viernes, 21 de diciembre de 2018

Cutreluz

Lo de las luces de Navidad en Jaén da para una de misterio. Ahora sí, antes no. En unas calles, sí; en otras, no. En los barrios, depende; en el centro, por supuesto. ¿Qué será de nosotros el día que nos cierren los grandes almacenes? ¿Quién nos alumbrará? 
Estética al margen, es evidente que algo ha cambiado. Será por aquello de que el próximo año hay elecciones municipales. El caso es que se ha prescindido del cutrerío de otros años, cuando predominaba la escasez de luces y de luz. Antes salías y en vez de animarte a estar en la calle te daban ganas de volverte a casa. La iluminación era una invitación al recogimiento. 
Estas navidades, los jiennenses salen a la calle y, orgullosos, se hacen fotos frente a las bolas y paquetes luminosos instalados en la vía pública. Si antes teníamos un árbol de navidad, ahora dos; uno de Diputación y otro del Ayuntamiento. Y a los de Ciudadanos y a los de VOX porque no les ha dado tiempo a ponerse de acuerdo, que si no colocan uno más grande y libre. Eso sí, coronado con una bandera, que para estrella ya tenemos la Michelin brillando en San Ildefonso. 
Como ya saben la luz no tiene porqué iluminar las mentes. Hay quien prefiere habitar en la oscuridad e incluso devolvernos a ella. Desandar en lugar de avanzar. Y como tampoco llueve a gusto de todos, las luces han fundido los plomos a los comerciantes de Roldán y Marín, que ven como tanto acto promocional municipal impide el acceso a sus comercios y por tanto, les condena a no vender o a vender menos, que no es lo mismo pero tiene idénticas consecuencias. 
Además, y será por aquello de que alguien tenía que financiar las bombillas y los chirimbolos, asistimos enfadados a la exhibición con fines publicitarios de vehículos en la vía pública, ocupando un espacio que pertenece a los peatones y afeando el entorno. 
Lo más sonrojante, los dos ‘cochecitos’ situados al principio y al final de La Carrera. No cabe duda de que estamos en manos de visionarios y de que al resto no nos alcanza para comprender. Debe ser la paradoja de la peatonalización: los coches no abandonan la calle, pero en lugar de circular, permanecen parados y sin conductor, imposibilitados para desplazarse. El triunfo del hombre sobre la máquina. La victoria del peatón. 
Al final crearán tendencia y acabaremos colocando un coche de juguete con un palillo y un trozo de tela o de papel a modo de banderola en el portal de Belén. Por aquello de que no nos llamen antiguos o nos digan que vamos cortos de visión. O por aquello de que la realidad supera a la ficción. A fin de cuentas 2019 será un año en el que veremos burros volar. Ya verán, ya. 
¡Felices fiestas a todos!

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 20 de diciembre de 2018.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Los bordes de los mapas

