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domingo, 8 de febrero de 2026

El 9, el espejismo que se hizo realidad



No es un espejismo. Aunque probablemente muchos de nosotros compartimos, no ha mucho y tras “La otra vida”, la visión de esa imagen que no era real de un nuevo disco de 091. Y sí, como los sueños se cumplen, la visión se hizo realidad. El runrún, la expectativa y por fin, un 6 de febrero, la criatura ve la luz.
La banda o la nueva compañía discográfica ya nos habían administrado varias canciones a modo de anticipo de ese “Espejismo nº 9”. La miel en los labios a la espera de meter el dedo en el tarro. También dos días antes había anticipado Javier Gilabert su crítica en la revista “Efe Eme”, en la que define a esta nueva criatura de los Cero como “Posiblemente, el mejor disco de 091” (es hasta la fecha la mejor radiografía que he leído del disco).
Los ceroadictos, ya una variopinta muestra de puretas, vivimos desde la despedida y la resurrección en el alambre, mirando al horizonte sabiendo que tarde o temprano ha de salir el sol y volveremos, como pronosticara el Maestro Lapido aquella noche en Granada, a encontrarnos en el rock. Es decir, sin perder la esperanza.
El tiempo y las incertidumbres siguen revoloteando como pájaros sobre nuestras cabezas en ese universo que compartimos con 091, con la letra y la música de sus canciones. Y escuchando y reescuchando el disco me ha dado por pensar que bien pudiera ser el último, el suyo o el mío (deseo que no), lo que no disminuirá la fe en que de nuevo saldrá el sol.
Me ha sorprendido este disco. Quizás porque en el anterior primó la emoción por asistir al nacimiento de un nuevo disco de los Cero tras ese paréntesis que creímos no se cerraría nunca porque el adiós era definitivo. “La otra vida” era por las urgencias y la necesidad un disco irregular, desigual; aún así colmó nuestra sed.
Se que habrá críticas, porque hay quien espera siempre a aquel grupo de nuestra adolescencia y su adolescencia, quien espera calcos de esas canciones que llevamos décadas escuchando y cantando y habrá, incluso, quien piense que es una herejía. No lo compartiré. Este disco es 091, con 6 décadas de vida a la espalda y 4 sobre el escenario, con lo que conlleva eso de bagaje personal y profesional. Están los Cero de “Doce canciones sin piedad”, “El baile de la desesperación”, “Tormentas imaginarias…, los Cero que fueron y los Cero que son.
“Espejismo nº 9” es un disco coral, con varias licencias como la eliminación de una guitarrista (evoco alguna de las nuevas canciones en directo y con la segunda guitarra), la incorporación de una voz femenina en “Ven vestida de nube” o los teclados. Entre los rockeros los teclados siempre han generado dudas, aunque eso no evita que yo disfrute escuchando un Hammond; en este disco, las teclas acompañan, se envuelven en las canciones, sin salirse del guion y espacio asignado.
Y lo último, la voz de José Antonio García. Hace poco hablaba con mi amigo, el también cantante y tremendo frontman Emilio Ramos, de la voz, de cómo los instrumentos sólo pueden ganar con el paso del tiempo en el virtuosismo de quien los toca. Pero, ¿la voz? La de José Antonio es una voz que ha pagado el peaje de los años; un precio que él ha sabido encajar para domarla y darle una nueva dimensión. Atrás quedan los miedos, para disfrutar de esta otra vida que no renuncia a la que fue, pero acepta la sabiduría que se acumula paso a paso, día a día.
Siempre los Cero. Siempre el sol y el reencuentro.



sábado, 20 de septiembre de 2025

Inevitablemente, 091 en el Zaidín Rock

 


Eso de la necesidad de que transcurra el tiempo es algo que cualquier seguidor de los de antaño de los Cero tiene más que asimilado. Ha vivido con ello durante dos décadas, alternando ilusión con esperanza, incluso quizás con un exceso de optimismo, que, sin embargo, al final obtuvo su recompensa con una, no por menos deseada, inesperada resurrección.
Una vez más el tiempo ha transcurrido, y lo que iban a ser 42 años se convirtieron en uno más, porque el año pasado la lluvia decidió que 091 y sus seguidores deberíamos esperar ese año más, inevitablemente, para disfrutarlos en el escenario del Zaidín Rock. Así que 43 años más tarde, ahí estuvieron en ese festival que ya es leyenda en Granada.
Justo nada más entrar al recinto suenan los primeros acordes de “Man with harmonica”, de Ennio Morricone. Al escucharlos es inevitable ver a Charles Bronson apretando los dientes y la mirada gélida de Henry Fonda. Pero también es inevitable pensar que es el preámbulo para que los Cero pisen el escenario. Así es y así será, pero sólo cuando suena “Zapatos de piel de caimán” es el momento de enloquecer, de dejarse llevar.
La media de edad de los asistentes es muy alta. Lo seguirá siendo, porque ellos y nosotros peinamos canas. Y hemos sobrevivido. La voz de ‘El Pitos’ ya no es la que era y ya no lo será nunca. Da igual, porque en ese escenario de inevitabilidad es algo que se acepta con naturalidad. Como un tributo a ese paso del tiempo, como lo inevitable para permanecer arriba y abajo del escenario.  
No somos una secta, pero somos adictos, ceroadictos, e, inevitablemente, un directo de 091 es un chute de energía. Una forma de saber que seguimos vivos y que el rock de los granadinos sigue haciéndonos vibrar y evita que caigamos en un letargo de conformismo, pero también de autocomplacencia.
No los había escuchado en directo tras la incorporación de Víctor Sánchez en sustitución de ‘Chico’ Lapido. Pensaba que lo de Víctor iba a ser algo puntual, pero da la sensación de que va a ser el quinto hombre de la banda. En una formación clásica, sin teclados, que es la que se presentó en el Zaidín. Y que es mi predilecta.
A la espera del nuevo disco, rodeado de demasiados rumores y escasas certezas, que si diciembre, que si nueva discográfica…, sonaron más canciones de las deseables de “La otra vida”, pero también sonaron bastantes de las habituales, esas que son un credo para los viejos ceromaniacos. Y aunque faltó más de una, no hay peros, no hay reclamación posible, porque fue un concierto generoso, más extenso de lo habitual en un festival; aunque la paradoja es que supo a poco, porque con los Cero, inevitablemente, siempre quieres más.

