecedor” de su suerte es el juez Baltasar Garzón. El magistrado jiennense nunca ha sido del agrado de los demócratas, lo que hace obvio el desagrado que genera entre los no demócratas. Un rechazo que se ha convertido en una cacería y que ha llevado a siniestros personajes de mente sucias, corazón negro y presuntas manos limpias a llevarlo a los tribunales, desde distintos frentes, pero con un objetivo común: cobrar su cabeza.
Estos cazadores han encontrado un excelente compañero de montería en el juez Luciano Varela del Tribunal Supremo, cuyo auto “más parece una sentencia condenatoria que una resolución en fase instructora” y cuyas “consecuencias inmediatas serían la suspensión cautelar de Garzón y a su extrañamiento de la Audiencia Nacional” (“La aberración”, editorial del 8 de febrero de 2010 en “El País”).
¿El delito de Garzón? Incumplir la ley de pedir cuentas a los intocables. Dotar de cara, ojos y verbo a las peticiones de justicia de los ausentes, a los habitantes de fosas, pozos y cunetas. Y además, osar poner sobre la mesa los nombres de algunos de los responsables de la represión y los asesinatos. Demasiado para los herederos de aquellos que durante 40 renunciaron a la justicia para profundizar en la injusticia y en la arbitrariedad. Esos mismos herederos, domiciliados en la casa común de la serpiente, que ahora agitan el revanchismo y se rasgan las vestiduras por un “guerracivilismo” postmoderno, cuando ellos y sus progenitores se beneficiaron de la verdadera Guerra Civil y propiciaron la revancha durante 4 décadas.
El juez Garzón no se merece esto, entre otras cosas porque aunque nuestro ordenamiento jurídico haya desterrado la Justicia Universal, conceptualmente es irrenunciable y nadie la ha encarnado como él.
Tampoco para nosotros es lo mejor, ni nos merecemos un país en el que algunos jueces ataquen la libertad de expresión con condenas-mordaza como la aplicada al director de la SER, Daniel Anido, y a su redactor jefe de Informativos, Rodolfo Irago, o ataquen la propia justicia con instrucciones como la realizada contra el juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón. Siempre cabe el recurso, pero el daño ya está hecho y evidencia que la serpiente sigue anidando entre nosotros.
18 años más tarde puedo decir sin desconfianza que “lo mejor” que tengo son mis hijos y que “no merecen” heredar un país donde pilares básicos como la libertad de expresión y la Justicia están en peligro, porque se ampara a sus detractores y se persigue a aquellos que mejor representan los cimientos de un estado democrático.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La dignidad de Gelman

Andaba yo leyendo a Gelman, ignorando que a su vez el poeta argentino andaba por nuestro país para presentar un nuevo libro (“De atrásalante en su porfía”, Visor) y para participar como jurado del Premio Cervantes.
Me enteré en las páginas del periódico (El País, 24 de noviembre de 2009), cuya información se acompañaba de una hermosa foto del poeta, realizada por Cristóbal Manuel. En esa foto, Gelman descansa la barbilla en sus manos y mira de frente al fotógrafo con unos ojos que a mí me parecen una clara e inequívoca expresión de dignidad.
Descubrí a Gelman hace muchos años por casualidad. Por aquella época rebuscaba en los estantes de la biblioteca de la facultad y de la de Noviciado y leía sin patrón libros de autores que conocía de oídas o incluso de autores como Gelman desconocidos para mí.
Más tarde conocí su historia. La misma historia que aún hoy me sigue produciendo escalofríos y revuelve algo en mi interior.
Javier Rodríguez Marcos cuenta esa historia en su artículo de El País; lo hace en apenas 8 líneas. Muy breve y sucintamente. Provocándome los mismos escalofríos y revolviéndome el interior.
En la tarde del pasado lunes, ¡qué ironía de la vida!, comentaba esa historia con mi santa y continuaba con los escalofríos. Es una de esas monstruosas historias de la dictadura argentina y de la profesionalidad y del compromiso con la patria de sus militares.
El hijo y la nuera de Juan Gelman fueron detenidos, torturados y asesinados por los militares represores argentinos. Sólo que la nuera estaba embarazada, y sus asesinos tuvieron la bondad y la caballerosidad de esperar a que alumbrara una niña, antes de asesinarla, como previamente habían hecho con su marido; el padre de esa niña que fue entregada a un policía uruguayo. La niña, la nieta de Gelman, creció en una familia que creía la suya. Hasta el año 2000, cuando su abuelo la encontró, transcurridos 23 años de su nacimiento y del asesinato de sus padres.
Gelman reconoce que en el año 1977 ya conoció “la suerte que habían corrido mi hijo y mi nuera”. Imagino, a pesar de ese conocimiento, la angustia, el dolor y el sufrimiento vividos durante más de dos décadas.
En estos tiempos estamos huérfanos de poetas o al menos eso podríamos pensar, pero voces como la de Juan Gelman nos traen la dignidad, igual que su mirada, y sus palabras, la certeza de la memoria.

La dispersión del jazmín/ llena el cuarto/ cercado por la mañana./ Han desaparecido los barcos/ que navegó mi juventud en/ un vacío incesante. Ahí se hunden,/ rozan el luto sucio/ de una lengua cortada./ La memoria es una cajita/ que revuelvo sin solución. No encuentro/ umbrales. ¿Es/ una forma de la emoción?/ A medias sola, odiada,/ prospera su ira de fuego.

“Desaparecidos”, Juan Gelman. “País que fue será (México 2001-2004)”. Visor de Poesía, 2004.

Foto: Juan Gelman, de Cristóbal Manuel (El País, 24 de noviembre de 2009).