Me gustó nada más leerla: “los bordes de los mapas”. No es una expresión compleja. Más bien todo lo contrario, simple y fácil de comprender. Pero me resultó evocadora de líneas reales e imaginarias que delimitan territorios tangibles o intangibles. La autoría, al menos en esta ocasión, corresponde al escritor Sergio del Molino y aparece en su última obra “Lugares fuera de sitio”. Yo la he apresado en el último número de “Tinta Libre”, el 64, del mes de diciembre.
Hasta sacada de contexto y leída literalmente tiene sentido en los actuales tiempos de intransigencia y obstinación. De hecho por un momento no pude evitar pensar en una manada de bordes escupiendo hiel por sus bocas y arrasándolo todo a su paso en nombre de no sé qué falacias. 
Solo fue un instante. En realidad, me dejé transportar a espacios conocidos y a otros por explorar. Estuve en la habitación donde el peque trazaba con el dedo sobre el mapa aquellas líneas que separaban unas provincias de otras, unas regiones de otras, unos países de otros hasta el borde de aquello que había aprendido era un continente. 
Pisé la isla donde los piratas trazaban con desigual destreza y, sin embargo con precisión, líneas y referencias que conducían a aquella cruz marcada en rojo donde se entierra el cofre del tesoro. 
Observé a aquel tipo al que pocos tomaban en serio con la mirada perdida en el cielo y una sonrisa en el rostro mientras dibujaba líneas curvas y rectas que atrapaban estrellas y planetas y abrían caminos a las constelaciones. 
Entré en el camarote del capitán. Allí donde el viejo lobo de mar volcado sobre el escritorio con el sextante a un lado anotaba grados en los cuatro puntos cardinales entre paralelos y meridianos encomendándose a los vientos. 
Me contemplé avanzando despacio por un sendero en tierras irlandesas, gallegas o francesas; de esos de tierra que solo desprenden polvo cuando aprieta el sol y se embarran cuando llueve. De esos que mueren en el mismo filo de un acantilado. De esos que no puedes negar que te han conducido al borde del mapa. 
Y pensé también en aquellos otros límites esbozados en mapas inexistentes más allá de la imaginación. En los bordes de los territorios explorados o inexplorados del interior, aquellos que se conocen con el paso del tiempo, pero también aquellos que nunca se alcanzan. 
Recorrí por momentos el margen del abismo, de los abismos que se abren a nuestros pies y ante los que no sabes si saltar o dar un paso atrás. Acaricié con dedos cansados las cicatrices, las viejas y las más recientes, las cerradas y las abiertas, las que duelen y las que ya apenas se sienten, a sabiendas de que ellas también son bordes de mapas. Y me adentré una vez más en los valles de la memoria donde se cruzan las líneas rojas que separan el olvido del recuerdo. 
Sonreí al descubrir la pequeña bola del mundo sobre la mesa. Y reí más aún cuando la hice girar sobre su eje y todos los bordes de todos los mapas se fundieron en un vertiginoso azul. 
Salí a la calle. Deambulé por vías estrechas y por no tan estrechas avenidas, por plazas y plazoletas y por callejones zigzagueantes hundidos entre los muros de piedra. La ciudad y sus venas. Las líneas de su urbana mano. Las calles, plazas y callejones, tan cercanos y cotidianos, son los bordes de mi mapa más tangible y no obstante, en numerosas ocasiones, lejano.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Rafael Valera, un hombre cabal