 

lunes, 17 de octubre de 2022

091, gracias por tanto


Al día siguiente me duele la mitad del cuerpo. De brincar, hacer algo parecido a bailar y subir y bajar desde la izquierda del escenario a la barra, lo que supone recorrer el Auditorio de La Alameda longitudinalmente varias veces. También tengo la voz quebrada de cantar a grito pelado, provocando un destrozo a los oídos cercanos disimulado por la euforia colectiva.
Y aún así, conservo por la mañana la media sonrisa en el rostro y ese brillo en los ojos que no es más, ni menos, que el reflejo de un instante de felicidad guardado y proyectado en un cristal. Ese mismo instante que se repite, igual que el cosquilleo interior, cada vez que tocan 091 en directo.
No recuerdo cuando escuché a los Cero por primera vez. Sé que fue en Jaén. De igual manera que fue aquí donde por primera vez los vi tocar en directo, aunque los años han borrado de mi memoria el lugar. Después, muchas veces Jaén, Madrid…, hasta que llegó el adiós. Y luego, 2016; resucitaron y revivimos. Y aquí seguimos desde hace ¡¡¡40 años!!!
Nos reencontramos en este mes de octubre en Jaén, su segunda casa y la primera en nuestros corazones, rodeados de amigos. De nuevo comparto concierto de los Cero con Miguel Cobo, con quien disfruté de la “Maniobra de Resurrección” en la plaza de toros de Granada. Y me sorprende Jesús García, con quien coincido al entrar, al confesarme que es su primer concierto de los Cero.
Eso se queda en mi cabeza durante la noche y la mañana del domingo. Un concierto de los Cero por primera vez, ahora que están, probablemente, mejor que nunca. Imagino la expectación, los nervios, el preámbulo del deseo que se va a cumplir…, tantas cosas pasando por la cabeza y de repente, cuando suena “Man with a harmonica” ya no hay más, los Cero y una multitud de seguidores hambrientos de su música.
La fortuna hace que nos encontremos al mediodía del domingo, y en El Sanatorio, frente a unas rubias con espuma, responda a mi curiosidad. Cosecha del 83, el menor de 6 hermanos en una casa donde sonaban los Cero y, por unas cosas u otras, hasta ahora no había podido escucharlos en directo. Deuda saldada.
Eso me lleva a echar la vista atrás. A marzo de 2016 en Úbeda. El primer concierto de 091 al que asistieron mis 'piratas’, David y Sergio. Allí estábamos, en una noche con lluvia previa y frío, mi santa, los peques y yo. Tenían 10 años y desde entonces hasta hoy son parte de ese universo ceroadicto.

