miércoles, 19 de octubre de 2011

Damas

Escucho a Omara Portuondo, gran dama de la música. Pienso en la dama de blanco, más allá de la siempre recomendable novela de Wilkie Collins.¡Qué cara es la libertad! Y que débil suena el grito para reclamarla cuando el aire apenas parece escapar de la garganta, cuando la opresión no es ajena siquiera a ese aire. Como si sólo existiese el silencio, y el grillete que se ciñe a la piel pareciera desaparecer para tornarse invisible y así apresar sueños y esperanzas.
Cuando las cadenas esclavizan sin necesidad de ser vistas o tocadas hay quien busca en el murmullo su canto de libertad. Y emite ese canto, a la espera de que otras voces se le sumen, a sabiendas de que él que escucha a través de múltiples oídos y ve por los ojos de otros hace tiempo renunció a ese mismo canto.
La dama de negro ha visitado a la de blanco. Una visita definitiva. Ya no remontará el vuelo, pero ha dejado dibujada en la Isla su estela para que otros puedan seguirla.
Al construir con la ideología jaulas, se contrae el espacio para soñar. Y los barrotes, visibles o no, apenas permiten esbozar el vuelo. Sin embargo, no hay prisión que logre acallar el canto, sea murmullo, gorjeo o plegaria. Y tampoco la muerte puede apagar la llama de libertad de una dama, que es faro sin necesidad de convertirse en estatua, ni de alcanzar la inmortalidad.

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