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jueves, 30 de junio de 2016

La voz de cera

Escucho la voz de cera derretirse y espero que el viento me traiga su flor blanca. No entierro semillas para que nada crezca y siempre revuelvo el cajón en busca de relojes que marcan el tiempo al revés, dibujando con sus manecillas la incertidumbre; el ángulo desde el que me debato entre darle cuerda o aplastarlo contra el suelo. 
Pinto con un trazo de fragilidad la línea indeleble que separa la cordura de eso que llaman locura. Marcando con la cabeza, a izquierda y a derecha, a derecha y a izquierda, el tic-tac de ese reloj que sigue marcando el tiempo al revés. 
Abro la garganta y brota la llama de una vela condenada a la oscuridad. Y siento como se extingue con el soplo del viento que aspira a apagar también la voz. 
Fluye la cera por esa garganta para modelar palabras, quejidos y suspiros, mientras esboza la sombra de la amenaza del silencio. 
No hay que saber leer las hojas del té, ni siquiera interpretar el vuelo de las aves para adivinar que la voz derretida nunca callará en lo más profundo, reservada solo a aquellos que logren traspasar la línea. Rotos. Sin esperanza. 
Hundidas las manos en la tierra, se sienten los gusanos deslizándose entre los dedos e imagino la sonrisa perpetua de la calavera de aquellos que nunca supieron reír. La última mueca es un guiño a la memoria. 
Y es la pérdida la que nos lleva al silencio, ahoga las voces y las encierra en la cabeza para convertirlas en un enigma. 
La cerilla al prender devuelve el brillo a la mirada por un instante y se agitan los demonios ante la perspectiva de ser derrotados en una batalla que no rehuyen y es eterna. 
Enmudecido, apenas exhalo por la boca entreabierta el humo que desprende la cera derritiendo la voz. El silencio es el vacío. La nada.

lunes, 8 de febrero de 2010

Sangre jacobina

Ayer me levanté jacobino. Sin guillotina, pero jacobino. Y algo romántico. Aún a sabiendas de que ni vendemos el alma al diablo, ni levantamos barricadas y por supuesto estamos dispuesto a renunciar a la capacidad reivindicativa colectiva en aras del “No pasarán” y defendiendo el mal menor.
Remedando a Antonio Machado y su "Autorretrato": “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina”, pero mis palabras brotan de manantial sereno y no diría yo que soy un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra. Es más, diría que de estos últimos quedan pocos.
Como el poeta “Desdeño las romanzas de los tenores huecos/ y el coro de los grillos que cantan a la luna./ A distinguir me paro las voces de los ecos”, aunque soy consciente de la abundancia de esos tenores y de ese coro de grillos y de que hoy se escucha más el eco que la voz e incluso afirmaría que hay profusión de ventrílocuos.
También “Converso con el hombre que siempre va conmigo”, pero a diferencia de Machado no espero hablar a Dios un día y simplemente me conformo con hablar solo y no responderme, como una esperanza de cordura.
“Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”. Con la venia de las parcas, una moneda bajo la lengua y la sangre jacobina yerta en las venas.