Granada, mayo de 2022

También recuerdo el último, el anterior al de este octubre en Jaén. En mayo en Granada, en el mismo escenario, el Pabellón de deportes, donde en diciembre de 2016, en otra noche de lluvia y frío, Antonia y yo cerrábamos la “Maniobra de Resurrección”; con un José Antonio García sin apenas voz, haciendo un ejercicio de profesionalidad, y un público entregado, convencido de que había llegado el final. No fue así.
En ese mismo lugar celebrábamos en ese mes de mayo de 2022 los 40 años de 091 en la música. Habían tenido que interrumpir la gira de “La Otra Vida” por la pandemia; el virus golpeó cerca y duro, y, por un momento, nubló el cielo; pero, una vez más, hubo resurrección y salió el sol para encontrarnos en el rock.
Esa noche en Granada supe que los Cero arriba del escenario y nosotros abajo ahora somos uno. Habíamos llegado a ese punto del camino en donde nos unimos para formar un todo. Quedaban atrás los sinsabores, la frustración de que aquella fantástica banda no tuviera el reconocimiento que merecía y las dudas. Tras cuatro décadas allí estábamos ellos y nosotros. Cada uno con nuestra vida, con nuestras historias, nuestros éxitos, nuestros fracasos… A sabiendas también de que muchos que estuvieron en ese camino, ya no están. Y todo eso, que es el bagaje de la propia existencia, era en aquel instante secundario. Ellos no son sin nosotros y nosotros somos por ellos. Una unidad indivisible.
Así que esta otra noche de octubre en Jaén quedan a un lado las incertidumbres y asido a la fiabilidad de que tocan los Cero disfruto de un nuevo concierto. Saludo a Carlos Rueda, a su Ana María, que es y siempre será nuestra Ana, y a Rafa Rus. Acudo solícito a la llamada de Manolo Olivares y Alfonso Huertas para fundirnos en un abrazo. Me encuentro con Juan Carlos Solas, con Cuca Martínez, con Encarna, con José Ríos, con Pedro Tomás Colmenero, con Juanra Romero, con Manolo Aguilar…, hay otros muchos a los que no veo, pero que sé que están entre esas más de 2.000 personas que no olvidarán esta noche; ese Jaén que siempre ha sido de los Cero. Entre los que también están Alberto y Carlos Bizarro, Rubén, Isabel o Cristóbal Tornero con los que he recorrido el camino desde el arco de la Alameda hasta el Auditorio. Sólo me han faltado esta noche mi ‘hermano Emilio’ y una luna que no llegue tarde.
Suena “Man with a harmonica”. Y eso cualquier ceromaníaco sabe que es el toque de aviso de lo que está por venir. “Vengo a terminar lo que empecé”, “Zapatos de piel de caimán”…, durante más de dos horas van sonando canciones de “La Otra Vida” y aquellas otras que nos han acompañado durante este camino de cuatro décadas. Y cuando los hermanos Lapido, José Ignacio y Víctor, vuelven al escenario con José Antonio, para cantar en acústico “El fantasma de la soledad”, nos rodea un silencio irreal. Así que, aunque gritemos lo mala que es la vida, sabemos que en el fondo aquella y esta otra son la nuestra. Conscientes de nuestra fragilidad y de que el tiempo va pasando, desterramos hoy de nuestro pensamiento la idea de que tarde o temprano llegará en la hora cierta el último concierto.
Gracias, 091. Gracias por tanto.

domingo, 9 de agosto de 2020

Siempre nos quedarán los Cero

No son tiempos fáciles para subirse a un escenario. Para la banda es complicado. Y para el público tampoco es fácil estar allí abajo.
A pesar de ello, los Cero volvieron a Úbeda (Jaén), cuatro años después de la "Maniobra de Resurrección". Y esta vez, sí, tocaron en la plaza de toros, con la torre del antiguo hospital de Santiago de fondo, recortada en la noche y esperando que la luna no saliera tarde; el escenario donde estaba programado aquel concierto de marzo de 2016 y que a última hora se cambió al ferial.
No se demoraron los Cero en la salida, lo justo para que las melodías de Morricone y Palo Cortao sirvieran una vez más de preámbulo a lo que vendría después.
Nos dieron la 'resurrección', una 'maniobra final' de despedida y en tiempos de pre pandemia nos ofrecieron "La Otra Vida". En el escenario conviven todas, los nuevos temas con los clásicos, y entre nosotros, el convencimiento de que a pesar de todo, como anticipara el Maestro aquella noche de diciembre en Granada, ha salido el sol y volvemos a encontrarnos en el rock.
Nos dejamos llevar con los riffs de las guitarras de los hermanos Lapido. Nos preguntamos cómo sincroniza Víctor Ríos el bajo con ese cuello que parece de goma y a saber cómo queda tras cada concierto. Marcamos el ritmo a golpe de Tacho y nos entregamos devotos a la voz y al paso de José Antonio. Y para rematar, si hubo un quinto Beatle, hoy hay un sexto Cero, Raúl Bernal a los teclados, que pese a reticencias injustificadas adereza con sentido y elegancia el sonido Cero.
Es difícil, ¡qué difícil es! escuchar a los Cero en directo sentados en una silla, cuando el momento del cuerpo te gritan movimiento. Es jodido no poder abrazar a la familia ceromaniaca y peor aún, si cabe, no vernos. Entre la miopía y la mascarilla apenas identificas a un par de colegas. Porque lo de reconocernos es otra historia. Entre los ceromaniacos nos reconocemos en el otro; en el presente y en el ausente; nos unen los Cero y estamos también unidos a ellos. Para algunos serán una banda más; de esas que no llenan el antiguo Palacio de los Deportes de Madrid como hacen esas otras bandas nacionales bien apadrinadas y con etiqueta 'indie' y que para mí, musical y emocionalmente, son prescindibles. 
Para nosotros, los Cero son la banda que siempre ha estado ahí. Aquella que se fue para regresar inesperadamente, aunque seguía sonando en nuestra cabeza y en nuestros equipos de música 
Los Cero son ellos y nosotros. Somos uno e indivisible. En el tiempo y en el espacio. Hay quien lo denomina 'banda de culto', que probablemente algo tenga que ver con guardar turno en la cola de los milagros; algo indefendible para los no creyentes, pero asumible para cualquier ceromaniaco. Renunciamos a lo premonitorio para aferrarnos al presente que es un mañana impredecible.
En este verano de fuego, la noche en La Loma es relativamente fresca. Los Cero siempre han mantenido que Jaén es su segunda casa. Por eso no es extraño que al rasgar el aire la armónica se produzca una comunión arriba y abajo del escenario, en ese instante cuando cierras los ojos y te olvidas y piensas que lo del virus no está pasando, que nada es real. Solo estamos nosotros (ellos y nosotros) en esta vida, en la otra y en la que esté por llegar.
En la noche, en la calle, en las mañanas de niebla... siempre nos quedarán los Cero. Nuestro regalo. Nuestro legado.

