miércoles, 3 de octubre de 2012

Picaresca

La crisis deja al descubierto las miserias. Las económicas y las humanas. Y desgraciadamente y salvo excepciones vamos sobrados de ambas. En un país en el que no se lee proliferan los bachilleres y licenciados en la escuela de la vida, que no tienen reparos para acudir a la literatura y recuperar la figura del pícaro (desde el anónimo Lazarillo al Buscón de Quevedo, con una leve estancia en los cervantinos Rinconete y Cortadillo) para justificar el pillaje.
Se aplaude a quien, tirando de castizo, se lo lleva crudo y se le jalea a la puerta de un juzgado en plaza pública, A la par que se hace escarnio de quien no cede a la tentación de llenar la buchaca con lo ajeno y además se gana lo suyo, escaso, de forma honrada y con el sudor de su frente.
Afirmamos y admitimos que somos un país de pícaros, de modo que es picaresca aligerar las arcas públicas para engordar las propias y las de familiares y amigos. Y en caso de ser cogido con las manos en la pasta, se tira de manual para negar la mayor y obviar la menor, se proclama la inocencia ante el primero que pase y en el hipotético supuesto de que no prescriba el delito por la demora de la cosa judicial y acabe uno con los huesos en el trullo, se pena entre rejas con paciencia de santo bíblico y no se devuelve un céntimo de lo sustraído.
Si el trincón es señoría se escuda sin sonrojo en su condición de aforado y si fuera menester su partido le hace hueco de nuevo en la lista electoral para vender la especie de que el respaldo de los votos es sinónimo de inocencia. Si es de otro partido, se le atiza sin piedad, pero si es del propio se atribuye el delito, cuando ya no hay manera de disimularlo, a cuatro sinvergüenzas y se evita mirar a lo más alto; borrando del diccionario el verbo dimitir.
Políticos, folclóricas, banqueros, futbolistas, músicos y artistas, curas, jueces, abogados, policías, médicos, deportistas, chóferes y hasta el yerno real no escapan a esa picaresca con que se rebautiza hoy en España a lo que siempre se conoció como robar.
El pícaro era un buscavidas y estos de ahora son delincuentes, a los que precede el presunto para que no sea el narrador quien haya de vérselas ante un juez, demandado por poner en entredicho el honor de aquellos que no tuvieron reparos en renunciar a él para incrementar su cuenta corriente.  
¿Picaresca? A las cosas por su nombre. En la lengua de Cervantes: latrocinio.
 

lunes, 1 de octubre de 2012

Memorias imborrables

No hay olvido voluntario, sólo se mitiga el recuerdo. Y éste se construye entre otros materiales con el dolor. Un dolor que no se borra, pero que el paso del tiempo logra suavizar. Así que las cicatrices nunca se curan y aunque en la superficie parezcan cerradas, siempre están expuestas a reabrirse y mostrar la herida o una parte de ella; lo que se esconde bajo la dermis y la epidermis más allá de la propia carne y los huesos.
Afirma el artista José María Sicilia (El País, 11 de septiembre de 2012) que “el dolor produce memorias imborrables”. De modo que si deconstruimos la memoria, en una parte del trayecto, quizás en el origen, hallaremos el dolor.
Aunque es obvio que hay también, quizás por contraposición, una memoria de la felicidad. Recuerdos edificados con momentos felices, fruto del gozo individual o colectivo, que a buen seguro produce también memorias indelebles.
Ignoro si puede medirse por tanto qué da a la memoria la capacidad de perdurar, si el dolor o el gozo, y cuál de ellos influye más en su condición de imborrable. De lo que no tengo duda es que en un alto porcentaje de ocasiones el dolor se produce de forma voluntaria, simplemente con la intención de hacer daño. Cuando además se busca que ese dolor perdure, es decir, que contribuya a construir el recuerdo, es cuando nos alejamos de lo humano para acercarnos a lo monstruoso.
Un amigo dice que no cree en la casualidad y sí en la causalidad. Todo es discutible, pero no parece casual que un 11 de septiembre una información de un periódico, en apariencia “inofensiva” como la exposición de un artista, se titule “El dolor produce memorias imborrables”. Puede que sea resultado del dolor y tenga que ver con las heridas mal cicatrizadas, pero puede ser también la aportación para mantener la perdurabilidad de la memoria.

