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lunes, 17 de marzo de 2014

De qué va tu blog

Me llegó la pregunta a través del grupo Bloggers y periodistas de una red social ¿Cuál es la temática de tu blog? Y realicé el habitual ejercicio de responder en mi cabeza a la cuestión. Al cabo de unos días decidí contestar por escrito a la cuestión de forma somera. Explicando lo que he contado en alguna ocasión sobre qué me llevó a abrir un blog, la url del mismo y poco más, salvo una promesa, que espero cumplir, de no bufar.
Pero la pregunta sigue bullendo en mi cabeza, quizás porque no he sabido contestármela a mí mismo o quizás porque me lleva a una reflexión más amplia; que en algunos aspectos es gratificante al leer el comentario de otros miembros de ese grupo sobre su motivación para abrir un blog.
La verdad es que en lo primero en que pensé al leer la pregunta fue en aquellas personas que escriben un blog para hallar notoriedad; aquellas personas que de forma concienzuda han planificado diseño, nombre y contenido para hacerse un hueco en la red. Y también en aquellas que conciben el blog como una extensión de su trabajo y por tanto éste no es más que otra herramienta laboral (luego descubrí que algunos de estos blogueros tienen también un blog personal, lo que probablemente no les reconcilia con el mundo pero a mí me hace contemplarlos con una mirada más amable. Por mis prejuicios, evidentemente, no por la legitimidad de sus actos).
Pensé en las personas que escriben un blog por la necesidad de expresarse. Y en aquellas otras que lo hacen porque necesitan comunicarse, bien por evadirse de la soledad, bien por su imposibilidad para relacionarse con otras personas con la misma libertad que lo hacen a través de sus escritos. Sí, también pensé en aquellos que abren un blog para ayudar y orientar a los demás por sus conocimientos o experiencias sobre distintos temas. Y en aquellos que piensan que su blog es el espejo de la madrastra de Blancanieves, cuya única finalidad es alimentar su insaciable narcisismo. Y en aquellos que abren un blog como la antesala de su sueño, no para alcanzar el éxito sino para lograr aquello que desearon ser o hacer siempre.
Por supuesto pensé en los conceptos y herramientas de medición, tan del gusto de muchos: seguidores, páginas vistas, comentarios, números de visitas, tiempo de permanencia.... y eso que también gusta a muchos otros de reputación digital, influencia… Pero tampoco voy a engañar a nadie, creo que a estas alturas es conocido, y por otra parte obvio, el poco o nulo interés que estos aspectos tienen para mí. No en cuestiones de laboro, pero sí en la esfera personal.
Es curioso todo lo que soy capaz de pensar sobre muchas cosas y lo poco que pensé al abrir mi blog. Pero aún incompleta, la respuesta válida es la que escribí, la que siempre, con mayor o menor extensión, me he dado y he dado: “Mi blog es una tabla en el océano. El clavo ardiendo al que me agarré en un momento de mi vida para no sucumbir. No tiene mucho misterio, busco en el baúl de las palabras, escojo las que creo más adecuadas para cada post y las ordeno de manera que sean legibles y en la medida de lo posible inviten a la reflexión. Comparto el resultado de esa búsqueda con la inclusión de algunos artículos periodísticos (una vez han sido publicadas o emitidos por los medios a los que estaban destinados). Está abierto a cualquiera que quiera deambular por él, solo prometo no bufar”.
Mi blog es mi cuaderno de bitácora en ese océano en el que de una forma u otra, a pesar de que la vida me sonrió con un golpe de fortuna en forma de laboro, permanezco. Logré no sucumbir, algo que en función de la perspectiva puede ser un triunfo o el mayor de los fracasos. Naufrago. Zozobro. Voy a la deriva, a la espera del viento que impulse la nave; hacia adelante, pero sin rumbo cierto. A la espera de un puerto, aunque cualquier puerto en medio del mar parece inalcanzable.
Y recuerdo aquello que siempre dice un amigo, somos lo que escribimos. Algo que he oído a otras personas y que no comparto, porque tan solo somos una parte de lo que escribimos, como una gota de agua es una pequeña porción del océano.
Aun así, al margen de las motivaciones de cada autor de un blog, me quedo con el hecho de que todos ellos utilizan la palabra, incluso aquellos que dan predominio a la imagen. Y eso me hace sonreír.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Share

Descubro, puede que con algo de asombro, estupor o perplejidad, que algunos necesitan de público (y no me refiero al diario del mismo nombre) para sus manifestaciones privadas y públicas.
Hasta ahora pensaba que esa demanda de audiencia pertenecía a otros ámbitos como los medios de comunicación o los espectáculos de cualquier índole, especialmente los deportivos y los culturales. Pero ignoraba que los ciudadanos anónimos anhelan su propio share.
Comprendo que el espejismo del éxito se ha instalado en esta sociedad, impulsado por televisiones sin complejos, que emulando al Dr. Frankenstein crean sus propios monstruos y los exhiben hora tras hora y cuantos más días mejor a través de la pantalla del televisor.
Entiendo que las cabezas erguidas se deslumbran con el sol y no alcanzan a ver los pies de barro de esos ídolos prefabricados, cuya caída es estruendosa, pero que rápidamente son sustituidos por otros becerros de oro con la misma fragilidad en los remos.
Necio de mí. Cuando surgió El Callejón del Gato sólo fue una tabla a la que asirse en mitad del oleaje. Un papel en blanco en la pantalla del ordenador que me permitía abrir el baúl de las palabras y dejar que se airearan. No pensé, ni por un instante, que al nacer el blog, su alumbramiento, su gateo, sus primeros pasos… estarían expuestos en la Red al alcance de cualquiera que entrara en el callejón. No pensé en la posibilidad de que alguien leyera lo ahí escrito, porque me apremiaba la necesidad de escribir.
Ese apremio, mi egoísmo, sólo me permitió ser consciente de que mis maullidos serían inevitablemente una fusión de lo personal y lo profesional, y me llevó a ignorar la figura de lector y su posible existencia.
Ahora descubro que algunos cuentan y recuentan. Lo propio y lo ajeno. Lo escrito y lo comentado. E incluso se cuestionan la rentabilidad de la página que nos da cobijo. Demasiado para quien se limita a mantener abierto el callejón, a deambular y maullar a su libre albedrío.
No soy gato persa que gusta ser exhibido y necesita ser admirado. Y tampoco macaco predispuesto a las monerías en función del público concitado y la posible recompensa. Soy gato de callejón, y si hay amenaza de cierre por desidia o ausencia de concurrencia, maullaré desde tapia o tejado.