martes, 16 de abril de 2019

Reminiscencia de los Cero

Me encontré la valla en Granada, hace casi un año, yendo o volviendo de El Bar de Eric. Y me llamó la atención; así que saqué el móvil, esa maquinita diabólica que creíamos que nos serviría para hablar y se utiliza también y con exceso para mirar o mal mirar, y la atrapé en su interior. 
Descargué la foto y se quedó por ahí en el ordenador. El sábado volvió el recuerdo. Pasé al lado del lugar donde está la valla, pero esta vez venía de Discos Bora Bora, en la plaza de la Universidad, después de un regalo en forma de mini concierto de José Antonio García y El Hombre Garabato y de un single en vinilo para coleccionistas, editado con motivo del Record Store Day. Ya saben, ese homenaje a las tiendas de discos de toda la vida. En la ciudad que habito no hay ninguna, así que para respirar esa atmósfera, para rebuscar en las estanterías y para comprar algún vinilo de antes o de ahora me queda a mano Granada. 
De no recordar mal, era una mañana fresca de mayo. Y por las circunstancias que fuera había poco tránsito por esa vía, algo inusual. Ignoro cuándo habían realizado los operarios su tarea, la noche anterior o en la primera hora de la mañana. Lo cierto es que se habían eliminado de la valla los carteles y la mayoría de sus restos, salvo aquellos donde la goma se agarra al papel y al metal y se resisten al agua y a las espátulas. Y claro, salvo la reminiscencia de los Cero. 
Ya había pasado el año de la ‘Resurrección’. Meses atrás quedaba aquel último concierto de la ‘Maniobra Final” en el Palacio de los Deportes. Y sin embargo, ahí estaban esas tres bandas de papel anunciando la vuelta de 091. Y surgió la duda sobre si aquello era un descuido o algo intencionado. Prefiero pensar que era lo segundo, un homenaje del operario a la banda granadina, el recuerdo imborrable a la espera del nuevo regreso. ¡Qué paradoja! Al final ese vestigio de 2016 se ha transformado en 2019 en presente para anunciar un futuro inmediato. Vuelven. 
Puedo pensar que aquella persona era una visionaria o que utilizó la valla para compartir su deseo, a sabiendas de que no estaba solo en la petición. O simplemente que le pareció inapropiado borrar la huella y consciente de que estaba condenada a desaparecer quiso darle el indulto de la espátula, prorrogar su permanencia para alimentar la esperanza y los sueños. 
Esté dónde esté y sea quién sea, no tengo duda de que ese tipo es un romántico, un nostálgico con los pies en el suelo y por supuesto, alguien con buen gusto musical. Un Ceroinómano.

martes, 29 de enero de 2019

El brillo del sol

Hoy era uno de esos días que te está esperando para regalarte una sonrisa. No había amanecido y ya brillaba el sol. Vuelven. Nuevas canciones y nuevo disco. Esta vez no era un rumor que nadie acababa de creer, de hecho era un secreto a voces que ellos mismos han querido confirmar. Los Cero entran al estudio a grabar y habrá gira. 
A muchos les parecerá una nueva intrascendente, pero para aquellos que formamos ese pequeño universo al que nos liga la pasión por la banda granadina es un notición. Nos gustan en solitario, con sus proyectos personales, sus bandas y sus temas, pero como más nos gustan es cuando se presentan como 091. Esa comunión de talento que nos llega muy hondo, que nos hace mover los pies y perder la cabeza, un poco al menos. 
Como cuando resucitaron en 2016 para recordarnos dos décadas más tarde que seguíamos ahí, atrapados en sus canciones, pero ahora con la sabiduría que da el tiempo y te hace detenerte en las letras del Maestro para comprender que la juventud se ha quedado en el camino, aunque no hemos perdido la capacidad de soñar. 
Frente al espejo y ante otros ojos somos indiscutiblemente unos puretas, pero el cristal no es capaz ni siquiera fragmentado de reflejar ese interior donde bulle lo que un día fuimos o quisimos ser, donde hay lugar para las cenizas y también para las ascuas. 
No podemos negar o esconder el paso del tiempo, pero es un tiempo ganado. Hemos cambiado, no somos ni mejores ni peores, puede que tampoco en lo esencial seamos diferentes, pero sin duda somos otros. Y ellos también.
En el último concierto de Maniobra de Resurrección, la Maniobra Final, en diciembre de 2016 en un día de lluvia en Granada, ya lo anunció Lapido: “Nos volveremos a encontrar. No sabemos cuándo, ni dónde, pero volverá a brillar el sol”. 
Hoy sabemos cuándo, el dónde es lo de menos y el brillo del sol está en nuestros ojos.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Maniobra Final para Ceromaniacos

