martes, 9 de octubre de 2018

La sombra del invierno

Ya está aquí la sombra de un invierno de días oscuros. Se deshoja la margarita de unas elecciones anticipadas, defendidas por los que viven la incertidumbre de un calendario judicial que intuyen no les beneficiará. Y claro, Ciudadanos, agarrado a aquellas encuestas que les hicieron creer que eran caballo ganador. Han pasado de jugar a ser el Macron español a destaparse como producto de ese fantasma de la extrema derecha que amenaza a Europa; el oscuro invierno. 
En Andalucía, la convocatoria de elecciones está en manos de su presidenta. Si, no. No, sí. Abandonada por Ciudadanos, al menos en apariencia, le cuesta dar el paso. Susana Díaz no lo acaba de ver claro. Están la amenaza de la sentencia del ‘caso de los ERE’ y el recuerdo de que la de Gürtel se llevó a Rajoy por delante y las dudas ante una convocatoria electoral en Cataluña que engulliría las elecciones andaluzas. 
Ya saben, elecciones en diciembre o todo queda para 2019 con el temor a unas elecciones generales anticipadas. 
A priori, el PSOE cuenta con Ciudadanos para seguir gobernando en Andalucía, pero los gobiernos, pese a algunos, son cuestión de aritmética y ser el partido más votado no es garantía de nada. Díaz lo sabe y por eso cuida Sevilla y no pierde de vista a Jaén, los dos graneros del voto del PSOE. 
Por eso tantas y tan frecuentes visitas en los últimos tiempos a Jaén, la provincia olvidada hasta en una campaña de promoción turística de la propia Junta de Andalucía. No estaría de más que esas visitas vinieran acompañadas de inversiones y proyectos. 
La última visita, ayer, a inaugurar en Alcalá la Real la exposición dedicada a “Juan Martínez Montañés, “el dios de la madera”. Para demonio y más afín con la política imagino que ya está Gepetto.


Mi artículo para SER Úbeda, del 8 de octubre de 2018.

jueves, 4 de octubre de 2018

Anomalías

Ya estamos de vuelta todos. O casi todos, porque algunos están de vuelta y media y a otros habría que ponerlos así. Volvemos y nos encontramos con que el verano no se ha ido y padecemos eso que algún modernito en plan ‘cool’ denomina ‘veroño’. Que rima con memoria. En realidad, es lo que siempre se ha conocido como el veranillo de San Miguel o del membrillo, pero a alguno le parecerá una anomalía. 
Regresar significa también reencontrarnos con nuestros horrores cotidianos, los políticos. La verdadera anomalía. Ya lo saben, la nueva cara del PP, Pablo Casado, falto de ética y sobrado de lengua, se ha despachado con eso de que el gobierno en Andalucía es “inédito y una anomalía”. Es decir, que en esta tierra somos anómalos (se entiende que cuando se vota al otro), que viene a ser como si nos llaman ‘subnormalos’, ‘anormalos’ o similar delicatesen. 
Aunque en Jaén, también en Almería, de delicatesen debemos estar escasos. Vamos, que para la Junta de Andalucía carecemos de sabor. Hablando en plata, que somos unos sosos, unos ‘desaboríos’, y por eso nos dejaron fuera de “Andalucía, paisajes con sabor”, una campaña para promocionar la gastronomía andaluza. 
Es cierto que a última hora y por diversas presiones se ha rectificado, que dicen es de sabios, pero el daño ya estaba hecho; a la provincia, a los jiennenses y a otras instituciones, curiosamente del mismo color político que la Junta, como la Diputación provincial, cuya labor promocional y apuesta por Jaén están ahí. Una vergoña. Que también rima con memoria. 
Quien no rectifica o no tiene enmienda es el Ayuntamiento capitalino. La lista es larga. Y va por barrios. Como muestra, la basura. Además de literalmente tener ratas en el centro de la ciudad, y me refiero a los roedores, hay menos contenedores. Y los que hay están colocados que ni a propósito para dificultar el paso o la visión. ¿Sabe alguien a quién debemos esa ubicación de los contenedores y cuál ha sido el criterio para colocarlos? ¿O es el libre albedrío? 
Por cierto, una anomalía es tener un alcalde al que no ha votado nadie. Le ha dado ahora al regidor por salir en todas las fotos posibles y por el pajarito azul de twitter, será para justificar la contratación de su gestora de redes personal o por imitar al presidente Trump. El caso es que avanzamos en lo virtual y retrocedemos en lo real. 
Olvídense de las rimas y preserven la memoria. Tenemos la espada de las elecciones sobre nuestras cabezas. Y el voto es nuestro. Échenle memoria y cabeza cuando llegue el momento. El verano se irá, pero me temo que también en invierno seguirán prodigándose los membrillos. Y no es una anomalía.

