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jueves, 25 de marzo de 2010

Necios

En estos días de sobreabundancia de memez me pregunto si el necio existe por una mera cuestión de antagonismo. Si la necesidad del otro como contraposición al yo justifica la existencia del necio. Debe ser así. Del mismo modo que ese exhibicionismo permanente de su necedad a través de sus actos, de sus opiniones o incluso de sus gestos.
El necio es consciente de la ausencia del riesgo de extinción y quizás también por eso se prodiga en ese exhibicionismo de su necedad. Ajeno al rubor se muestra de forma pública y notoria. Como imponiendo su presencia y por tanto, haciendo partícipe de su necedad al resto de la sociedad.
Contrariamente a la creencia mayoritaria, el necio no está exento de conocimiento; carece de inteligencia, pero es pillo y eso le hace creer que los necios son los demás. Y esa creencia hace que trate a los demás como si fueran necios, desconocedor intuyo de su propia e ilimitada necedad.
Y aún así su mayor peligro no reside en la creencia de que la necedad es patrimonio de los otros, sino en su convicción en lo que hace y dice. Un peligro que crece exponencialmente en función del pedigree, del estatus o del rol social desempeñado por el necio y también de su capacidad de comunicación e influencia con otros necios.
El necio siempre resta. Puede sumarse a otros necios y eso no alterará la operación, el resultado será siempre una sustracción. Diferencia que no evita que esa suma de necios multiplique el peligro para los demás y altere la convivencia.
Ante tal opulencia de necedad conviene pertrecharse, aunque no sea fácil, porque los necios avanzan en conocimiento. Ya no se conforman con restar, ahora intentan dividir.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La exhibición de los afectos

Hay afectos que se miden por el coste de una llamada de teléfono o por el envío de un sms o de un correo electrónico, y hay desafectos cuya duración parece eterna y por tanto, son desmedidos. Ambos, afectos y desafectos, pueden ser espontáneos o adquiridos, incluso hereditarios. Algunos son buscados, mientras que los hay que además de parecer imposibles, lo son. Otros se hallan en lugares y personas insospechadas. Y ambos, afectos y desafectos, nos acompañan en vida y en algunos casos más allá de ella.
Para mí ambos pertenecen al espacio de lo privado, aunque trasciendan de ese ámbito porque los exteriorizamos con nuestros actos y comportamiento, quedando patentes y manifiestos, incluso cuando pretendemos lo contrario, es decir, reservarlos para nuestra intimidad.
Otras veces, demasiado numerosas y habituales desde mi punto de vista, esa exteriorización se hace de forma voluntaria y se acompaña de una dosis de exhibicionismo.
Los medios de comunicación han contribuido, con obscenidad diría yo, a que se confunda lo íntimo con lo público y hasta a que se violente lo íntimo. Eso sí con la bien remunerada colaboración de personajes de variada y despectiva calificación que exhiben su intimidad de manera pornográfica, como una mercadería ofertada al mejor postor en el mostrador de lo hediondo.
Esta ostentación de la intimidad convive en los últimos tiempos con otro tipo de exteriorización de afectos que se ha instalado en cualquier entrega de premios. Sin duda, sincera y emotiva, pero también innecesaria y aburrida.
Entiendo que el talento de Fernando Trueba al dedicar su Oscar a Billy Wilder no está al alcance de cualquiera. Del mismo modo que no todos pueden tirar de santoral como Pedro Almodóvar al recibir uno de los suyos. Pero ante carencias, nervios y dudas lo más sencillo y breve parece simplemente dar las gracias y… agur, Ben-Hur.