Si aceptamos que todo final es un principio podemos decir que estamos de suerte y ayer asistimos en Granada al final de la resurrección y al principio de la reencarnación. O lo que es lo mismo, que disfrutamos del último concierto de una gira de 091 tras 20 años de ausencia, pero ello no implica un nuevo adiós del grupo. En cualquier caso si ese adiós se produce solo nos queda dar las gracias y sentirnos afortunados por esta Maniobra de Resurrección. Y además estaremos de acuerdo en que los Cero fueron y siguen siendo una gran banda de rock y que como tal tiene un gran grupo de seguidores; y gracias a ellos, sobre todo, pero también a nosotros, los Ceromaniacos o Ceroinómanos, ha sido posible ese regreso triunfal dos décadas después. 
El principio y el cierre de Maniobra Final son el mejor ejemplo de esa comunión entre la banda y su público; ese vídeo resumen de la gira dando las gracias y el pabellón cantando “La canción del espantapájaros” antes de la salida de los Cero al escenario y esa despedida del grupo juntos y lanzando flores al público que tatareaba los coros de “Fuego en mi oficina”. 
Eso explica por sí solo la emoción de los músicos y de sus seguidores, la larga espera de 20 años y el reconocimiento y el éxito, tardíos pero certeros, ahora sí, de los Cero. Y también que El Pitos, con la voz muy tocada, aguantara las casi 3 horas de concierto, y además le sobrará aire para dirigirse en 3 ocasiones al público para agradecer y dejar la puerta entreabierta a la esperanza de una nueva resurrección. O que el maestro Lapido, otro poeta silencioso como Cohen, hablara (si le cuesta hacerlo hasta en sus conciertos en solitario) y dejara estas palabras para el recuerdo “Nos volveremos a encontrar. No sabemos cuándo, ni dónde, pero volverá a brillar el sol”. 
Ese mismo sol que brilló en el Palacio municipal de Deportes de Granada mientras fuera caía la lluvia y sus hijos seguían creciendo a nuestro alrededor y esas otras tormentas imaginarias rugían en nuestras cabezas mezcladas con el sonido de nuestras voces cantando todas y cada una de esas canciones que desde hace más de 20 años forman parte de la banda sonora de nuestras vidas. 
Ahora, dos décadas más viejos, muchos de nosotros padres y madres de familia, con sueños sin cumplir, con un presente que quizás no es aquel futuro imaginado pero conscientes de que este es nuestro tiempo y de que en ese tiempo siempre habrá un lugar para la música de los Cero; la misma música que ha envejecido con nosotros, quizás mejor que muchos de nosotros, porque de alguna forma es eterna en un alter ego de Dorian Gray, con ese Lapido que hunde la pluma en Wilde, en Kafka, en Whitman y en tantos otros para que por un instante creamos que somos capaces de oír crecer la hierba. 
Acordes y letras para un momento único en otra noche para alimentar mitos. La cuestión no es contar que estuvimos allí, lo importante es que en ese momento estábamos ahí. Y lo que vendrá después es accesorio, como ese paréntesis de una espera de 20 años. 
Tampoco nos engañemos, la del 17 de diciembre de 2016 es nuestra noche de aquel día. Yo pensé que era la del 14 de mayo, también en Granada, pero más tarde supe que no, que estaba errado y que la noche era ésta. Y así ha sido. Ignoro dónde y cuándo me zambullí en un baño de luna para agarrar esa sonrisa y exhibir esa cara de felicidad. Desconozco porqué ese entusiasmo y cosquilleo adolescente. Ese viaje atrás en el tiempo que ya noté en la previa al concierto en El bar de Eric. Esa conversión repentina en un nuevo Fausto que en unos segundos solo con mirar sus caras me permitía distinguir en la avenida que lleva al Palacio a otros como yo. Tan efímeros como yo, porque lo eterno ya son los Cero. 
Y sí, también ese anhelo cumplido de poder escuchar por fin en directo “Un minuto de silencio”, abrazar a esa “Venus” que mientras no se grabé seguirá pareciendo el reflejo de una partitura en el espejo, una canción perdida en busca de su propio camino que tiende de una u otra forma a ser el nuestro, el de 091 y sus seguidores. 
Al son de “Hurricane” me despido con un abrazo de otros Ceromaniacos hasta el próximo concierto de los Cero. Al cruzar la pista alzo la vista para contemplar esa pancarta con la leyenda “Larga vida a 091”. Y sé que es el tiempo de dar las gracias, por hacernos partícipes de esa Resurrección, por volver a emocionarnos, por poder compartirlo con nuestros piratas y por demostrarnos que siguen siendo esa gran banda de rock a la que nos enganchamos hace más de 20 años. 
Quiero creer que esta Maniobra Final es un nuevo comienzo. Y si no, pues siempre ¡Mucho Cero! La decisión es vuestra, pero si seguís, nosotros seguimos.
Gracias José Antonio García, José Ignacio y Víctor Lapido, Tacho González y Jacinto Ríos. Nos volveremos a encontrar en el rock and roll cuando brille el sol.



