Hay días en los que la conexión a Internet pone a prueba mi paciencia. En esos días me dan ganas de tirar el ordenador por la ventana, de enviarle el router y su conexión ADSL a Telefónica para que hagan con ellos lo que quieran, incluso lo que yo pienso que podrían hacer con ella; a lo que podría añadir alguna otra ocurrente sugerencia.
En días como hoy me siento estafado, me dan igual los supuestos 6 ó 10 megas de que disfruto, pero la velocidad de crucero transformada por gracia de no se qué o quién en paso de tortuga me exaspera.
También en esos días me preguntó dónde están esos representantes de los internautas, a los que nadie ha elegido, para defender los derechos de aquellos que navegamos por la Red. Una denominación, esta última, que ahora comprendo a la perfección, porque me siento como un indefenso pez atrapado en las mallas de estos pescadores de las telecomunicaciones. Esos mismos “telefónicos” que esquilman mi cartera, a la par que ofertan nuevos servicios cuando son incapaces de garantizar el correcto funcionamiento del principal servicio: la dichosa conexión ADSL.
Ya, ya sé que no es eterna la apertura de cualquier web. Pero a mí hoy me lo parece. De igual modo que me parece que libro una lucha titánica contra elementos desconocidos que cargan de cadenas imaginarias mi ordenador y le impiden desenvolverse con una mínima diligencia. Una lucha que pierdo por KO y que sólo podré abandonar cuando el servicio vuelva a la normalidad, gracias a actuaciones ajenas a mi voluntad.
Ayer o anteayer leía que el ministro Sebastián respalda a Telefónica en su planteamiento de cobrar a Google un peaje por utilizar sus redes. Y claro, es inevitable, leer lo del peaje y recordar aquello de las autopistas de la información. Me conformaría con una autovía, incluso con una nacional, porque mi conexión parece un camino de cabras. Aunque atendiendo a la publicidad, alguno pudiera pensar que va a contratar el Halcón Milenario de Han Solo y navegará a la velocidad de la luz; que no se engañe, está más cerca de contratar el Troncomóvil de Pedro Picapiedra.
En días como hoy me siento estafado, me dan igual los supuestos 6 ó 10 megas de que disfruto, pero la velocidad de crucero transformada por gracia de no se qué o quién en paso de tortuga me exaspera.
También en esos días me preguntó dónde están esos representantes de los internautas, a los que nadie ha elegido, para defender los derechos de aquellos que navegamos por la Red. Una denominación, esta última, que ahora comprendo a la perfección, porque me siento como un indefenso pez atrapado en las mallas de estos pescadores de las telecomunicaciones. Esos mismos “telefónicos” que esquilman mi cartera, a la par que ofertan nuevos servicios cuando son incapaces de garantizar el correcto funcionamiento del principal servicio: la dichosa conexión ADSL.
Ya, ya sé que no es eterna la apertura de cualquier web. Pero a mí hoy me lo parece. De igual modo que me parece que libro una lucha titánica contra elementos desconocidos que cargan de cadenas imaginarias mi ordenador y le impiden desenvolverse con una mínima diligencia. Una lucha que pierdo por KO y que sólo podré abandonar cuando el servicio vuelva a la normalidad, gracias a actuaciones ajenas a mi voluntad.
Ayer o anteayer leía que el ministro Sebastián respalda a Telefónica en su planteamiento de cobrar a Google un peaje por utilizar sus redes. Y claro, es inevitable, leer lo del peaje y recordar aquello de las autopistas de la información. Me conformaría con una autovía, incluso con una nacional, porque mi conexión parece un camino de cabras. Aunque atendiendo a la publicidad, alguno pudiera pensar que va a contratar el Halcón Milenario de Han Solo y navegará a la velocidad de la luz; que no se engañe, está más cerca de contratar el Troncomóvil de Pedro Picapiedra.