Mi artículo para SER Jaén, "La Colmena", del 4 octubre de 2018.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Castillo de naipes

Cuando el castillo de naipes se derrumba solo queda un puñado de cartas esparcidas. Son los restos de un naufragio sin la baraja marcada, porque en ese castillo los números o letras rojos o negros de las cartas carecen de valor. Pero eso sí, siempre estará en la sombra la dama de corazones, habitando en el territorio de la memoria entre las verdades rotas y las promesas incumplidas. Y el joker, boca arriba y con expresión burlona. 
La A de los ases asemeja un tejado que ya no cobijará a nadie y la mirada distraída sobre los ochos te muestra el infinito mientras nueves y seises juegan al engaño. En el suelo, los doses reiteran una innecesaria redundancia. Y el rey de trébol, como aquel emperador desnudo convencido de vestir elegantes ropajes, no logrará persuadirte de su suerte al no poseer siquiera un reino de papel. 
Los naipes son inconsistentes. Un golpe en la mesa, un soplo de aire o el impacto de un objeto desnudan su vulnerabilidad. Aún así albergan a la par fortuna y ruina. La experiencia te dice que ambas son transitorias y que aunque el castillo se derrumbe siempre podrás elevar uno nuevo sobre el tablero. También te enseña que puede ser duradero, pero nunca eterno. 
No hay que olvidar que las cartas siempre se mueven entre los dedos y que unas manos rápidas son capaces de crear espejismos donde desaparece el azar y solo pervive el deseo. 
Al contemplar el puñado de naipes esparcidos algunos infiernos parecen ahora lejanos. Sin embargo, los demonios nunca desaparecen del todo. Ni siquiera entre las cartas. 
La duda es si merece la pena levantar un nuevo castillo. Y la pregunta, sin respuesta certera, es ¿quién habita en el castillo de naipes?

sábado, 8 de septiembre de 2018

La fuente



La cabeza tiene esas cosas. Sin saber muy bien porqué te hace pensar y te fija una imagen que en apariencia poco tiene que ver con ese pensamiento. 
La realidad es que después de tres semanas de laboro intenso hacía yo un balance sobre la marcha de esos que probablemente te aconsejan no hacer, porque pone de manifiesto la vacuidad imperante en distintos ámbitos y niveles. El caso es que me vino a la cabeza la imagen de la fuente de piedra del patio. Y mientras bajaba precisamente hacia el patio, sin saber muy bien la causa o quizás sí, me preguntaba si el próximo mes de septiembre volveríamos a encontrarnos.
Acaba de abandonar el palacio un grupo de turistas y los alumnos están en las dos aulas donde se imparten las dos últimas actividades docentes de este estío, así que estamos solos la fuente y yo. En silencio, porque yo no articulo palabra y el agua no brota en ella. Ambos debemos tener los circuitos en reposo. 
La contemplo en su aparente soledad en el centro del patio. Y digo aparente porque los cuatro naranjos la acompañan como guardias de corps que estuvieran dispuestos si fuera necesario a dar un paso para protegerla con sus vegetales vidas. Pienso que la verdad está en la piedra, porque hasta el agua miente en su falso brotar prediseñado. 
Septiembre siempre es un mes de tránsito. De final y principio. Este año hasta el tiempo ha querido acentuar esa condición de cierre de temporada y los rayos de sol se han ocultado para dejar paso a las nubes que anuncian abundantes lluvias. Ha sido un verano largo. Muy largo. Demasiado largo. 
En unos minutos me voy a ir. Y todo habrá terminado. La euforia de los números volverá a embriagarnos. Me pregunto si no seremos un cíclope con pies de barro que hace irrelevante al mismo Ulises. 
Con la imagen aún viva de la fuente de piedra en mi cabeza llega la noticia de la muerte de Ceesepe. Ahora la fuente es Loquillo:

“Solo hay un secreto que me lleva hasta aquí. 
Que ha muerto el silencio en las calles de Madrid. 
Alma de Ceesepe late muy dentro de ti. 
Piérdeme. La muerte será dulce aquí en Madrid”.

Al final nos iremos de todos. Pero la pérdida no será la misma. Con Ceesepe se va una forma de mirar especial y única. Una mirada que está en sus pinturas y en sus ilustraciones y que ahora se apaga. De aquella época cuando éramos jóvenes y que ya no volverá. De aquella Movida luego idealizada y algo deformada. 
Algunos de ustedes ya lo saben, cuando se trata del alma me agarro a Jodorowsky. Que la ‘esencia’ de Ceesepe no nos abandone. DEP artista.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Marineros

Ya no hay sirenas en el mar de los recuerdos. Y puede que tampoco en el de los anhelos. Apenas se perciben el eco de las risas de cristal, el brillo de unos ojos apagados y el suave aleteo sobre las crestas de las olas donde sobresalen escamas de plata en las que el sol espera encontrar su propio reflejo. 
El viento y la luna siguen siendo la esperanza de los marineros como preámbulo de un nuevo día; aquel en el que el mañana es clon del ayer. Y aún así nadie renuncia a otear el horizonte para poder escupir la palabra atrincherada en la garganta, aquella que no necesita traducción, aquella desgastada hasta en la imaginación y que sin embargo guarda el sonido de las mejores venturas ¡Tierra! 
Nadie pregunta dónde estamos. Porque todos o casi todos lo ignoran o probablemente porque eso sea lo de menos. Los pies están para hundirse en la arena. Y solo la mirada triste y esquiva delata al tritón, cuya única voz es el rugido de la caracola. 
Cuentan los viejos lobos de mar que aquel grito lo obedece el mar. Las olas se alzan y agitan los cascos de las naves iniciando un baile cuyo final no está escrito pero que relata el juego del cazador y su presa. Los marineros veteranos cruzan los dedos y miran primero al mar y luego al cielo para espantar las supersticiones que heredaron de sus mayores y que en muchos casos será el único legado a percibir por los que les precederán. 
La tierra es sinónimo de calma, aunque no sea más que una farsa, una máscara de miedos que diluye los antiguos miedos. Siempre el temor a lo que está por venir, siempre el presagio negro de lo que acontecerá. 
La costa es lo inmediato. Y la playa, la certeza. Lo demás se dirime entre cuentos de tabernas del puerto, la media sonrisa del grumete, el gesto adusto de los oficiales y las cejas arqueadas del marinero que siempre jura que será su último viaje. Los crédulos siempre suman adeptos. Y el incrédulo ni siquiera halla cobijo en el diario del náufrago. 
Siempre hubo otros pies que pisaron antes la arena. Siempre se glosó el triunfo de los miedos. Y siempre habrá quien a pesar del rugido de la caracola oiga el canto de las sirenas. Las risas de cristal, el brillo que da vida a los ojos y la estela en el agua que marca el camino de los que aún sueñan.