lunes, 17 de octubre de 2016

Nuestro tiempo

Regresaban a Jaén, aunque en marzo habían actuado en Úbeda, y como ya dijo ‘El Pitos’ allí, igual que lo ha repetido Lapido en varias entrevistas, Jaén siempre fue su segunda casa; incluso, como recuerdan ambos y no se cansa de repetirme mi amigo Miguel Dávila, hace 20 años dieron más conciertos en Jaén que en su Granada. Mi Granada, nuestra Granada, porque siempre hemos sido de allí y de aquí y quizás por eso, ellos siempre fueron de los nuestros. Como los KGB o los TNT. Y como lo eran aquí Niñatos y Conservantes Adulterados. 
Han vuelto los Cero dos décadas después para recordarnos que “este es nuestro tiempo”. No somos lo que queríamos. No somos lo que creímos ser. Pero a pesar de los sueños incumplidos, de las esperanzas rotas y de los que se quedaron en el camino, seguimos siendo. Somos por nosotros y por ellos. 
Ahora más de 20 años más tarde, cuando le dan el Nobel a Dylan y eso me hace recordar a Lou Reed y pensar que aún hay una posibilidad para Leonard Cohen, el poeta silencioso que con 82 años estrena disco y afirma que “está preparado para morir”, defendemos que “este es nuestro tiempo”, con nuestros logros y nuestros fracasos, con nuestras virtudes y nuestras imperfecciones, frente a aquellos que nos empujan a la miseria social y moral. 
Puede que nosotros no estemos preparados para morir o que hayamos muerto un poco ya, pero si estamos listos para la resurrección. Porque sobrevivimos o no morimos del todo y porque ni siquiera esperamos ni pretendemos una resurrección eterna. Porque incluso los no creyentes necesitamos creer en algo; hasta que hay o hubo un dios y sigue estando de nuestro lado. También en esta ciudad dormida, que sin embargo no duerme, somos capaces de resucitar por una noche, en una maniobra que ya siempre permanecerá en nuestro recuerdo. Quizás en el mismo lugar donde rugen en nuestras cabezas las tormentas imaginarias. Allí dónde dejamos el siglo XX, casi 20 años atrás. 
Volvieron los Cero a Jaén. Con un público puesto en suerte por Lola Nos Quiere y el grrrock de El Gran Oso Blanco. Y como habían anunciado cambiaron un poco el repertorio respecto a otros conciertos, como los de Úbeda o Granada. También anunciaron hace dos décadas que no volverían y para deleite nuestro incumplieron ese anuncio. Y también, excepcionalmente, tocaron dos veces en un concierto el mismo tema ¿Qué fue del siglo XX?, con una versión acústica que ya nadie podrá arrebatarnos como hicieron con ese siglo para dejarnos a lomos del XXI. También para decepción de la mayoría, fundamentalmente de mis peques, las maracas no volaron al son de “La vida qué mala es”. En Úbeda se habían quedado con las ganas de hacerse con una porque cayó en las manos de un peque que había a su lado y aquí quedaron privados del vuelo y de obtener el anhelado botín. 
Con diez años mis peques pueden presumir de haber estado en dos conciertos de 091. Cantando sus canciones y moviendo los pies, aunque esto último aún les cuesta y porque de ello ya nos encargamos la banda de puretas que les rodeamos. Espero que dentro de unos años, cuando sea su tiempo, serán capaces de entender lo que significan estos conciertos, los otros a los que les hemos llevado y los que están aún por llegar. Que comprendan que es posible que en una canción habite la poesía, pero sobre todo que entiendan que la música, especialmente el punk y el rock, junto al cine y la literatura, nos dieron las alas de la rebeldía que te permiten soñar con volar. 
Y puede que 20 años más tarde no hayamos sabido aterrizar. Aprendimos a buscar la luna en el negro cielo, pero solo como gato supe encontrar el sol en el balcón. Entre tanta búsqueda, atentos a los filósofos y a los poetas, dejamos pendientes demasiadas respuestas. Olvidamos el destino y de tanto mirar y escarbar en nuestro interior acabamos inmersos en esa soledad alimentada por la nostalgia. 
Los 091 eran una banda de rock. Siguen siendo una banda de rock. Con sus miradas cruzadas, sus silencios y sus demonios. Pero si ellos han sido capaces de volver, nosotros que aprendimos a levantarnos después de caer, que aprendimos que el dolor es visible, estamos preparados para renacer. Todavía nos sumaremos a su baile, porque siempre será nuestro baile. Aunque nunca sepamos porqué se hace una canción.