Se ha marchado Rafael Valera. Casi sin hacer un ruido. Diría que se ha ido con una toná y martinete, aunque dada su socarronería lo más razonable es que lo haya hecho con una seguiriya o por bulerías. Y eso sí, con su inseparable puro entre los dientes. 
Sabía como tantos otros que en los últimos tiempos andaba tocado en su salud, pero creía también como la mayoría que era algo pasajero, nada que no curase un vino del ‘Gorrión’ y un cantecito. 
No puedo decir que frecuentara su compañía, pero sí que le conozco (perdón, que le conocía) desde hace muchos años. Obviamente, a través de mi padre, cuando la Peña Flamenca no era lo que es ahora, y asociado siempre a Leo, al que la enfermedad visitó temprano y para quedarse. 
Eran aquellos tiempos en los que el local de la calle Maestra, desangelado y con una pequeña barra al fondo a la izquierda, bullía en la noche del Jueves Santo. Cuando era lugar de reencuentro con aquellos jaeneros que vivían fuera y no faltaban a la cita con “El Abuelo”. 
Yo iba con mi padre, con Carmelo y con algún ‘santo bebedor” más. Y si la memoria no me falla eran habituales el hermano de Carmelo, Rafa, que venía de Sevilla a sacar el paso, Luis Gallego, que venía de Madrid, o el “Tito Adri”, que creo era el encargado de la barra de la Peña en aquella época. También era habitual ver por allí a Rosario López, antes de acudir al cantón de Jesús a cantarle en la madrugá una saeta al Señor, y al hermano de Juanito Valderrama. 
Años después, cuando regresé como periodista, volví a toparme con Rafa Valera. Y a conocerle a través de Fernando Arévalo y de Pedrito Garrancho, que me contaba aquellos días de Radio Cadena Española; incluida la compra de discos en Galerías Preciados con el entrañable Teo, al que aprendí a recurrir hasta su jubilación cuando era yo el que quería adquirir un disco. Primero en Galerías y en su última etapa, en El Corte Inglés de Navas de Tolosa. 
Tengo (tenía, en realidad siempre lo tendré) a Rafa Valera como un hombre cabal. Igual que había y hay flamencos cabales. No solo por su comportamiento en la Peña Flamenca, facilitando a cualquier periodista su trabajo e ilustrándolo sobre los artistas que se iban a subir esa noche a las tablas. Lo evoco con su pachorra, el puro y esa citada socarronería en una noche en que el artista era ni más ni menos que Antonio Núñez “El Chocolate” y la encargada de entrevistar al cantaor para Diario JAÉN aquella noche era mi santa. Como era una enciclopedia viva y andante del flamenco (basta con leer sus piezas en la revista “Candil” o las posteriores en Diario “Ideal”) le recetó la biografía completa del artista y antes de presentárselo le dijo: y ahora cuando lo veas sabrás porque le llaman “El Chocolate”. Solo había que mirarle a la cara. 
Lo tengo por un hombre cabal sobre todo por una anécdota que protagonizamos ambos y que refleja como era Rafa. 
Hubo un tiempo en que al anochecer yo bajaba la avenida de Granada hasta las instalaciones de RTVE a ver y a hablar con Fernando Arévalo, el director de la casa. Me decía, niño, baja sobre las nueve que a esa hora estoy ya solo y así no nos molesta nadie. La cosa es que una de esas noches o yo bajé antes de hora o Rafa salió más tarde de la suya. O ambas. El caso es que Fernando le dijo, muy serio: Rafa, él no está aquí y no ha estado aquí. Creía Fernando, sin que yo nunca haya sabido el porqué, que aquellas visitas podían perjudicarme. Y a partir de ese momento, en alguna otra noche en que coincidimos en la emisora, Rafa me miraba, se señalaba con el dedo de una mano y con la otra hacía el gesto de cerrar su boca. 
De aquellos encuentros solo quedo yo como testigo. Y que yo sepa, hasta hoy solo sabían de ellos dos personas a las que yo se lo dije en su día. Para mí fue una etapa de aprendizaje y confidencias. Tenía la cuita Fernando de que mi padre no había querido concederle una entrevista para la desaparecida revista “Al Sur”. Yo sabía porque no se la había concedido y sin entrar en muchos detalles le explicaba a Fernando que mi padre decía algo que para un periodista es terrible y es “que el que pregunta se arriesga a que le manden a tomar viento (dicho con finura) o a que le mientan”. Lo cierto es que mi padre era más pudoroso de lo que muchos puedan pensar y creía que nadie iba a creer aquellas correrías en Madrid con Rita Hayworth, con Ava Gardner, con Dominguín, con Paco Camino, con el “Tío Micky” y con tantos otros. O aquellos encuentros con Hemingway en la barra de Chicote (decía mi padre que nunca había visto beber whisky a nadie como al escritor estadounidense. Y eso viniendo de mi padre no dudo de que era un elogio). Y mucho menos creerían el episodio vivido en Londres con el gran Xavier Cugat y su santa de entonces, Abbe Lane, que algún día revelaré. 
Para completar mi instrucción sobre mi progenitor, Fernando Arévalo me puso al día de sus andanzas conjuntas en las noches jaeneras, en tabernas, en algún night club y en garitos escasamente recomendables muchos de ellos ya desaparecidos. A la par aprendí bastante sobre los personajes que en esa época dominaban la vida política, empresarial y social jiennense, con el correspondiente mote con el que Fernando bautizaba al personaje en cuestión. 
En aquellas noches tuve ocasión de ser testigo privilegiado y único de numerosas conversaciones telefónicas con muchos de aquellos ‘mandarines’. Fernando no necesitaba salir de su despacho para estar informado de casi todo lo que ocurría en Jaén y provincia e incluso en algunos despachos de Sevilla o Madrid. Se arrugaba ante el cara a cara, pero desde el teléfono era el amo. 
No lo había contado nunca. Hasta ahora. Igual que Rafa Valera, que guardó tan bien el secreto que se lo ha llevado hasta la tumba. Un tipo cabal; de esos que cuando se va te das cuenta que de alguna forma se te ha quedado dentro.

