domingo, 5 de septiembre de 2010

El convento

En ocasiones somos testigos privilegiados de determinados acontecimientos, de los que en ocasiones asumimos su trascendencia y en otras, nos mostramos incapaces de valorar su importancia. Son momentos únicos, irrepetibles, y a pesar de ello, en el momento de producirse, no somos conscientes de su valor.

Esa importancia puede ser superlativa, en función de que esa trascendencia vaya más allá de nuestra propia existencia, o mínima, si se limita nuestro particular universo. Pero lo que es innegable es su carácter excepcional.

La otra tarde tuve la fortuna de vivir uno de esos momentos únicos e irrepetibles. Casi mágico. Al margen de convicciones y creencias religiosas, visité un convento de clausura.

Permanecí alrededor de hora y media sentado en una habitación, separada de otra habitación por una reja, tras la cual se situaron la madre abadesa del convento y otra monja venida del otro lado del Atlántico, a las que se sumó otra monja.

A un lado, pues, tres monjas. Y al otro, en la habitación contigua, separada por la reja, la persona que había actuado como intermediaria y este gato.

Me sentí un privilegiado. Deudor, una vez más, de esta profesión, que me permite vivir momentos y situaciones como ésta, distantes para la mayoría de las personas. De hecho, dos días más tarde, alrededor de 50 personas pudieron disfrutar de esta experiencia. Aunque no creo desvelar secreto alguno, si afirmo con rotundidad que pese a desarrollarse en el mismo escenario, la experiencia, única sin duda, no fue la misma.

Entre esas cuatro paredes, siendo consciente de la insignificancia que supone sentarse casi en el centro de la habitación y contemplar otra estancia, como un cuadro dotado de vida, casi una representación teatral, de no ser porque los personajes eran reales y no cabía la interpretación, ni obra de autor, ni guión previo, no pude evitar escuchar en mi cabeza a Carlos Cano interpretando “La alacena de las monjas”; de igual modo que evoqué la película de Garci, “Canción de cuna”. Porque en un momento dado, sentí la necesidad de que aquella “reunión” debía ser grabada, como un documento imprescindible para ser comprendido, sin la necesidad de aderezarlo con palabras, porque éstas no supondrían más que una visión sesgada de cuanto allí estaba aconteciendo. También es cierto, que lo que allí acontecía estaba sujeto a la percepción de una persona o de las personas presentes y que no tendría porque ser percibido de igual manera por meros espectadores de esa “reunión”, ausentes de ese escenario.

Sin embargo, esas consideraciones no disminuyen ni restan valor a la trascendencia que en mi particular universo ha tenido esta visita. No hay merma en la percepción de vivir un momento excepcional; en la convicción de haber compartido un momento que podríamos denominar de comunión con unas religiosas, generosas en sus creencias hasta la renuncia a una vida más allá de las paredes de un convento, cuya forma de vida y de entender ésta respeto, pero que queda muy lejana de mis propias entendederas vitales.

En el Real Monasterio de San Antonio de Baeza habitan hoy nueve monjas, de las cuales dos se hallan enfermas. Han recurrido a la repostería, como un medio para obtener ingresos con los que mantener el convento. Atrás quedan los tiempos en los que desde aquí salieron monjas para crear fundaciones y misiones por tierras de España y América. Muy atrás queda también la noche en que la reina Isabel la Católica hizo noche entre esos muros tras la Toma de Granada; cuando, cuentan las monjas, se llevó un cuenco de loza de los que usaban las hermanas y dejó un “niño Jesús” que traía de la ciudad de La Alhambra y dejó al monasterio su condición de Real.

Esas y otras historias perviven por boca de las monjas. Constituyen eso que llamamos tradición oral y que está condenada a perderse si al margen de convicciones y creencias religiosas persistimos en la necedad de la incomunicación.



Foto: Hermanas del Real Monasterio de San Antonio. José Pedrosa.


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Vídeo: Clausura Baeza. José Pedrosa. EFE

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