martes, 17 de mayo de 2016

Era la noche

Era esa noche. Sábado, 14 de mayo de 2016, en la plaza de Toros de Granada. Tendido 1, fila 7, asiento 13. Hasta los números acompañaban, la suma es 21 y mostraba que la suerte si existe está de cara cuando las cartas ni siquiera parecen marcadas. 
Lo sabíamos desde que confirmamos que volvían, cuando anunciaron en primer lugar ese concierto y se agotaron las entradas en apenas unas horas. Aquella era la noche y ese sería el concierto. 
Luego se supo que también tocarían el viernes 13, pero no era lo mismo. En la anotación solo cabían cinco cifras, 091 el 14. Y ocurriría en Granada, en su Granada.
Son un grupo sobrevalorado decían algunos. La “Maniobra de resurrección” es una maniobra de recaudación clamaban otros. En la Joy, en Madrid, estuvieron fatal sentenciaban algunos de los afortunados que habían podido disfrutar de una de las tres noches en que se había colgado el cartel de ‘todo vendido’. Era el mes de marzo y lejos quedaba aquel 3 de enero cuando apenas unas horas me impidieron estar en el Actual en Logroño en el primer concierto de la gira. Ahora guardaba como un tesoro las cuatro entradas para el concierto del 19 en Úbeda; mirando al cielo y cruzando los dedos para que la lluvia pasara de largo, con una excitación infantil y el orgullo de padre de llevar a ese concierto a mis piratas que ni siquiera habían nacido cuando enmudecieron las guitarras en aquel último concierto de hace 20 años. Y mereció la pena, pero desperezó al durmiente y quería más. Mayo seguía golpeando la cabeza; y en esas se cerró Cazorla en julio y parecía más factible. El 14 de mayo comenzó a diluirse, aunque de alguna manera seguía agazapado ahí, incluso con la falsa tentación del 13. 
Y cinco días antes se produce el milagro. Suena el teléfono y al otro lado la voz de mi amigo Miguel escupe sin anestesia, me ofrecen dos entradas para el concierto de los Cero el sábado. Nos vamos, le digo. No puedo, contesta. Me las quedo, confirmo sin pensarlo. Es mediodía del lunes 9 de mayo. La vida sonríe. No quería esperar otros 20 años y apenas dos meses después…, noche de resurrección. 
Entramos a la plaza escuchando los acordes de El Hombre Garabato. Siendo generoso diré que la media de edad rondaba los 40, aunque algunos con su presencia se empeñasen en incrementarla y otros como yo en Úbeda habían traído a sus hijos, cuya edad contribuía a que esa media no se disparase por los que ya alcanzamos las cinco décadas. 
Así que con permiso de Proust diré que pasamos ya el tiempo de los muchachos en flor, pero cuando salieron los Cero interrumpimos el proceso de marchitar y los relojes marcaron las horas y los años hacia atrás. Aunque al día siguiente las hojas del calendario no perdonan y se agarran a los gemelos para recordarte que ya no somos los que fuimos; que aquel tiempo en que solo importaba divertirse, flirtear con lo prohibido y soñar está atrapado en recuerdos divididos entre lo vivido y lo narrado, pero nunca se perdió.
Ahora prestamos más atención a la música y a las letras, nos vamos tras los dedos de Lapido “riffeando” la guitarra y tras la armónica y la voz de ‘El Pitos’, para, filósofos de nuestra existencia, creer en lo más hondo que sigue siendo ayer. Y aunque damos libertad a los pies sin llegar a desgastar las suelas, sujetamos la cabeza porque mañana debemos continuar asumiendo esas responsabilidades para las que nunca nos preparamos porque en esos días o no se vislumbraban o se veían muy lejanas. 
Suena el estribillo de una canción picando el billete para un trayecto en la máquina del tiempo. Y más que viajero me siento testigo privilegiado contemplando de nuevo aquel tiempo sin retorno, cuando ardía la noche de pasos largos hasta el amanecer y aquel mismo fuego crepitaba entre las miradas y los tragos.
Desde el escenario suenan las mismas canciones, pero ahora son 20 años más viejas y nos ponen frente al espejo para reconocernos sin temor y sin sorpresa. 
No hay decepción, fue un gran concierto. Era la noche y fue la noche. Virtuosos, cumplidores, casi con estilo funcionarial. Fríos, faltó la emoción. Nosotros pusimos el corazón y enfrente estaba el hombre de hojalata de Oz. Quizás la pasión se quedó en el camino, quizás los rumores siempre guardan algo de verdad, quizás 20 años si sean nada. Sobrevolaron el cielo de Granada la fe y la ausencia de comunión, pero revivimos, apartamos a un lado la pesada losa y cantamos y danzamos a sabiendas de que en diciembre la mueca de una calabaza marcará el adiós.

domingo, 27 de marzo de 2016

Tiempos de resurrección

No cabe duda de que vivimos tiempos de resurrección. Los Rolling Stones resucitan el rock en la Isla, si es que alguna vez estuvo muerto. Y nosotros, previsores o adelantados a este tiempo, resucitamos el sábado 19 de marzo, fruto de otra pasión y sin hacernos cruces, de la mano, la voz y las guitarras de 091.
A algunos les sigue pareciendo obra del diablo, al que por cierto nunca le hemos visto mover los pies; solo caer. Pero estarán conmigo en que hay peores infiernos a los que descender. Y sus Satánicas Majestades lo único diabólico que ofrecen es su aspecto. 
Es innegable, aunque no lo digamos, siempre lo hemos pensado, en este infierno o en cielos cercanos, "sigue estando Dios de nuestro lado". 
De ángeles caídos y de otros que no eran tales ángeles pero tenían magisterio en eso de caer siempre hemos sabido algo. Los caminos que conducen inevitablemente al suelo, el apretón de dientes y los puños cerrados, las fuerzas desconocidas y halladas en lo más profundo del ser para rodilla en tierra volver a erguirse, los pasos vacilantes al principio y sin rumbo determinado una vez recobrada la vertical y la irreductible convicción de no dejarse vencer.
Y aún así carecíamos de fe, de esa que muchos exhiben golpeándose en el pecho y preparando los pies para patear al prójimo. 
El paso por los infiernos y la convivencia con nuestros íntimos demonios fueron y son otra forma de recordar. Más fidedigna y vigente que aquellas otras que el tiempo desdibujó por propia voluntad o por la incapacidad de conservarlas en la memoria. 
Pero fijamos la mirada en la línea del horizonte y las esperanzas murieron en la orilla rotas como la cresta de olas de ida y vuelta que no van a parte alguna. 
Y sí, había dioses y duendes, criaturas marinas y terrestres, cielos e infiernos, mundos y submundos y estelas en el agua y en la arena. Pasos perdidos sin dirección, saltos al vacío sin retorno y sueños rotos, la mayoría no recordados. 
Y aquella tumba que no era más que un agujero en la tierra, donde enterramos los mejores años, lo aprendido y lo anhelado, lo que éramos y lo que íbamos a ser, los libros, los discos y las botellas que no nos bebimos. También a aquellos que se fueron y ya no estarán. Cerramos aquel hoyo sin la consciencia de quedar sepultados. 
Hasta hoy. O ayer, cuando resucitamos.

