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miércoles, 17 de febrero de 2010

La exhibición de los afectos

Hay afectos que se miden por el coste de una llamada de teléfono o por el envío de un sms o de un correo electrónico, y hay desafectos cuya duración parece eterna y por tanto, son desmedidos. Ambos, afectos y desafectos, pueden ser espontáneos o adquiridos, incluso hereditarios. Algunos son buscados, mientras que los hay que además de parecer imposibles, lo son. Otros se hallan en lugares y personas insospechadas. Y ambos, afectos y desafectos, nos acompañan en vida y en algunos casos más allá de ella.
Para mí ambos pertenecen al espacio de lo privado, aunque trasciendan de ese ámbito porque los exteriorizamos con nuestros actos y comportamiento, quedando patentes y manifiestos, incluso cuando pretendemos lo contrario, es decir, reservarlos para nuestra intimidad.
Otras veces, demasiado numerosas y habituales desde mi punto de vista, esa exteriorización se hace de forma voluntaria y se acompaña de una dosis de exhibicionismo.
Los medios de comunicación han contribuido, con obscenidad diría yo, a que se confunda lo íntimo con lo público y hasta a que se violente lo íntimo. Eso sí con la bien remunerada colaboración de personajes de variada y despectiva calificación que exhiben su intimidad de manera pornográfica, como una mercadería ofertada al mejor postor en el mostrador de lo hediondo.
Esta ostentación de la intimidad convive en los últimos tiempos con otro tipo de exteriorización de afectos que se ha instalado en cualquier entrega de premios. Sin duda, sincera y emotiva, pero también innecesaria y aburrida.
Entiendo que el talento de Fernando Trueba al dedicar su Oscar a Billy Wilder no está al alcance de cualquiera. Del mismo modo que no todos pueden tirar de santoral como Pedro Almodóvar al recibir uno de los suyos. Pero ante carencias, nervios y dudas lo más sencillo y breve parece simplemente dar las gracias y… agur, Ben-Hur.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El concierto trampa

En la ciudad que habito han intentado dar gato por liebre. Supongo que esto será habitual en muchos eventos organizados con dinero de las arcas municipales. El caso es que para asegurar la asistencia a la entrega de los premios de un festival de cine documental han programado un concierto de Jorge Drexler, entre medias de esa entrega y de la proyección de un documental interpretado por el cantautor uruguayo.
Además, en esta ciudad por obra y falta de arte de su alcaldesa se ha impuesto como norma que cualquier acto organizado por el Ayuntamiento incumplirá su horario, así que el evento previsto para las ocho de la tarde ha arrancado a las ocho y media.
Pese a ello, mi santa y yo, previo pago de la entrada (algo que una vez en el teatro escenario del acto he comprobado que era algo exótico, porque un elevado número de asistentes lo hacían por la patilla), hemos asistido impasibles a la entrega de galardones para disfrutar con posterioridad del concierto.
Parece obvio, uno va a un concierto a escuchar a un cantante interpretar sus temas en directo; pero la obviedad no es tal cuando además tienes que soportar aplausos a destiempo, acompañamientos supuestamente rítmicos y los coros de una parte del público que es capaz de entonar la melodía y de otra parte, mayoritaria, que canta tan mal como yo. Y sin embargo, cuando hay talento en el escenario y se tira de talento, todos esos inconvenientes se convierten en nimiedades.
Es cierto que uno anda algo oxidado en esto de las salidas nocturnas y asistencia a eventos culturales, pero no es menos cierto que a uno por los años le acompaña un cierto bagaje de asistencia a conciertos musicales. De modo que puedo afirmar sin margen de duda que asistimos a un magnífico concierto; con una puesta en escena sobria, porque un artista sobrado no necesita de arropamientos. Y porque ese mismo artista buscaba una comunión con el público a través de su música y sus letras, pero también a través de esa puesta en escena. Quizás, y esto es una impresión, porque daba la sensación de que él tampoco estaba muy a gusto con la fórmula elegida para este concierto, que además cerraba una gira de dos años con 160 actuaciones en 16 países.
Poco puedo decir, salvo que si no han escuchado a Jorge Drexler, lo hagan sin demora. Porque entre otras cosas descubrirán que ya le habían escuchado en bandas sonoras e incluso en algún spot publicitario; al margen, claro es, del bochornoso espectáculo de la candidatura de su tema “Al otro lado del río” a las estatuillas doradas de Hollywood, que para más inri sería agraciado con el Oscar. Ya saben, aquella que interpretó (sic) Antonio Banderas acompañado de Carlos Santana y que el propio Drexler, tras recibir el premio, reivindicó a capella.
La música como tantas otras cosas es una cuestión de gustos, pero en esta ocasión sugiero que además de a la música, presten atención a la letra. Drexler es un poeta, un narrador de lo cotidiano, de lo cercano… un trovador de la vida cuyas virtudes son una guitarra y la voz. La música y la palabra.
El fin de la velada, al gusto del consumidor, entre el concierto y la proyección del documental parieron un intervalo de 20 minutos; demasiado para unos padres que disfrutaban excepcionalmente de una noche de asueto. Tocó cena y después copa. Y el deseo de poder ver ese documental en otro momento, más idóneo, y sin necesidad de trampas y cebos.