jueves, 16 de agosto de 2018

Rachas de viento

Son rachas. Como las del viento. Ese viento helado del Norte, ese que te hiela los huesos y hasta la sangre. Ese mismo que puede llegar a helarte el corazón. 
Rachas de viento que duran un soplo y que sin embargo parecen interminables, casi eternas. Son como páginas en blanco de un futuro impredecible más allá de la previsible escritura; la danza de las letras sobre el papel. 
Quizás estaba escrito previamente en el libro de la vida con la tinta invisible de los juegos infantiles y de los sueños de espías. O quizás no es más que otro breve capítulo de renglones torcidos e incierto final. 
Sopla. Y silba. Como una locomotora desbocada. Como un aullido prolongado. Como un salmo inteligible. 
Cierras los ojos. Y esperas que amaine, que la ira se vuelva murmullo y que no brote el eco. Anhelas que la racha del viento traiga una melodía, aunque vuele la partitura y aunque la letra esté perdida. 
En un momento de debilidad abrazas la fe del creyente y recuerdas aquel rock dormido que abría la puerta a que el ángel decida volver. Pero no puedes evitar la visión de unas alas mojadas y una espada de fuego. Y piensas que hay fantasmas que no se van del todo y otros que no terminan de llegar. Y todo está en la cabeza. Y todo viaja en las rachas de viento. Y todo es real. 
Quieres correr. Saltar. Volar. Conocedor de que un paso adelante implica uno y medio atrás. Nadie te habló de la lluvia. Ni del arco de colores que encierra un tesoro y te devuelve por un instante la inocencia. Nadie te dijo que el sol duerme en un rincón. 
El viento trae frío y oscuridad. El mañana está al llegar. Son rachas. El bourbon te hace un guiño. Y no hay dados en la palma de la mano.

domingo, 5 de agosto de 2018

La hora del Salambó

Es fácil o difícil explicarlo. Lo mismo que comprenderlo. El camino tiene los mismos pasos hacia adelante o hacia detrás. Supongo que todo se reduce a la interpretación. Y no me refiero al teatro o a cualquier otra demostración de poderío en artes escénicas. Es algo más mundano. Pero como tantas cosas en la vida requiere un conocimiento previo. Y eso en los tiempos actuales no es que sea un espejismo, es que parece algo inalcanzable. Aún así poco cuesta asirse a la esperanza.
No se me alarmen. Es una exhibición de debilidad. O de fortaleza. O de ninguna de ambas. Vicio o disfrute. Nostalgia. Envidia sana. Reconocimiento. Juanito El Andariego on the rock.
Puede que no sea más que una demostración del quiero y no puedo. Una constatación romántica de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No se engañen, a pesar del idealismo hace muchas lunas que soy consciente de que el hoy ya no es ayer y apenas brinda algo de futuro.
Y sin embargo me gusta pensar que un rato en el Salambó es como parar la máquina del tiempo. Voy siempre que puedo, al filo de la medianoche. Pido un Juanito El Andariego en vaso corto con agua con gas. Es curioso o patético, siempre o casi siempre me siento en la misma mesa o en la de al lado, frente a las fotografías de aquel tiempo que fue y no volverá. Y mirando esas lámparas que me parecen cigarrillos invertidos a la espera de unos labios imposibles que los atrapen y exhalen el humo.
Pienso en cómo me hubiera gustado estar allí una de aquellas noches con ellos. Solo una. Hubiera estado callado. Creo. Hubiera compartido el humo del tabaco y unos tragos largos. Los hubiera observado y oído debatir sobre la obra y autor más idóneo para el veredicto final.
Ahora es tiempo, tristemente, de señalar las ausencias definitivas más que los hipotéticos retornos.
Y es tiempo de reconocer que las hojas del calendario cayeron para no volver. Queda el poso. Las reminiscencias a las que uno quiera asirse. Y la nostalgia. No hay ninguna mayor o igual a aquella que nunca se ha conocido. Heredada. Aprehendida. Soñada. Supongo que da igual. Las manecillas del reloj van a avanzar lo mismo. Ese camino de 24 horas que parece poco, mucho o eternidad.
No hay mucho más allá de la mirada. Pero es un lujo al menos poder contemplar a quien da cuerda al reloj.