Artículo publicado en el blog "En Jaén donde resisto", el 5 de diciembre de 2018.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Diálogo y soluciones

Soluciones. Eso es lo que piden los ciudadanos a la Administración. Y eso es lo que piden los comerciantes del centro de Jaén al ayuntamiento. Soluciones. 
Lleva razón el alcalde cuando afirma que el cierre de algunos comercios no es consecuencia del proyecto de peatonalización del centro. Pero no es menos cierto que este proceso se ha hecho mal y con muchas prisas para conseguir los fondos DUSI y que es inviable sin un transporte público eficaz, incluido el tranvía, y sin más plazas de aparcamiento. 
Lo de sacar pecho, señor alcalde, sobra. Afirmar que prefiere “tomar decisiones duras y valientes antes que ser un acobardado” es ridículo, más cuando es sabido que a la fuerza obligan. Y de muestra hay botones para montar una mercería hasta en el centro.
En el manual de todo buen gobernante debe aparecer en algún lugar prioritario la obligación de dialogar y para ello es necesario escuchar. Los comerciantes piden eso, hablar y ser escuchados para encontrar una solución. No se oponen a la peatonalización. Como la mayoría de los jiennenses y de los vecinos de otras ciudades españolas y europeas están a favor de ganar espacio urbano para las personas a costa de los coches y también de terrazas y tenderetes varios, que en Jaén, como también es sabido, proliferan como setas porque nadie toma decisiones duras y valientes. 
Y las que se toman son como la de destruir la plaza de Deán Mazas o la de ese adoquinado de pega, el hormigón impreso, que atentan contra el patrimonio y las señas de identidad de la ciudad. Decisiones difíciles de entender y compartir. 
El amigo Francisco Jiménez Rabasco afirma que "el pequeño comercio ayuda a humanizar las ciudades". Cierto. Y da vida a los centros urbanos. Pero, ¡ay, los peros!, también los comerciantes deben poner de su parte, porque el comercio jiennense no es competitivo y debe buscar fórmulas para evitar que los jiennenses prefieran comprar en Granada a hacerlo en Jaén y para minimizar la cultura del mercadillo, tan arraigada en esta ciudad, y que junto al comercio online es su principal competencia.
Lo que es indiscutible es que si los clientes no tienen un fácil acceso al centro dejan de ir y optan por otras zonas de la ciudad. Y las ventas caen; hasta un 30 por ciento, según algunos comerciantes. Y eso a medio y largo plazo es una ruina e implica el cierre de más comercios y el abandono del centro de la ciudad. 
Diálogo. No es una receta mágica, pero es una forma bastante sencilla de comenzar. Alguien debe tomar nota, los comerciantes del centro han salido a la calle a protestar porque ya están hartos. Algunos no lo habían hecho nunca, lo que también es significativo.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 28 de noviembre de 2018.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Estrellados

Ya lo saben, la Guía Michelin se ha acordado de nosotros. Hasta en el cielo de los olvidados hay lugar para una estrella. 
Nos hemos sentado a la mesa del poderoso. Con nuestro aceite de oliva y con el nombre de Jaén en el mapa. 
No estamos acostumbrados en esta tierra a ser protagonistas de buenas noticias. A que se reconozcan nuestra gastronomía, nuestra materia prima o nuestro legado. Tampoco a que el talento haga sombra a la mediocridad. Esta Estrella Michelin al restaurante Bagá es todo eso. Y también es una oportunidad. O debe serlo. 
Alguno recordará aquel tiempo de papas a lo pobre en María ‘La Guarra’, mientras en Madrid lo chic eran los huevos estrellados de Lucio. Entonces nuestra tierra y nuestras gallinas carecían de glamour. 
Pedro Sánchez es un cocinero que tenía flor y a partir de ahora también tiene estrella. Ojalá sirva para variar el rumbo de esta provincia más habituada a estrellarse que a brillar. Ojalá que esa apuesta y esa inversión se repitan con otros protagonistas y otros sectores. Ojalá que los telescopios dejen de ser caleidoscopios. 
Tomen nota los escribanos. Aunque la caligrafía sea dudosa y se cuele algún borrón antepongan la ética a la estética. Cuando se unen gastronomía y astronomía es conveniente mantener los pies pegados al suelo. Para volar ya está la mente. 
No olviden que es difícil llegar, pero aún lo es más mantenerse y avanzar. No hace falta que les diga aquello de saber de dónde venimos para saber dónde estamos y sobre todo a dónde nos encaminamos. Y recuerden que aunque sea Michelin la guía no ofrece ruedas de repuesto. 
No es oro todo lo que reluce, pero nadie puede privarnos hoy de este brillo.


