viernes, 5 de junio de 2020

Coto

Me han dicho que ya has partido a por el último rock. Ahora tocas la batería en un lugar que imaginamos lejano e intangible, aunque los platos siguen sonando en nuestras cabezas y en nuestros corazones.
Me han dicho que llevabas el sombrero calado y los tirantes, esa sonrisa de pícaro que te acompañaba desde que éramos críos y las baquetas en el bolsillo de atrás.
No queremos estar tristes, pero tampoco vamos a esconder las lágrimas. Pronto levantaremos los vasos y brindaremos por ti. Sonará la música de fondo. Hoy no será esa melodía que todos escucharemos algún día y que tú has silbado por última vez. Hoy toca una de las tuyas. Elegiremos por ti una de esas que te gustaban. Una de esas que endulzan el bourbon del Sur y hacen crecer las rosas de Alabama.
Anúdate bien el pañuelo. ¡Y no te rías, mamón! Guárdanos sitio, que ya iremos llegando. A mí, ya sabes, en una esquina de la barra, con la pared a la espalda y la puerta enfrente para verlas venir. Tú no dejes de tocar. 
Buen viaje, Tomás.

domingo, 31 de mayo de 2020

Caminantes del alambre

La vida es compleja. No para todos, pero muchos siempre han tenido una vida complicada. Ni tienes que acostumbrarte, ni debes. Aun así, hay que aprender a vivirla.
Hay quien siempre camina sobre el alambre. Con el vacío bajo los pies y sin red. La altura te da perspectiva y algo de distanciamiento. Y vives con el riesgo de la caída. Quisieras alguna vez un poco de certidumbre, que el alambre fuera un camino más ancho y que bajo los pies hubiera una red para acabar el vuelo.
Recuerdas la historia, quizás solo era un cuento para iniciados, de aquel tipo caminante en las alturas, el que soñaba con ser Pegasus y olvidó que hubo un Ícaro. Aquel artista que miraba la estrella, sin percatarse de que cegaba además de derretir la cera. Desde la altura menospreció aquel mundo que creía diminuto y a sus pies. Tomó impulso y ejecutó su pequeño salto mortal. Quizás fuera consciente por un instante de que aquel salto, aunque pequeño, era mortal.
O aquella otra historia del tipo que construía castillos en el aire. Sin cimientos y con naipes como estructura. Un soñador que nunca llegó a parte alguna, expuesto siempre al vendaval o al más insignificante soplido para desbaratar sus inconsistentes planes. El futuro volaba y se desparramaba como los naipes sobre la mesa, cuando el as no valía más que una dama y un dos no era inferior a un rey.
Hay muchas formas de abrazar los abismos. Sin embargo, sin red el final no suele variar. Solo queda disfrutar del vuelo, cruzar los dedos para que ese día no brille el sol y la cera mantenga unidas las alas. A sabiendas de que en el fondo es una apuesta perdida, un fallido intento, y que nunca se llega a ser ave, pese a que bastantes logren ser pajarracos.

sábado, 30 de mayo de 2020

El eco de los profetas

Era otro tiempo, aquel donde los muertos ya descansan y solo las lágrimas riegan el recuerdo. Cuando los globos escapaban de las manos infantiles y se perdían en el cielo como una metáfora de libertad. 
Ella corría por el parque y lanzaba una mirada coqueta de la que todos nos sentíamos destinatarios. Hasta aquel día en que desapareció para siempre de nuestras vidas. 
Crecimos con el sueño de un dry martini con doble ración de ginebra, en un tugurio donde el humo del tabaco solo lo disipaba la sonrisa de aquella chica de portada de revista que prolongaba el sueño.
Todavía se escucha, si aplicas el oído, el eco de los profetas malditos; aquellos falsos mensajeros de un mañana preñado de bonanza. Siempre esperando en la más cercana esquina, donde ni siquiera el potente rugido de aquel coche último modelo rodando por el asfalto lograba acallar sus voces. 
Hasta que alguien tocó la corneta. Y despertamos. Las promesas no se cumplieron. Aquellos que iban a ser los mejores años de nuestras vidas se marcharon por el desagüe. 
No lograron hacernos desistir. Tomamos aquel tren con destino al futuro y sin paradas previstas. Desde la ventanilla vimos pasar a gran velocidad campos y ciudades, que se convertían en pasado y se hacían pequeños mientras apurábamos un café. 
Un día cualquiera golpearon la puerta. Salimos y atravesamos la ciudad. En cada esquina había uno de aquellos vendedores de humo, voceando una mercancía que casi todos compraban y ninguno pagaba. La misma que cada mañana aparecía impresa con la tinta fresca en los diarios. Sonaba aún el eco de los malditos profetas. 
Una moneda rodó hasta nuestros pies. La recogimos y la lanzamos al aire. A cara o cruz. Aquel vuelo pareció no tener fin, pero el golpe metálico anunció su llegada al suelo. Había angustia en algunas miradas. No comprendían que esa moneda no podía decidir el mañana. 
Creyó verla una vez. Nunca supo si fue real o un falso recuerdo. No había globos, no había parque. Había desaparecido para siempre de sus vidas. Solo quedaban las lágrimas y el eco de los profetas malditos.

miércoles, 27 de mayo de 2020

La columna suicida

Me ha salido sin pensarlo. Ha sido fruto de un equívoco y de la espontaneidad. El caso es que estaba tomando mi primer café de bar desde el 13 de marzo, compaginado con una reunión informal de laboro, y ha llegado un amigo. Tras los saludos de rigor y preocuparnos, ahora más que nunca, por nuestro estado de salud, me ha preguntado por el trabajo. Y tras una breve explicación por mi parte, me ha dicho ¿sigues en el Viva Jaén (un periódico local)? 
Mi respuesta: “No, la de la columna suicida es mi santa, la que colabora con el Viva Jaén es ella”. 
De regreso a mi casa iba pensando que ese era un buen nombre para una columna periodística. Muy apropiado para estos tiempos convulsos que estamos viviendo. Por un lado, anula la tentación de “matar al mensajero”, ya que muestra implícitamente la disposición del escribiente a la inmolación. Y por otro, deja meridiana la intención del autor de escribir sin cortapisas, es decir, no ser lo que se denomina políticamente correcto; una expresión convertida en tópico y a mí entender discutible, dado que los políticos suelen ser en general bastante incorrectos en formas y expresión. 
Es indudable que hoy ante tanto cafre desbocado y ante tanto inconsciente deseando y ayudando a que prenda la mecha y la pólvora haga el resto, existe algo de kamikaze en quien decide ir por libre, alejarse de pesebres y padrinos y contar o al menos intentar contar lo que pasa, lo que ha pasado y lo que puede llegar a pasar.
Una columna de papel convertida en sobredosis de barbitúricos, corte de venas o salto sin red. Un fuste de palabras afiladas, de esas que fluyen en ambos sentidos y que en ese viaje de ida y vuelta se asemejan a mortales estiletes en dirección a la garganta. Y un capitel donde el verbo dibuja la finta del virtuoso esgrimista.
Y una regla de imprescindible cumplimiento, no escalar la columna. Evitar confundirla con un pedestal. Porque cuando se pierde la perspectiva del suicida y se abre paso el superviviente solo queda gritar ¡touché!