sábado, 19 de marzo de 2016

Maniobra de resurrección

Tras 20 años de espera, de una espera que no sabíamos siquiera que era una espera y por tanto dejaba cerrada la puerta de la desesperación, hoy es el día. 
Era otro tiempo. Incluso otro siglo. Pero aquí estamos. Seguimos. Resucitamos. Creíamos sin tener fe. Soñábamos, siempre. Vivimos; con lo que nos dejamos atrás, con lo que nos da el día a día y con lo que nos trae el mañana. 
Hoy tengo la ilusión de un niño. La excitación y los nervios que provocan descontar las horas mientras se bordea la impaciencia. Son varios meses descontando y eso son muchas horas y minutos. 
No soy santo, nunca lo fuimos ni quisimos serlo. Y tampoco soy Pepe, Pepito, José o Don José; ni siquiera Joselito. Y sí, soy padre; por lo que mi mejor regalo fue cuando nacieron los piratas y no necesito de días como éste para recordar o saber lo que soy. 
Es más, hoy el regalo lo hago yo. Bueno, yo pongo los boletos, el regalo espero que nos lo hagan los 'Cero'. En este preámbulo de la Semana de la Pasión, descreído como soy, aspiro a ser testigo de esa maniobra de resurrección. En tierra de olivos, sin más cielos que ese color de vino y desde mi propia Torre de la Vela. 
20 años más tarde ya no nos maqueamos para ir a un concierto. No renunciamos del todo a la estética, pero preferimos buscar un espacio en la ética; incluso en esa de las cosas pequeñas, esas que a veces sin darnos cuenta, desde nuestra inconsciencia, mutan en algo más grande. 
2016 será lo que tenga que ser, pero para algunos, dos décadas después, será ya para siempre el año en el que regresaron 091. Por un instante, por un momento, daremos cuerda hacia atrás al reloj y puede que hasta seamos capaces de reconocernos. Moviendo los pies y las caderas, con la sangre hirviendo y aquel brillo sin fragmentar en la mirada.

sábado, 24 de octubre de 2015

Putney bridge

Algo se barruntaba en los últimos tiempos en Granada. Como el murmullo que precede al agua. Y los ecos llegaron hasta aquí. Pero no era más que eso, el runrún. El ruido que no ahoga el silencio. No había confirmación. Hasta ahora, cuando primero el Ideal y después El Independiente de Granada anuncian el regreso de 091. 
El retorno del grupo que pudo ser. El que cosechó menos de lo que merecía, a pesar de ser una de las grandes bandas de rock de España. 
Vuelven tras 20 años de su disolución y habiéndonos dejado en herencia a Lagartija Nick o la carrera en solitario de José Ignacio Lapido. 
Y ese regreso nos pilla también con dos décadas más a nuestras espaldas. Es en cierto modo, como aquella novia que tienes a los veinte y que el tiempo te devuelve años más tarde, siendo la misma chica pero convertida en otra persona. Los años han pasado por los dos, pero tú miras a la chica de ahora esperando ver a la de entonces. Quizás perdiendo la perspectiva de que tú tampoco eres ya aquel tipo que movía los pies en un concierto de los 091 con la vida por delante, cuando Granada-Jaén-Madrid estaban más cerca que ahora, las barras de bar eran hospitalarias, las noches no morían hasta el amanecer y esa vida tenía una banda sonora. 
Ahora, como Borges, darías cualquier cosa por saber qué se ve en el espejo. Consciente de que siempre es menos arriesgado enfrentarse a lo que está tras el cristal y por supuesto, que a través de él se contempla la vida con una cómoda distancia. 
La otra tarde la pasé laborando y escuchando a los 091. Puede que tuviera algo de premonitorio, pero también e innegablemente es una forma de volver a lo vivido. Como un ejercicio de recuperación de lo conocido, a sabiendas de que la memoria te devuelve una recreación tramposa. 
No todo está mal. Burning celebra sus 40 años en los escenarios, aunque aún no hayamos logrado descifrar que hacía una chica como aquella en un lugar como ese. Los Ilegales de Jorge Martínez presentaron nuevo disco. Y se anuncia el retorno de 091. 
Pero nos falta Strummer. Y solo nos queda subir a la Torre de la Vela o dejar Putney bridge atrás.