Mi artículo para SER Úbeda, del 26 de noviembre de 2018.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El rostro de la censura

Narraba García Márquez que “El coronel no tiene quien le escriba”. Al alcalde de Jaén no le gusta ni que le escriban ni que hablen de él, salvo ‘apesebrados’ y ‘bienpagaos’ que solo alzan la pluma y la voz para la alabanza. 
En democracia, aunque haya elecciones a la vuelta de la esquina, hay que aceptar las críticas y respetar los compromisos. No se pueden posponer acuerdos como el de la recuperación del tranvía, dando un bajonazo a los ciudadanos con la excusa de los ‘vagonazos’; floritura para un titular de prensa que suena más a condición superlativa de persona perezosa que a cuitas por el transporte público. Probablemente al ideólogo le traicionó el subconsciente y deja retratadas las intenciones y a algún protagonista. ¡A los bajos, maestro, y que no asome el estoque! El resultado ya sabido es que cuando asoma la espada no te puedes refugiar en tablas y la muleta rara vez sirve para tapar vergüenzas. 
Tampoco es propio de demócratas el gusto por la mordaza y las tijeras. Creíamos que en estos lares la censura era propia de otras épocas y de otros personajes. No como ese coronel americano menguado de epistolario, sino como ese general tan nuestro que aún remueve los huesos de los otros y hasta alguna higadilla siempre al amparo de la Santa Cruz. 
Quizás sean los nuevos tiempos del PP de este Pablo Casado, al que por cierto el alcalde brindó su apoyo, empecinado en mostrar su falta de seriedad, moderación e ignorancia (sea cual sea la materia abordada) y esa mezcla de nostalgia y querencia por imponer y no por convencer. 
La censura deja al descubierto miedo y debilidad. A lo que puedan decir, a lo que puedan escribir y a las consecuencias. Y en estos tiempos de ánimas y fantasmas nos muestra la verdadera cara de los vivos. De esos tan vivos que olvidaron adelantar el reloj durante 40 años y ahora sueñan con retrasarlo. 
“INICIATIVAS, andamios para las ideas” ha sido víctima de la censura municipal. Yo añadiría que también de la torpeza de algún celoso e incluso celado edil. Le han escamoteado el espacio de la Plaza Santa María con el peregrino argumento de que “está reservada para otro tipo de eventos”. ¿Cuáles? Pongan ustedes los ejemplos que estimen, yo tengo suficiente con aquella imagen de los autobuses estacionados ante el templo. 
El Ayuntamiento prefiere la desmemoria frente a la ‘Memoria del patrimonio perdido”, que planteaba INICIATIVAS con un acto lúdico y reivindicativo el “Cementerio de los monumentos olvidados”, coincidiendo con la Noche de Halloween. 
Saben bien nuestros munícipes que es más afilada la lengua de los vivos que la de los muertos. Y faltos de voz y de crédito, temen a aquellos que puedan ser escuchados. Silenciar a los vecinos no es un buen remedio. El 3 de diciembre los muertos vivientes que nos gobiernan pueden despertar con el cántaro roto a sus pies y el temor a que en la primavera, cuando sea el turno de elegir una nueva Corporación municipal, las voces que se han querido apagar hablen en forma de voto. Y entonces, más de uno como el viejo coronel querrá alguien que le escriba.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 8 de noviembre de 2018.