sábado, 29 de septiembre de 2012

España cañí

“Suspiros de España” es un pasodoble, del maestro jiennense Álvarez Alonso, que probablemente no provoque suspiros a la mayoría de la gente, pero que si se escucha en la voz de Diego “El Cigala”, como colofón a la banda sonora de “Soldados de Salamina”, seguro que rascará más de una garganta y agitará la sangre. Representa, nos guste o no, una parte de la tradición española, la España cañí, y es huésped de nuestra memoria individual y colectiva.
El también jiennense, el artista José F. Ríos, es consciente de la existencia de esa tradición española y ha recogido su espíritu en una exposición. Es cierto que podía haberla denominado Arte con h, de humor, pero ha optado por el inequívoco La España cañí; en la línea de aquel “Ruedo Ibérico”, del desaparecido Luis Carandell, o del mismo Don Ramón María del Valle-Inclán y su esperpéntica visión de España.
Ríos es un artista de cuyas creaciones como sus pavos reales o el guerrero Culcas me he permitido escribir en alguna otra ocasión y del que he destacado su obra escultórica frente a la pictórica; de la que una muestra significativa puede contemplarse en espacios públicos (parques, rotondas, vías) convirtiendo la ciudad que habito en un museo abierto y contribuyendo a acercarla al menos estéticamente al siglo XXI.
Escultor, pintor hiperrealista e ilustrador, hasta donde alcanza mi conocimiento; es decir, un artista polifacético, cuyo talento y capacidad creativa no escapa a la envidia, la hipocresía y la ignorancia de los otros, señas inseparables de esa España cañí.
Su exposición busca provocar la sonrisa del que la contempla, sin que la hilaridad pueda esconder o disimular esa visión crítica a una forma de ser que para lo bueno y lo malo se halla en casi todos nosotros y que no es más que lo menos apetecible de una herencia de la que no logramos o no queremos desprendernos.
La España cañí se incluye en “Made in Jaén”, una muestra provincial de creación artística, que celebra su segunda edición, y que a través de la fotografía, la danza, la música, el teatro, la literatura, el cine y como no, las artes plásticas, busca convertirse en un reconstituyente para la autoestima de los habitantes de una provincia dada en exceso a reconocer al de fuera y negar al de dentro. Un intento creativo de evidenciar que el mar de olivos produce algo más que aceite de oliva de excelsa calidad. O que además de para las tinajas hay lugar para las cabezas.  
 

martes, 25 de septiembre de 2012

El hombre que miraba por la ventana

La exposición de Hooper dice adiós al Museo Thyssen-Bornermisza. Más de 322.000 personas han recorrido las salas del museo para ver la obra del pintor estadounidense. Las mismas salas que ahora muestran sus paredes desnudas, de las que sobresalen como minúsculos hitos de la ausencia una parte de las escarpias que fijaban los cuadros a esas paredes.
La desnudez de los muros contribuye a crear una sensación de vacío, que otorga a las salas un ambiente casi fantasmagórico. La nada encerrada entre paredes. Esas mismas paredes que vestidas durante meses con los cuadros de Hooper, como galas para la fiesta, actuaban como reclamo para que las salas se llenaran de gente.
Pasé fugazmente por Madrid en los primeros días de agosto; cuando el calor amenazaba con reventar los termómetros, el asfalto escupía fuego y soplaba un aire a rachas fuerte y abrasador. Deambulé por las calles en las horas centrales del día, cuando el sol no daba tregua ni en la sombra. Pisaba el centro de Madrid y visité el Callejón del Gato y cuando no eran aún las cuatro de la tarde crucé el umbral del Thyssen para contemplar esos muros engalanados con los ropajes de Hooper y un adorno de Degas, su “Mercado de algodón”; que justificaba por sí solo la exposición.
Logré el objetivo. Contemplar la exposición junto a un reducido grupo de gente. O lo que es lo mismo, recorrer las salas de forma pausada, detenerte frente a los cuadros para verlos con los ojos propios y los ajenos, leer los paneles y los carteles identificativos de las obras como si fueran una cartilla escolar y tratar de enfrentarte a cada cuadro como si fueras el autor.
Me atrae de Hooper su manifiesta relación con la literatura y el cine. La mirada del hombre que mira por la ventana, como James Stewart en “La ventana indiscreta”, y atrapa en sus pinturas lo que ve o lo que imagina ver. Pero me sorprende la inexpresividad de los rostros, la ausencia de emociones en los personajes que pueblan sus pinturas. Unas pinturas que parecen casi una instantánea del interior de una habitación, que renuncia a recoger la vida de esos rostros, como si importara más el momento; la escenografía frente a los personajes.
Y a sabiendas de que su pintura nace de ver el mundo desde su habitación, de contemplar la vida tras el cristal, me pregunto si esa falta de expresividad en los rostros, esa ausencia de emociones, no son más que el reflejo del propio autor, del hombre que miraba desde una ventana, atrapado entre el silencio y la soledad.

