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domingo, 31 de mayo de 2020

Caminantes del alambre

La vida es compleja. No para todos, pero muchos siempre han tenido una vida complicada. Ni tienes que acostumbrarte, ni debes. Aun así, hay que aprender a vivirla.
Hay quien siempre camina sobre el alambre. Con el vacío bajo los pies y sin red. La altura te da perspectiva y algo de distanciamiento. Y vives con el riesgo de la caída. Quisieras alguna vez un poco de certidumbre, que el alambre fuera un camino más ancho y que bajo los pies hubiera una red para acabar el vuelo.
Recuerdas la historia, quizás solo era un cuento para iniciados, de aquel tipo caminante en las alturas, el que soñaba con ser Pegasus y olvidó que hubo un Ícaro. Aquel artista que miraba la estrella, sin percatarse de que cegaba además de derretir la cera. Desde la altura menospreció aquel mundo que creía diminuto y a sus pies. Tomó impulso y ejecutó su pequeño salto mortal. Quizás fuera consciente por un instante de que aquel salto, aunque pequeño, era mortal.
O aquella otra historia del tipo que construía castillos en el aire. Sin cimientos y con naipes como estructura. Un soñador que nunca llegó a parte alguna, expuesto siempre al vendaval o al más insignificante soplido para desbaratar sus inconsistentes planes. El futuro volaba y se desparramaba como los naipes sobre la mesa, cuando el as no valía más que una dama y un dos no era inferior a un rey.
Hay muchas formas de abrazar los abismos. Sin embargo, sin red el final no suele variar. Solo queda disfrutar del vuelo, cruzar los dedos para que ese día no brille el sol y la cera mantenga unidas las alas. A sabiendas de que en el fondo es una apuesta perdida, un fallido intento, y que nunca se llega a ser ave, pese a que bastantes logren ser pajarracos.

sábado, 13 de octubre de 2018

El vuelo de la vida

Podrás vivir muchas vidas, algo fácil si eres un gato, pero siempre tendrás que pagar un precio. No saldrás indemne de ellas. Jirones en la piel, cicatrices en el corazón, el fuego en el estómago y los recuerdos, algunos suavizados por el paso del tiempo pero todavía hoy imborrables. Y siempre al frente el abismo. 
Así que de alguna manera cabe pensar que todo se limita a una cuestión de supervivencia en ese espacio temporal que separa vida y muerte. Y en sobrevivir, como en todo o en casi todo, hay verdaderos expertos. Funámbulos capaces de fascinar a los que miran desde abajo, incluso a aquellos que no pueden disimular en su mirada la excitación que les produce la mera posibilidad de verlos caer. Que sean capaces de incorporarse después carece de interés, es algo secundario, pese a que en esa capacidad resida la verdadera fortaleza y maestría del superviviente. 
Caminar por el alambre no entraña más dificultad que hacerlo por sendas o avenidas. El riesgo es siempre la caída. Puedes caminar con los brazos abiertos, guardando el equilibrio con ayuda de algún bastón, pero dará igual, sí has de caer lo harás. De forma estrepitosa, de manera absurda, con elegancia o torpemente. Y no siempre habrá red, pero tampoco la altura tiene que ser insalvable. También sabes que hay caídas que duelen más en el interior que en las magulladuras de la piel y que los huesos rotos se recomponen pero el dolor grabado en la memoria es longevo. 
Vivir muchas vidas te brinda la oportunidad de disponer de más tiempo para sanar, aunque no te garantiza la ausencia de errores, ni siquiera puedes evitar repetir los que ya cometiste en otra vida. Y siempre acechará la presencia de la incertidumbre. 
Admitamos que no siempre podemos elegir, por eso cuando tenemos opciones debemos aprovecharlas. Desde la coherencia y aunque conduzcan a un nuevo fracaso. Porque abandonar es sinónimo de no retornar. Y porque nadie va a convencerte de que entre la perserverancia y la cabezonería hay una línea divisoria. Tampoco busques alas en tu espalda, ni agites los brazos para huir del sol, solo podrás levantar el vuelo con la mente.