domingo, 4 de noviembre de 2018

Difuntos

Hoy he ido a llevarle flores a mi abuela. A ella, a mi abuelo, a mis primos, a mis tíos…, a todos los que están bajo la losa blanca del panteón. 
No soy de culto a los muertos. Pero le prometí a mi abuela, ante su temor a que no hubiera nadie para hacerlo, que mientras estuviera por aquí yo le llevaría flores al cementerio de San Eufrasio. 
Soy consciente de que en ello hay una parte de tradición y otra de rutina y ritual. La compra de las flores, la subida hacia el cementerio por la calle de las Cruces, el acceso al camposanto y la bajada por el sendero central hasta el lugar donde se halla ubicado el panteón familiar. 
No voy a hablar con ella. Obviamente tampoco puedo verla y si pudiera hacerlo, carecería de sentido. Ella ya sabe casi todo de lo que yo podría contarle; ignora el desenlace, pero siempre fue conocedora del desarrollo. A fin de cuentas, el relato no varía tanto como queremos creer y en muchos aspectos y en muchas vidas es reiterativo. 
Me han acompañado mis piratas. No es la primera vez que lo hacen los dos o alguno de ellos. Y espero que en el futuro lo sigan haciendo. Porque siempre hay algo de desasosiego en esta visita. Y porque es importante que ellos conozcan el significado y la realidad de las cosas. 
Pese a lo que muchos piensan y afirman, ni siquiera hay igualdad en la muerte, salvo en el hecho de que todos morimos. Ni en la forma de llegar a ella, ni en la última morada. Y los cementerios son una clara muestra de ello. 
Es una pena el estado de abandono en que se encuentra este cementerio. No es extraño, porque si no hay respeto para los vivos ¿porqué iba a verlo para los muertos? A nuestros representantes en las instituciones se les llena la boca de promesas y proyectos y cuando incumplen no tienen pudor en responsabilizar al adversario político. La culpa siempre es del otro. Y la realidad, de todos. 
Hace algún tiempo Patmos e Iuventa propusieron transformar el cementerio en un parque al estilo de algunas grandes ciudades europeas. Sería una conversión maravillosa. Yo hasta instalaría un kiosco con veladores. Me sentaría a tomar un café y dejaría la vista perderse. Incluso me gustaría disfrutar de la música de un cuarteto de cuerda o de una banda de rock, por supuesto en acústico. Y dejaría que los peques correteasen alrededor, mezclando sus juegos, sus risas y sus llantos con el silencio de los difuntos. Transmitiendo en cierto modo vida a las piedras, a las cruces y a las lápidas. 
Entre la vida y la muerte prefiero lo que rodea a la vida. Pero soy consciente de que ambas forman parte de una misma unidad, son origen y destino en el que media ese tránsito que protagonizamos y compartimos y en el que visto lo visto a lo largo de los siglos nos cuesta mucho aprender y diferenciar lo necesario de lo accesorio y lo que es peor, el bien de mal. 
Ahora por intereses mercantiles y por lo que podríamos denominar neocolonialismo se impone en estas fechas en aras de la globalización o la homogeneización y a modo de invasión o franquicia la fantasmagoría anglosajona. Reconozco que como casi siempre ante los que ostentan el poder la lucha es desigual y nuestras ánimas en esa batalla no son una excepción.
Aún así y sin tener nada en contra ni a favor de la fiesta de Halloween, yo prefiero las leyendas de Bécquer, el Don Juan de Zorrilla y a mi Pobrecito Hablador, Don Mariano de Larra. Cosas de la edad, supongo. 
Recuerdo que, al regresar a Jaén allá por los años 90, en la noche del 1 de noviembre mi santa y yo íbamos a cenar a casa de mi abuela y de mi padre. Formaba parte de la tradición asociada a estas fechas de santos y difuntos. Que salvando las distancias se asemeja a ese Día (noche) de los muertos festejado en México. 
De igual modo que pervive en la memoria de lo intangible el olor a castañas y el de las batatas cociendo en el puchero con azúcar, canela en rama y en ocasiones, un chorreón de vino. 
En lo tangible permanecen los buñuelos y los huesos de santo, aunque a mí estos últimos no me gustaban y hasta me parecía de mal gusto su denominación. Y por supuesto, las gachas; una costumbre a la que no nos hemos desacostumbrado en casa, así que hoy bullen en la cocina la leche, la maizena, la canela en rama, los cuscurros de pan (sin gluten), la matalauva (matalahúva) o el aguardiente, la raspadura de limón y las almendras. 
Quizás de alguna manera podemos concluir que hay un recetario para la vida y otro para la muerte. Ácido y dulce a partes desiguales. 
2 de noviembre de 2018, Día de difuntos en esta ciudad dormida que a veces parece muerta. 
“Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados, ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen”¹.
¹. “El Día de Difuntos de 1836 (‘Fígaro’, en el cementerio)”. “Artículos”, Mariano José de Larra. Colección Crisol. Núm. 025. AGUILAR. Santillana Ediciones Generales 2002.

 Artículo publicado en el blog "En Jaén donde resisto", el 3 de noviembre de 2018.