Obra: "Room in New York", Hooper (1932).

martes, 4 de septiembre de 2012

Sirenas

Daban testimonio algunos marineros de haber visto entre las aguas hermosas mujeres de largos cabellos y cola de pescado, cuya voz era una irresistible invitación a alcanzarlas. Con semejante historia despertaban la curiosidad y alimentaban los sueños en puertos y ciudades. Homero, Lampedusa y hasta los cuentos de niños contribuyeron a que perdurara la historia de aquellas hermosas mujeres, mitad humana, mitad de pez.
Hoy las sirenas colean en la noche. Apostadas en un rincón, cambiaron la cola de pescado por dos largas piernas y lanzan miradas de red. Reclaman la atención de tipos boqueantes como peces, pero ya no despiertan la curiosidad; aunque alimentan el deseo de los pescadores nocturnos, que atrapados en un suave aleteo de pestañas no son conscientes de haber transitado de depredador a presa.
Cada centímetro de su piel es el cebo que no necesita anzuelo para enganchar la pieza. Y su sonrisa es el preludio de un falso ritual de seducción, al que se presta entregado el amante del artificio, cuyo futuro no abarca más allá del instante.
Atemperan la voz para disfrazar la irresistibilidad de su canto y emular así al jugador de ventaja que esconde un naipe para torcer el destino. Conscientes de que al placer se puede llegar por atajos o dejándose llevar hasta el final.
También hay sirenas de ojos tristes, que sueñan con príncipes de papel. A sabiendas de que es un imposible y de que tan solo habitan en el recuerdo, esbozado con una mixtura de alegría y dolor.
Entre el deseo y el recuerdo, sin opción a elegir, boquean los peces surcando el mar. Y entre ellos y las sirenas siempre subyace el sueño de un gato.

sábado, 25 de agosto de 2012

Poetas de vigilia

Hay quien cuando le abandona el sueño o cuando conciliarlo es una lucha desecha contar ovejas o dar vueltas en la cama y busca palabras para hilar versos. Inventa rimas de vigilia o asonancias en duermevela, cuya vigencia no va más allá del capricho del sueño a tornar.
Poemas esbozados en mitad de la noche cuando el tiempo parece detenido, que no serán recordados, como muchos sueños, porque no subsisten al alba. Hijos del desvelo, apenas les sobrevivirá una estrofa o un verso. Quizás ni eso. Y aún así, al ser concebidos emborronan el espacio y manchan intangibles cuartillas.
Los poetas de la vigilia buscan las palabras en la oscuridad, de modo que al hallarlas es como si vieran la luz; hurtada al iniciar una nueva búsqueda que les devuelve a las tinieblas. Avanzan y retroceden, de la oscuridad a la luz, reconociéndose en un claroscuro que les revela su naturaleza efímera.
A veces, a través de la ventana entreabierta se filtra el resplandor de la luna y eso les basta para postergar el sueño y continuar enhebrando pluma y palabras en el papel.
El despertador les trae las cenizas del poema y les devuelve al quehacer diario. Y es durante el día, cuando despiertos sueñan con escribir. Imaginan los versos de un poema rasgando la noche, que no esté condenado a morir.

domingo, 19 de agosto de 2012

La importancia de la gente

Escucho, no sólo oigo, a Mario Gas a través de las ondas afirmar que “lo más importante es la gente”. En lo colectivo es indiscutible, pero individualmente existen innumerables ejemplos de personas que carecen de importancia o deberían carecerla.
La realidad nos presenta un panorama opuesto, la gente como colectivo no importa y sólo son de interés algunas personas desde una óptica individual. Y al instante surge la pregunta, ¿en qué momento dejó de ser importante la gente? Quizás nunca lo ha sido. Lo importante era llamarse Ernesto y poco o nada importaba Ernesto.
Se convirtió a la gente en números; una mera operación contable exenta de condicionantes morales o de cualquier otra índole ajenos a la estadística o los negocios. La importancia de las personas se reducía al signo marcado por la operación correspondiente y su valor era instrumental, dependiendo de su papel en esa operación y el resultado de ésta. Se impuso el mercadeo y se equiparó el valor al precio.
En esa conversión de personas a cifras se perdió el rumbo. El yerro del camino condujo a la renuncia de valores y al abandono de la razón y el corazón. La montaña de números nos sepultó y ahora apenas somos capaces de estirar los brazos y de abrir la boca para emitir algo similar a un grito, que bien pudiera ser una petición de ayuda o bien una muestra de indignación pero que probablemente no sea más que un exabrupto ininteligible.
Es hora de creer que lo más importante es la gente. Y de demostrarlo. Empezando por cada uno de nosotros. Tiempo de recobrar corazón y razón. De creer en la importancia colectiva sin renunciar a la individual. De reivindicar al ser humano frente al número. Por valía y porque el valor nunca es igual al precio.